¿Quién coño no está resfriado?

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Ni siquiera está muy claro hasta qué punto de tranquilidad llega la histeria. Si estarán las salas de urgencias llenas por ligeros carraspeos de garganta, o si bien estamos todos encerrados en el sótano de nuestras casas, temblorosos, con cuarenta de fiebre dando vueltas al asunto y murmurando: “De mí que no sospechen. No me la juego”.

 

 

 

 “Los dolores de muelas pueden ser rock, blues y soul; pueden convertirse en doowop, en bebop; en heavy metal, en rap, en punk y funk”.

 

Experiencia, Martin Amis

 

Lo más probable a estas alturas es que rupturas cara a cara queden pocas. Mejor cuidar las distancias. Falta tacto, desde luego; todo se reduce a una despedida impersonal y en el mejor de los casos un emoticono sonriente y una posdata que cierre: “estaremos en contacto”. Lo mismo que los diagnósticos y los discursos de estado.

 

Matizando, claro. Nadie quiere mucho roce tal y como están las cosas, aunque en momentos de crisis se ponga uno más romántico y diga que para lo que no están es para andar por ahí sin ir besando. Que nunca se sabe. Lo fácil aquí es confundirse, no cabe duda. Entre tanto asunto no han de extrañar los enredos: uno termina adjudicando el ébola a la cúpula de Bankia y lo de las tarjetas a Teresa Romero.

 

Pero cómo se va a aclarar nadie si resulta que lo del perro (Excalibur) es eutanasia. Yo ya no sé. Hay quien termina por descolgarse del todo, y otros que van más allá y deciden desvelarse preguntándole a la almohada si Pablo Iglesias volará en primera. Lo que está claro es que vinimos todos a salvar el mundo. Y por eso es mejor no fiarse, solo hacer caso al descalabro, de quien diga aquello que escribió Scott Fitzgerald de “Hablo con la autoridad del fracaso”. Para así tener siempre un pie aquí y otro a la fuga, por lo que pueda pasar (no vaya a ser que siga todo como estaba).

 

Que de ser así, ¿a quién le va a cantar Sinatra?

 

Ni siquiera está muy claro hasta qué punto de tranquilidad llega la histeria. Si estarán las salas de urgencias llenas por ligeros carraspeos de garganta, o si bien estamos todos encerrados en el sótano de nuestras casas, temblorosos, con cuarenta de fiebre dando vueltas al asunto y murmurando: “De mí que no sospechen. No me la juego”.

 

Tampoco hay que dramatizar, más vale ser aventureros. Tragar saliva y lanzarse a de frente a la noche en busca de romanticismo del que produzca contagios.  Eso sí, advirtiendo antes de nada: “Si me abandonas invito a champán” como en El amor dura tres años (es por tomar precauciones). Porque qué importa, si al final lo que termina en portada es lo que más nos conmueve, para bien o para mal, a gritos de ¡Con delicadeza! y ¡Sensacionalismo, coño! sin aclararnos del todo. Y lo que en el fondo nos agita de verdad no es ni lo uno ni lo otro, es que esa chica nos escriba, lo demás es secundario y obvio. Por eso insisto, mejor que llegue el viernes y mandar todo al carajo, echarse una bufanda al cuello (aquí lo que es probable es que andemos resfriados) y salir a intercambiar fluidos. Como cuando se acabó el mundo en 2012 y nos pilló a todos follando.

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.