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Ésta es la segunda vez en tres semanas –las tres últimas veces que he publicado algo en FronteraD– donde el día de autos anulo lo escrito y comienzo una nueva historia. Y no, no son razones de escritor consagrado y quisquilloso las que me obligan a romper, descoser y comenzar de nuevo.

 

Ésta es la segunda vez en tres semanas –las tres últimas veces que he publicado algo en FronteraD– donde el día de autos anulo lo escrito y comienzo una nueva historia. Y no, no son razones de escritor consagrado y quisquilloso las que me obligan a romper, descoser y comenzar de nuevo. La única verdad a todo este drama hay que buscarla en la tensión que me genera buscar agente literario y/o editor en los Estados Unidos, país que visitaré de aquí a tres semanas exactas buscando otro milagro a sumar a la publicación de ‘Faltan moscas para tanta mierda’ y la que ya asoma la cabeza: ‘Cartas a Thompson (Island)’.

 

Yo antes escribía –cuando Chinitis– hasta cuatro textos diarios. Textos hilarantes –como un día sugirió, seguramente de manera acertada, Zigor Aldama–, que intercalaba con la producción de una novela, algún que otro reportaje y hasta poemas. No se olviden que cocino –o dirijo cocinas– desde que mi calva eran sólo dos entradas prominentes.

 

Pero cada vez que te dan la buena nueva –“El comité de lectura ha decidido publicar su obra”– se abre la primera vía de agua del escritor: primero, debe corregir varias veces, cuando ya lo había hecho antes, a solas y a regañadientes; luego, se debe inmiscuir en asuntos extraños tales como generar la sinopsis de la obra y los contenidos de las solapas del libro, donde debe hablar de uno mismo, normalmente sin hacer mucho el ridículo. Pero ahí no queda la cosa, ya que para que se vendan libros hay que promocionarlos, ya sea mediante un desnudo televisado, hecho éste que acontece poco, o dando una gira que te llevará de ciudad en ciudad. Recalco que si no eres Pérez-Reverte la cosa se suele complicar: hostales mejorables, autobuses que ya creías abandonados en tu infancia y cálculos interminables para que te sobren cinco euros para pillarles cuatro latas de cerveza a los chinos de la esquina, somnífero adecuado antes de acostarte a solas en una cama desconocida.

 

En mi caso el drama toma altura desde que Roger Wolfe tradujo ese primer libro publicado el pasado octubre por Renacimiento que ahora busca, casi desesperadamente, audiencia entre los agentes literarios de un país en el que, al menos, te contestan, siempre, y con cortesía. Y en inglés: como debe de ser.

 

Llevo casi doscientos correos electrónicos enviados, en donde unos piden una carta explicando qué quiero, otros dos capítulos de la obra, cuando también los hay que desean sólo la sinopsis, o como mucho, las cinco páginas iniciales. Para enredar, los hay, supongo que temerosos de virus extraños, que no aceptan archivos adjuntos como los que, valientes, sólo los quieren de esa manera. Ni que decir tiene que los más románticos te obligan a enviar todos los documentos por correo ordinario, cuando debe saberse que en Camboya ese servicio es, cuanto menos, defectuoso. En resumidas cuentas: me gustaría poseer el caché de Pérez-Reverte. Y no sólo para viajar incansablemente por el mundo o revisar, jocoso, el extracto de mi cuenta bancaria. Sino para no perder comba con mi cerebro y seguir escribiendo a mansalva, como yo hacía hasta hace poco.

 

Ser escritor y no ser, en el fondo, nadie, no sólo te obliga a freír, cada día, bolas de queso de cabra, sino a saber que cuando acabas un libro –ese momento al que yo un día, y en mi caso, califiqué de “hito”– comienza una nueva cuesta arriba en la que te mueves mucho peor que frente al teclado y la pantalla en blanco. Cuando sea mayor quiero ser escritor consagrado para que el siguiente paso a entregar el libro al editor sea verlo en las librerías. De paisano. Oculto entre la marabunta. Apestando a Palo Cortado: la mejor manera de seleccionar obras de otros autores.

 

 

 

Joaquín Campos, 19/01/15, Phnom Penh.