Quien justifica el crimen político se mancha las manos de sangre: ‘A su imagen’, de Jérôme Ferrari

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Este libro es para gente a la que incomoda que los asesinos y los que justifican el crimen (y en España, tristemente, hay demasiados ejemplos) no solo se van de rositas, sino que obtienen réditos políticos, y se atreven a hablar de libertad y derechos humanos. Hace poco me parecieron especialmente miserables unas palabras de Bernardo Atxaga durante la promoción de su novela Casas y tumbas (gran título que no sé si lo habrá cargado la imaginación o el diablo). Transcribo el texto de la entrevista que le hizo Miquel Alberola en El País: “En la novela solo aparece ‘tangencialmente’ ETA. Atxaga considera que ya entró directamente en el tema cuando escribió El hombre solo o Esos cielos. ‘En esa época el tema venía a mí. Reaccioné. Me parece que ahora, salvo los profesionales y quienes tienen ese interés político concreto, el resto lo ve como algo que ocurrió. En la novela lo coloco en el punto en el que está: el pasado. Lo que está lejos no significa mucho. Trato de seguir el movimiento de lo real’”. ¿Cómo se puede decir que “salvo los profesionales y quienes tienen ese interés político concreto, el resto lo ve como algo que ocurrió”, o “Lo que esta lejos no significa mucho”? ¿Cómo puede decir esto un novelista? ¿Cómo se puede esgrimir esta olímpica amoralidad?

A su imagen (Libros del Asteroide, traducción de Regina López Muñoz) le valió a su autor, Jérôme Ferrari (París, 1968) los premios Le Monde y Méditerranée. Es un libro para amantes y aficionados a la fotografía, para fotógrafos de guerra y fotógrafos de bodas y bautizos. Para fotógrafos de eventos deportivos y de eventos políticos. Para fotógrafos que se cuestionan su propio trabajo y que piensan que acaso tengan una forma de mirar que valga la pena compartir con el mundo. “En el momento del revelado, Antonia comprobó con estupor que la foto era perfecta; y descubrió así que nunca debía dejar de confiar en la prodigalidad del azar”.

Este es un libro también para quienes se sintieron concernidos por la guerra en la antigua Yugoslavia. Y por los que piensan, como Aurelio Arteta, que la compasión, además de que merece una apología por ser una virtud bajo sospecha, ha de ser tenida en cuenta a la hora de contemplar el mundo e intervenir (aunque sea modestamente) en él.

Este es un libro también para quienes a lo largo de los últimos años han dedicado ingentes cantidades de tiempo, energía, pensamiento, activismo, dinero y pasión al nacionalismo, el independentismo y la identidad en todas sus formas. Porque se refiere también al independentismo corso, y a la justificación política de la violencia.

Dentro de mi ingenuidad y escasa cordura política, me ha dado por pensar que la pandemia de coronavirus y sus atroces estragos tal vez haga recapacitar a quienes no han perdido la capacidad de hacer autocrítica, de pensar en qué es lo importante, qué es lo que vale la pena, qué se puede hacer para cambiar el curso de las cosas. Aunque ya avisó WislawaSzymborska de que “el chacal autocrítico aún está por nacer”. Como recordaba hacer unos días David Brooks en las páginas de la edición internacional del New York Times (The moral meaning of the plague), Victor Frankl, el autor de El hombre en busca de sentido, tras sobrevivir al Holocausto recordó que uno no elige sus propias desgracias, pero que todos tenemos la libertad de elegir nuestras respuestas a la desgracia.

Con fragmentos escogidos por un gran cirujano de la historia con el periodismo entre ceja y ceja, el autor nos rescata instantes fotográficos capaces de hacernos por una parte estremecer y por otra pensar: lo que la guerra hace. Lo que la fotografía puede hacer. Y el papel de la fe en esta hecatombe de la carne y del espíritu que ahora estamos padeciendo sin que haya fronteras ni laureles, aunque, como siempre, los más desfavorecidos se lleven la peor parte. En ese sentido, conviene prestar atención a un matiz, ahora que los que rezábamos hemos dejado de rezar (hablo por mí mismo): a la traducción que ha hecho fortuna en el Padrenuestro: “En la oración que el propio Jesucristo enseñó a sus apóstoles, se dice: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Sin embargo, la frase original en griego, que conserva el texto de la liturgia en latín, debería traducirse así: Condónanos nuestras deudas, como también nosotros condonamos a nuestros deudores. Esta distorsión flagrante acaso tenga su explicación en la repugnancia que nos inspira la imagen de un Dios entregado a sórdidos cálculos contables. En el fondo, no tiene importancia. Porque los hombres que recitan esta oración tratan las ofensas como tratan las deudas: ni condonan unas ni perdonan otras. En el momento en que Antonia hablaba con Pascal, los dos bandos del movimiento nacionalista anotaban escrupulosamente en sus respectivos libros de cuentas cada ofensa, cada falta, cada palabra insultante, cada amenaza que todos esperaban cobrarse más tarde, con sus intereses correspondientes, en moneda de sangre”.

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