Ramón y el dilema de Rafael Correa

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Hay veces en que la buena química se siente de una, como dicen en Colombia. Eso nos pasó a Jheisson y a mí con Ramón y su esposa. Los conocimos en Los Llanos y compartimos con ellos un fin de semana de acampada en una escuela; nos bastaron dos palabras y una mirada para entablar simpatía mutua. Tal vez por eso, Ramón se mostró poco prevenido y permitió que le sacáramos fotos. Y nos contó por qué había hecho tan largo camino para contar los efectos que ha tenido en su región, el Arauca, la explotación petrolera que comenzó en los años 80 y que él, a sus 62 años, conoce de primera mano, como tantos otros pueblos uwa y sikuani de la región.

 

“Primero se robaron los tesoros; ahora vinieron por el petróleo. Se nos mueren el pescado, las tortugas. ¿Y después qué? ¿Vamos a comprar oxígeno cuando no quede más aire limpio?”, se pregunta. Frente a la idolatría del dinero que promueve el modelo hegemónico, Ramón sólo pide “paz y respeto: nada más”. Y matiza: “No nos respetan porque somos humildes, pero cada uno en el mundo tiene sus conocimientos. Para ellos, con lo que tiene se valora uno: al que no tiene, no lo respetan. Pero la plata no vale para todos. Ellos quieren plata, pero no viven tranquilos; quieren más, pero no obtendrán el perdón de Dios”.

 

De Ramón me he acordado mucho estos días, cuando leía la triste noticia de que no ha salido adelante la iniciativa del Gobierno de Ecuador para preservar el parque de Yasuní, con 750.000 hectáreas consideradas reserva mundial de la biosfera, en plena Amazonía ecuatoriana, de la extracción petrolífera. Rafael Correa solicitó a la comunidad internacional alrededor de 2.700 millones de euros, la mitad de lo que podría recaudar con la extracción de los casi mil millones de barriles de petróleo que se calcula que existen en los campos denominados ITT. Tras una larga campaña, doce países –entre ellos España– han reunido poco más de diez millones de euros; la mayor parte estaban en un fideicomiso internacional que, supuestamente, lo devolverá a los países donantes.

 

Correa señaló que el factor fundamental del fracaso del proyecto es la hipocresía que reina en el mundo; y no le falta razón si pensamos en las ingentes cantidades de dinero que se consiguen recaudar en sólo unas horas cuando se trata de salvar a los bancos o de invadir a los iraquíes. Se ve que el proyecto Yasuní ITT no interesaba a los poderosos; tal vez sentaba un precedente complicado en la coyuntura actual, en que las reservas se acaban y se encuentran en lugares cada vez menos accesibles y más delicados –no hablemos del Ártico–.

 

Saldremos perdiendo todos, porque, como decía Ramón, el aire limpio no se compra con dinero; nos lo salvaguardan los grandes pulmones del planeta, esos mismos que hacen de América Latina la región más rica en biodiversidad y en fuentes de agua dulce. Pero, antes que nadie, saldrán perdiendo las tribus indígenas del Ecuador, que hace décadas intentan sobrevivir a las consecuencias ambientales de la explotación de hidrocarburos. En 30 años de explotación petrolífera, se han derramado unos 76 millones de litros de crudo en la selva amazónica, según la Estación de Biodiversidad de Tiputini.

 

Ecuador ha sido un país pionero al plasmar en las leyes la cosmovisión indígena del Buen Vivir, una buena vida que no se asocia a la abundancia material y el crecimiento del PIB, sino a una forma de vida armónica con la naturaleza, que se entiende como un sujeto y no como un objeto –algo que reconoce la propia Constitución ecuatoriana–. Sin embargo, Correa parece haber sido absorto por la lógica de la realpolitik y ahora, después de años convenciendo al mundo de la necesidad de salvaguardar la selva virgen, debe convencer a los ecuatorianos de que no es tanta la necesidad, y se anima a hablar del “ecologismo ingenuo” de quienes se oponen al modelo extractivista que se ha consolidado en todos los rincones de América del Sur. Como ocurre en Bolivia o Venezuela, la extracción de recursos naturales parece contemplarse como la única alternativa para conseguir ingresos con los que redistribuir la riqueza y atenuar la pobreza. Pero ¿a qué precio?

 

Puedo padecer, también yo, de ese ecologismo infantil del que hablaba Correa, pero se me quedaron resonando las palabras del indio sikuani Ramón: “Las tierras nos las dejó Dios para vivir, y para que vivan nuestros hijos, nuestros nietos”…

 

* La fotografía es de Jheisson A. López

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.