¿Quién teme a Santa Claus?

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En Navidad, cultivo propiciatorio de símbolos, las cosas no son lo que parecen. Los enemigos se esconden tras las sonrisas y las manifestaciones de falso afecto. Nadie está libre de sospecha en torno a estas -falsamente entendidas- cándidas y mágicas fiestas.  

 

 

¿Cómo puede defenderse el mundo de Papá Noel, si se trata de ese encantador viejecito gordinflón, que tiene por único vicio regalar a todos los humanos del planeta, sea cual sea su religión?

 

¿Quién puede rehusar, a dejarse agasajar por el gordo feliz con su risotón tan franco y campechano: ¡Jo jo jo, jó!?. Nos dicen que viene de Laponia, cuando todos sabemos que reside entre Washington y Nueva York. Este Santa Claus, reciclado entre nosotros como Papá Noel (parece que si no hispanizamos con un término francés, al lado, no nos sentimos suficientemente colonizados), no es otro que el Tío Sam disfrazado ridículamente durante el carnaval de Navidad. Lo que sólo terminaron consiguiendo los romanos, y que no pudo alcanzar Napoleón (la conquista de Iberia), lo ha logrado este gordinflón imperialista, disfrazado de lapón.

 

Tras un año de noches de Halloween, de Días de Acción de Gracias, de óscares de Hollywood, de  partes diarios de la Bolsa de Wall Street, y comparecencias televisivas de nuestro mulato emperador, rematamos 2014 bajo la tiranía de este gordo impostor norteamericano, que le ha hurtado sus puestos de trabajo a los Reyes Magos y al mismísimo Olanchero. ¡Apañados estamos!

 

Si la resistencia ibérica al invasor formó parte de nuestro acervo y nuestra idiosincrasia, ahora que parece haberse extinguido (como el bisonte de Altamira o las damas baxtetanas), desafiemos -al menos- a nuestro puritano ocupador, con un cálido Horny Christmas!, porque quizá así, podamos al menos, sacarlo de sus casillas, para mayor regocijo y satisfacción.