Rata de dos patas

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Eso que llaman “small talk” o conversación placentera sobre temas que no interesan realmente a nadie nunca ha sido para mí. Me parece como hartarse a comer lechuga a la espera de que llegue el sabroso y sangrante cacho de carne que uno está deseando destrozar con los dientes. Por eso, siempre he preferido llegar tarde a los sitios, quizá, con un poco de suerte, esperaba que cuando yo hiciera acto de presencia hubiese comenzado ya la lapidación.

 

Es miércoles por la noche y la cena es elegante. Ella me tiende la foto de un taciturno niño palestino mirando a la cámara desde unas ruinas, y con la que se anuncia la exposición de un aclamado fotógrafo palestino sobre el mundo árabe. Los invitados europeos, con una gran sensibilidad hacia la causa palestina, muestran sumo interés, algunos incluso han dejado de dormir por las noches pensando en los pobrecitos chavales. Los organizadores del acto, libaneses, y enconados defensores también de los derechos de los palestinos en el Líbano, seguro que no sacan tajada de ningún tipo;  y en cuanto a los palestinos…en fin… Yo le propondría al estado de Israel que, como táctica de desgaste, permitiera de una vez  la creación de una Palestina libre y absolutamente independiente. En menos de una década los propios palestinos se la habrían cargado y el problema quedaría zanjado. Y es que con los árabes empieza a pasarme como con los políticos y los diplomáticos en general: abren la boca, esbozan una sonrisa, y sabes de inmediato que van a mentirte….

 

Nuestra anfitriona siria reclama, cual Lenin arengando a los analfabetos obreros rusos desde Suiza, la libertad y democracia para los vecinos sirios. Sí, los sirios merecen ser libres, como ya lo son los tunecinos y los egipcios, para poder cascársela sin restricciones, sin detenciones preventivas, frente al youporn.com.; para poder intervenir en sus asuntos como efectivamente lo hacemos los europeos. Los educados hijos de la dueña de la casa aparecen para saludar. Ese niño sirio, flaquito y cabezón, debe ser libre para darse cuenta cuando llegue a la adolescencia de lo que es un buen nardo, y su grácil hermanita, con sus tirabuzones y sus 150 kilos, debe, igualmente, enarbolar la bandera de sus derechos, para exigirle a su madre que le pague una liposucción por la puta jeta como hacen todas las herederas occidentales.

 

La exquisita velada termina en una terraza  desde la que se contempla el Beirut más moderno. Ante nosotros se alzan cuatro rascacielos levantados sin ningún criterio, y de los que objetivamente solo puede decirse que son altos. Todos alabamos las vistas sin el menor pudor, aunque si Beirut no estuviese frente al mar, no sería difícil confundirla desde el aire con un desguace de chabolas de los arrabales de Lagos.

 

Definitivamente, lo del “small talk”, la charleta políticamente correcta no es para mí. Por eso, esta noche he decidido que sea la deliciosa Paquita la del Barrio la que acompañe mis mañanas y no la disecada Fayruz, con sus historias melosas sobre vírgenes inocentonas, impregnadas sus melenas en azahar, e incapaces de cantar, voz en alto, lo que cualquier señorita decente ha pensado alguna vez en su vida: “Rata de dos patas te estoy hablando a ti…”