Querer y no poder, de colapso en colapso

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Es deprimente observar el nivel de lenguaje que tienen personas presuntamente cultivadas. Por ejemplo, el secretario de Estado de Cultura, Lassalle, que defendió  su gestión del periodo que acaba diciendo y repitiendo: “El sistema no ha colapsado”. Una tontería, un anglicismo innecesario, también llamado servilismo lingüístico. 

 

Es deprimente observar el nivel de lenguaje que tienen personas presuntamente cultivadas. Por ejemplo, el secretario de Estado de Cultura, Lassalle, que defendió la gestión su gestión del periodo que acaba diciendo, y repitiendo: “El sistema no ha colapsado”. Una tontería, un anglicismo innecesario, también llamado servilismo lingüístico. Por qué no dice usted –miéntanos, si quiere, pero que suene bonito que el sistema ha resistido, o que sigue en pie, se defiende bien (de los recortes, del IVA, etc.). Hable en nuestro idioma, no en un torpe remedo del inglés (ni siquiera en reflexivo), aunque le parezca más chic. No importa lo chic. Haga honor a su cargo, a su sueldo, a su profesión. Claro que su anterior jefe, José Ignacio Wert, confesaba que la etapa anterior a infantil, hasta los tres años, no le preocupaba, ya que se trataba sólo de cuidar a los niños. Para ser ministro de Educación, no estaba mal la ignorancia supina sobre la maduración del cerebro y sus etapas.

 

En el colapso abunda otro político, Mas-Colell, que teme que las embestidas de Montoro hagan que la administración catalana “colapse”. Diga “se colapse”, oiga, porque si no, no tiene sentido. Esto tampoco está mal: “¿Cómo puedo proteger a mi bebé (neo cursilada donde las haya) para poder evitar la tosferina? Es un titular de El País. Pues tendrá usted que protegerlo de la tosferina, o evitar la tosferina, y enterarse bien, pero proteger para poder evitarla… no sé, no sé.

 

Tampoco sé qué ocurre con los verbos querer y poder, omnipresentes y sobrantes la mayoría de las veces. Dos frases: “Los dos han manifestado su voluntad de querer seguir colaborando”… si hay voluntad, lo de querer sobra. Es decir, hay voluntad de… lo que sea, en este caso seguir colaborando. ¿Pero voluntad de querer? ¿Y qué decir de la capacidad de poder? Lo acabo de oir una vez más en la radio a un político madrileño, cuyo nombre no pillé o del que quizás mi subconsciente no quiera acordarse: “Tenemos capacidad de poder hacerlo”.

 

Tengo la impresión asentada de que detrás de esta plaga hay un miedo a meter la pata, una gran inseguridad, de la que se deriva ese lenguaje circular, como si el hablante, en vez de ir directamente al grano, con sencillez y claridad, diera vueltas y más vueltas mientras se aproxima al núcleo, pisando huevos, temeroso de ser criticado, tachado de ser esto o lo otro, aun a costa de oscurecer el significado. En otros casos un ansia de parecer moderno, de estar a la última, un  mira cómo hablo: tengo ante mí un folleto que anuncia una garaje sale, y nos comunica  que disponen de flyers. ¿Por qué? En realidad lo digo con conocimiento de causa, se trata de un mercadillo de los de toda la vida de Dios, no hay garaje que valga, y disponen de octavillas, las tuve en mi mano.

 

¿Qué está pasando, y por qué nadie toma medidas, ni en el sector de la educación ni en el de la comunicación? Cada día se habla peor y con menos riqueza léxica, y sobre esa capa empobrecida se incrusta una plaga de anglicismos, innecesarios casi siempre, y a veces simplemente falsos amigos, que no significan lo que aparentan.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.