Realidad virtual

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Entre las muchas contribuciones de Google, una de las más destacadas es la de fotografiar cada metro cuadrado del planeta. Al principio empezaron con fotos tomadas a vista de pájaro, vía satélite, pero en seguida aquello les pareció poca cosa y desde hace dos o tres años se están dedicando a fotografiar todas las calles y carreteras del mundo con un objetivo de ojo de pez. El resultado es apabullante. El internauta puede recorrer las calles del barrio de su infancia, irse luego a ver la Torre Eiffel desde el Parque del Campo de Marte o la Avenida de Anatole France y terminar con un rimero de fotos del Cañón del Colorado o del Taj Mahal. Y esto no es más que el principio. Dentro de muy poco habrá cámaras permanentes en casi todos los sitios de interés y ya no tendremos necesidad de hacer turismo o de revisitar los antiguos lugares. No me extrañaría que mañana o pasado pongan una cámara en la cima del Everest, otra cámara suspendida en los blancos acantilados de Dover y otra, quizá, en el mismo Polo Norte, encendida noche y día, para que todos seamos testigos del irreversible descongelamiento de la tierra.

 

No se puede negar que todo lugar visto in situ resulta una experiencia mucho más intensa y sustanciosa, pero paradójicamente cuesta bastante más de retener en la memoria que la imagen captada por una cámara. Nos pasa con un paisaje y nos pasa con las caras de los ausentes. Las caras se difuminan cuando queremos recordarlas y todos los espacios que dejamos detrás nuestro se nos aparecen borrosamente transfigurados en la vasta oquedad de la memoria. Nuestra realidad es -si se pone uno a pensar en ello- algo bastante irreal. En cambio, los fotogramas de Humphrey Bogart o un póster de la Estatua de la Libertad son indelebles, mucho más que la cara de nuestra abuela materna o incluso la de nuestra propia madre, a la que recordamos, ay, mucho mejor viéndola en un álbum de fotos.

 

El pasado se escabulle sin dejar más rastro que el de unos cuantos recuerdos borrosos y el poeta Eliot ya advirtió que el hombre no soporta la mucha realidad, pero ahora Google parece decidido a cambiar todo esto y se pone a momificar el mundo entero mediante la reproducción digital a gran escala, con unas técnicas de preservación que para sí hubieran querido los faraones egipcios.

 

Desde luego si esto sigue al ritmo que va, los historiadores se encontrarán dentro de poco con tal abundancia de material archivado, entre imágenes y sonidos, que a lo mejor hasta envidiarán aquella época lejana en la cual uno tenía que recrear, a base de imaginación y dotes de fabulador, la muerte de Tutankamón o los últimos días de Pompeya.

 

La ciudad de Pompeya quedó sepultada por las cenizas del Vesubio en el año 79 y, como en el cuento de la Bella Durmiente, volvió a «despertar», tras más de mil setecientos años, bastante intacta, con sus calles y sus villas romanas, con sus talleres y su baños, con sus más de cuarenta burdeles, con su foro, su anfiteatro y su basílica.

 

Con todo, al pasear por sus calles (también fotografiadas por Google) uno no puede por menos de exclamar lo de “Estos Fabio, ay dolor, que ves ahora, Campos de soledad, mustio collado Fueron un tiempo…!”. Queda mucho en pie, ciertamente, pero faltan tejados, puertas, muebles, y los hombres y mujeres que perecieron están solamente en molde, con un rictus de muerte violenta sellado sobre la piedra pómez.

 

Vale preguntarse, en todo caso, qué impresión tendrá un futuro habitante de la tierra cuando se ponga a contemplar, digamos, la ciudad de Madrid, con pelos y señales, circa el año 2011, en el callejero digital de Google. Y, qué decir, si a partir de una fecha el callejero de Madrid se ve en una dimensión espacio-temporal continua, tomada desde miles de puntos distintos y segundo a segundo. ¿Se imaginan una Puerta del Sol a las tres y un minuto de la madrugada, en la cual se vea también, como ahora, una muchedumbre de jóvenes?

 

De ocurrir así, conjeturo que esos jóvenes manifestantes futuros estarán allí reunidos para protestar no por falta de trabajo o de expectativas, sino porque habitan un mundo que les resulta demasiado artificial y tan atrozmente obtuso como el que guardaba en su memoria Funes el Memorioso.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.