Realidades de la novela

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Recientemente un conocido dramaturgo y viejo amigo mío me confesó que había empezado a escribir una novela y que, lejos de lo que podía pensarse, le estaba resultando bastante más fácil que hacer teatro.

 

Ante mi extrañeza, me aclaró:

 

– En una obra teatral todo gira en torno a las voces de los personajes y, fuera de ello, no existe más que el silencio de las bambalinas. En cambio, cuando uno se pone a novelear tiene a su disposición un repertorio amplísimo de recursos. El novelista puede mezclar diálogo y narración. Puede describir una cara, un cuarto, un paisaje. Puede meterse en la cabeza del personaje. Puede perderse en digresiones y filosofar. Puede dar saltos en el tiempo y en el espacio. La libertad es total. Definitivamente la novela es mucho más fácil.

 

No quise llevarle la contraria, aunque le sugerí que a lo mejor esa supuesta facilidad respondía al hecho de que al ser dramaturgo y no novelista no se tomaba muy en serio el arte de novelar.

 

-Juegas con la ventaja del aficionado –le dije. O, si quieres, del novato. Sabes que tu prestigio no está en juego, ya que nadie te lo recriminará si escribes una mala novela…

 

Mi amigo me atajó:

 

– Tonterías. El prestigio de un escritor profesional está siempre en juego, hasta cuando escribe una dedicatoria en la contraportada de un libro. Si la novela me resulta un género muy fácil es sencillamente porque es un cajón de sastre donde cabe casi todo.

 

Sin ganas de entrar en polémicas ni discusiones quizá algo bizantinas, sólo le pedí que la terminara cuanto antes y pudiéramos así ver el resultado.

 

Mi amigo esbozó entonces una sonrisa maliciosa:

 

-No creo que la termine nunca, porque el final que tengo pensado es algo muy dramático y ahí es donde me vendrá seguramente el bloqueo.

 

No sé el grado de impostura o de guasa que había en las palabras de mi amigo dramaturgo, pero hay que decir que el concepto de novela como género abierto o como género que incluye otros géneros es algo muy extendido entre la gente y desde luego representa una gran falacia. La novela no es una miscelánea ni un batiburrillo de historias dispersas, sino un relato que se presenta ante el lector como un suceso histórico, por más que casi todo lo que se nos cuente apenas tenga referencia directa con el mundo real. La novela puede ser enteramente fantasiosa, pero la convención dicta, y casi exige, verosimilitud y hasta realismo. A mí parecer, una novela es realista o no es novela.

 

En la literatura anglosajona se distingue entre “romance” y “novel”. El “romance” abarca todo relato fantástico y/o de aventuras, mientras que “novel” es el género que se inicia con el Quijote y cobra carta de naturaleza en el siglo XIX de la mano de Walter Scott, Balzac, Flaubert o Benito Pérez Galdós, si es que elegimos un gran novelista de la casa. La novela o novel, según el sentido que se da en inglés, es una ficción narrativa de corte histórico que se caracteriza por un narrador más o menos omnisciente y por una serie de técnicas desarrolladas en estos últimos cuatrocientos años, entre las cuales puede incluirse desde las simples acotaciones y diálogos, hasta el estilo indirecto libre que permite al escritor zambullirse en la conciencia de sus personajes.

 

El novelista imagina un mundo al escribir una novela, pero tiene que dar la impresión de que ese mundo imaginado es tan real como el mundo en que vivimos. En ese sentido la novela opera con los mismos principios empíricos que los de un sociólogo, un psicólogo o un historiador positivista.

 

Y aquí pienso que está la paradoja, además del primer gran escollo que todo novelista debe solventar y superar, pues al escribir su novela debe hacer pasar por “historia” lo que en el fondo no es más que “poesía”, si es que se me permite utilizar esta vieja división aristotélica.

 

La historia, según Aristóteles, cuenta lo que es, mientras que la poesía relata lo que debe ser. La historia remite a hechos particulares, frente a la poesía, que busca siempre modelos universales. La historia, condicionada por la verdad de los hechos, no ahorra ni detalles feos ni verrugas en los retratos. Todo lo que pasa debe ser contado tal como pasó, tanto si el héroe murió de un aneurisma, como si la heroína sufre de halitosis. La poesía, por el contrario, cuida el perfil y la higiene de sus héroes y en todos los casos les destina una muerte heroica. La narración poética no puede desvincularse nunca de la épica.

 

Cervantes será el primer escritor en subvertir a gran escala este esquema aristotélico, y así en el Quijote la historia y la poesía se confunden en algo distinto, que no es ni una cosa ni otra, al menos en apariencia, pues la realidad del Quijote es que todo lo que pasa es irreal, aparente, literario, pese a la cotidianeidad de lo que se nos cuenta.

 

El Quijote todavía se encuadrará dentro de la jerarquía de los estilos de la Antigüedad, donde, entre otras cosas, la realidad cotidiana solo puede tratarse bajo un registro cómico. Con los novelistas ingleses eso empieza a cambiar, especialmente con Defoe, que influido por su profesión de periodista, cuenta ya historias inventadas con la misma seriedad con que escribía sus reportajes en el periódico. Y no pienso sólo en Robinson Crusoe, que es en puridad una memoria apócrifa, sino, sobre todo, en el Journal of the Plague Year, que es un informe en torno a la plaga de Londres de 1685, sin el menor atisbo fantasioso, como si aquello hubiera sido escrito in situ y por un supuesto testigo de aquellos hechos…  

 

Otro día, con más ganas y algo más de tiempo, quizá esbozaré una historia resumida de los hitos de la novela occidental, pero ahora quiero terminar señalando que toda novela (que no romance) está obligada a recrear la particularidad de la existencia, pero ocurre que la particularidad abruma y aburre. Lo cotidiano puede ser terriblemente tedioso.

 

Dijo el poeta que la humanidad aborrece la mucha realidad, pero yo diría que lo que más aborrece es cuando la novela que se le pone en las manos no viene aderezada con un lío de faldas, un luctuoso crimen o la historia de un granuja que estuvo en las cabañas y subió luego a un palacio. Si la novela no le da eso, se irá al cine o buscará la diversión en el Internet… o quién sabe, a lo mejor abre un blog y trata de buscar nuevas formas narrativas que no estén en deuda ni con Joyce ni con Nabokov ni siquiera con don Pío Baroja.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.