¿Quién me ha robado el mes de abril?

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Mis más sinceras disculpas a la República Dominicana: por sólo las buenas intenciones, por la demora, por el paso del tiempo.

 

Villa Juana - RD (tmg)

 

Madre mía: cómo me está costando escribir sobre el viaje a República Dominicana. Fue abril y algo de mayo de 2014 y unos días antes había recibido –culpable o no, inocente o no– un balazo impetuoso. No estuvo tan mal: las caídas son pasos de danza y de cada una de ellas me levanto cada vez más perra. Y lloré, quizá por primera vez en mucho tiempo, de verdad, con ese llanto impostergable que arrasa proveniente de algún cráter olvidado. No en vano, logré salir de Chile a pesar de los avisos de la Onemi de que iba a llegar un tsunami a la costa de Valparaíso. El aviso llegaba tarde, cabrones. Pero me fui. Llegué a RD y allí pude llorármelo todo, bailármelo todo, sudármelo todo. Pero qué curioso cómo los vértices se disipan, mutan, caen: yo, que me fui para allá a lo de siempre –a mirar y a bailar– y pensé que podría escribir algo decente que me permitiría, además, entender, soy incapaz de darle forma a las notas sobre un lugar que me abrigó el corazón. Quizá por eso me está costando escribir sobre la isla. Porque eso le decía a mi mamá anteayer: a mí, la República Dominicana, me salvó la vida. 

 

Y ahora, que casi hace un año de aquello, sigo abriendo el cuaderno amarillo que paseé sin complejos por Villa Juana y Villa Consuelo, anotándolo todo, casi siempre al borde del derrame. Y ahora, que casi hace un año de aquello, leo desde la inútil nostalgia que me sepulta: dejad de decirles a las niñas que su cuerpo está mal. Dejadlas vivir y disfrutar. O buerbe pronto. O los sueños son para afrontarlos seriamente. O días esquizoides: follo por mí y por todas mis compañeras. O, quizá la definitiva: el desamparo enriquece. No me digan que no es bacán tener una propia lista de agravios.

 

Porque a veces (ahora que leo a Laura Ferrero en Antolojía de FronteraD), escribir historias es como hacer el amor. Y no escribirlas es como no hacerlo. Quedarnos con unas notas o unos datos solamente apunta a que una vez quisimos escribir, quisimos poseer. Quién sabe si un cuerpo o una historia. Todas dejamos historias y cuerpos por el camino. Luego, como dijo Luz Rodríguez en esta épica entrevista que le hizo Antón Castro para Heraldo de Aragón, la vida se encarga de imponerte sus leyes para que te enteres de lo peliagudo y doloroso que es estar a la altura de tus buenas intenciones.


Eso, que marzo se nos va y que abril es mío, que me lo robaron una vez y madre mía: cómo me cuesta escribirlo.