Ramón Andrés. Los árboles que nos quedan

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Ramón Andrés.
Poemas de Los árboles que nos quedan.

 

 

· SIN DONACIÓN ·

 

Un poema sencillo,

como el corazón de un perro,

no me será dado.                       Nada es fácil,

no lo es acercarte a un árbol viejo,

          entre la densa bruma,

ver que es el padre que ya no te recuerda.

Se ha ido igual que las ondas apaciguadas

tras el salto de la trucha.

Rezas, no rezas. No crees, no rezas. Rezar

es no pedir, no pedir, no juntar las manos,

desmigajar el pan para su boca enferma.

Es silla, cordón mal atado, hueso de flauta,

rebaño polvoriento que baja hacia su mente.

 

En estos lugares se aprende lo extraño:

ves la sombra del águila en el río

y algo te dice que es la nave

de los muertos que va a su desembocadura.

 

Algo te dice que tú también estás ávido

de no pesar, ávido de no tener lengua,

y, en cambio, de pronto, la espina en el pie

te devuelve escindido a tu comienzo. El dolor.

El camino siempre avisa,

y no lo que se acerca por él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

· HOMMAGE AN RILKE ·

 

Pensad que Orfeo no toca la lira,

que renuncia a pulsarla ya cerca

del Infierno, que los animales

lo despedazan y que devoran

la posibilidad de la canción,

su cuerpo desmembrado, la cabeza

rodando hacia Lesbos, donde flota.

 

Que no hay ningún templo en el oído,

que la viña no madura en los acordes,

que el júbilo ha dejado de conocernos.

 

Pensad en una canción muerta, en

las sílabas que se descomponen,

en la melodía comida por el buitre,

en el ritmo abandonado

dentro de un corazón que no se resuelve.

Pensad el canto para siempre perdido,

no oír nunca más la parte alta del mundo,

una tierra donde jamás se cante,

que la voz sea innecesaria, que no obligue

a abrir la ventana para saber que la fiesta

retiene a alguien, y nos despierta y salva.

 

 

 

 

 

· LOS LIBROS ·

 

Son perros, nos siguen, levantan la pieza,

la cobran. Lo abatido, nosotros.

Si te echan de casa, te los llevas;

toda la jauría. Si alguien te admite en otra,

no entras sin ellos. Están, escarban

es lo que guardas de instinto. Nombres cortos,

rápidos, secos para que te entiendan:

el perro-libro Chéjov, el perro Ibsen,

Nietzsche, Arendt, Blake, Poe, llámalos,

se te revuelvan en la tierra humedecida

como si supieran que todo está en ella,

huelen a cuero usado, a cuerda mojada.

Raza o mezcla, dos precios. Dos clases.

Hozan. Está el que jamás se aleja

y el que va sin detenerse monte arriba,

el que responde al ladrido y el que duerme.

Perro Milosz, perro Bishop, Rilke,

no son falderos, vigilan, rastrean

tu pasado, los años hechos ay despojos,

carroña —diría Baudelaire—,

no dejan ni un mes ni un día sin desperdicio,

lo devoran todo. Poca correa, poco collar,

perro Bachmann, perro Stevens, Heany,

muerden, muerden el palo que les lanzas,

y lo roen y roen porque es tu vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 · ÁRBOLES FINALES ·

 

Los árboles que nos quedan son aquéllos,

los todavía no alcanzados. En sus claros se decide

qué sombra infundir en cada uno de nosotros.

Tienen, a su modo, una voz de llamada hacia arriba,

como el que arquea las manos en torno a la boca

para ser oído en lo más alto y pedir que alguien

se haga cargo de los que estamos aquí. Ultimados.

Todo árbol cobija a un muerto y lo mantiene

en la savia, lo hace suyo y lo ampara, le da un suelo

de corteza y de hojas caídas para él.

Los bosques pueden salvarse en los que han sido,

quiero decir, en el recuerdo que guardamos de ellos.

Tendrá un hogar en el color del haya quien los defienda.

Hay árboles que parecen anteriores a la tierra, los robles

y los tejos, por ejemplo, arraigados en una mano perdida

y mortal que quiso hacer el mundo y no pudo.

Escuchadlos en sus ramas; nos avisan, aconsejan.

Son las obras completas del reposo.

 

 

 

 

 

 


 

 

Ramón Andrés (Pamplona, 1955). Es ensayista, pensador y poeta.

Autor, entre otros, de los ensayos:
Tiempo y caída. Temas de la poesía barroca (1994),
Historia del suicidio en Occidente (2003) –estudio ampliado y editado bajo el título
«Semper dolens» Historia del suicidio en Occidente (2015)–,
No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio (2010/2015)
Pensar y no caer (2016).

Gracias a su formación musical también ha escrito libros como:
Diccionario de instrumentos musicales (1995-2001),
W. A. Mozart (2003/2006),
Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros (2005),
El oyente infinito (2007). Reflexiones y sentencias sobre música. De Nietzsche a nuestros días (2007),
El mundo en el oído. El nacimiento de la música en la cultura (2008 / 2014),
Diccionario de música, mitología, magia y religión (2012 / 2014),
El luthier de Delft. Música, pintura y ciencia en tiempos de Vermeer y Spinoza (2013 / 2014),
Claudio Monteverdi. ‘Lamento della Ninfa’ (2017) y
Filosofía y consuelo de la música (2020).

Entre sus libros de poemas cabe señalar:
La línea de las cosas (1994; Premio Ciudad de Córdoba-Hiperión),
La amplitud del límite (2000), 
Los extremos
 (2011),
Poesía reunida y aforismos (2016) y
Los árboles que nos quedan (2020)
–de donde proceden los cuatro poemas seleccionados para esta nueva entrega de «La nube habitada»–.

En el 2015, fue galardonado con el Premio Internacional Príncipe de Viana de la Cultura, por su trayectoria intelectual y literaria.

Desde el 2017 es Académico Correspondiente de la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi.

Enlace al libro Los árboles que nos quedan (2020) en la página de la editorial Hiperión que lo ha publicado:

Los árboles que nos quedan_poesía Hiperión

Retrato de Ramón Andrés: © Zubieta

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