Realismos

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Eduardo Lago
se ha ocupado de exponer en su ensayo “La cuestión del realismo” la importancia
que el género tiene para la literatura en lengua inglesa y en su formación de
lector.  Una interesante plataforma
para diversificar el tema.


Con el término
“realismo” suceden cosas distintas en cada literatura. Desde mi punto de vista,
el realismo obedece a un contexto histórico y cumple un periodo ubicable entre
el siglo XIX y el inicio del siglo XX. Tengo la certeza de que, una vez agotada
la fuente de admiración, y como apuntaba Furio Jesi, surge la parodia.

Lo que ahora se denomina “realismo” poco tiene
que ver con entereza realista de la gran tradición narrativa del pasado.
Excepto que, como en el caso de Jonathan Frenzen, se aspire al modelo
tolstoiano, algo que se incribe, a mi juicio, en el cerco paródico. Las
virtudes de este propósito pueden ser mayor o menores, pero en el fondo su
acercamiento “realista” obedece a otra estrategia contemporánea que solo por
convención aceptamos como “realista”, aunque pueda ser algo diferente.

Como apuntaba Fogwill alguna vez, se puede
escribir sobre la realidad sin incurrir en el realismo, e incluso referir lo
real bajo cumplimientos alejados del realismo, que es para mí lo que han logrado
escritores como Roberto Bolaño, Ricardo Piglia y, desde luego, el propio
Fogwill. Estoy lejos de compartir la idea de que los datos o alusiones a la
realidad se inscriban en la vasta generalidad del término “realismo”. 

Así como la crónica y los cronistas históricos
–por ejemplo, los de Indias- escribieron sobre la realidad sin tener que ver,
como es obvio, con el “realismo”, la escritura que aborda la realidad actual
puede reflejar ésta en forma directa u oblicua sin identificarse ni reiterar el
modelo de escritores como Stendhal, Tolstoi, o Mann. Esto que resulta del todo
claro se problematiza cuando se considera que toda mención a lo que conocemos
como mundo real debe circunscribirse al patrón realista del siglo XIX.

El medio literario anglosajón ha prolongado
como pocos la vigencia supra-histórica del “realismo” por razones culturales,
académicas o mercantiles –efecto al fin del empirismo inglés. El hecho de que
en plena posmodernidad subsista el término “realismo” evoca la nostalgia retro
por algo que terminó mucho tiempo atrás. En lo personal, coincido con la
afirmación de Agustín García Calvo cuando expresa que aquello que llamamos
realidad sólo es posible por un acto de fe.  La física no nos dejaría mentir.

En el caso de Roberto Bolaño pienso que sus
relatos y novelas nada tienen que ver con el término “realismo” (ni sucio, ni
crudo, ni visceral, etcétera), entre otras causas porque justo lo que se
propone es poner el duda la estrategia realista de narrar. De hecho apunta a
aquello que rompe las convenciones realistas, por ejemplo, en el uso intensivo
del mecanismo del sujeto escindido, o el de la dificultad de situar los puntos
de referencia entre lo interior y lo exterior. Lo suyo transciende el realismo.
¿Tendremos que hablar de un trans-realismo? Es probable.

Poco más de veinte años atrás, Tom Wolfe
escribió un panfleto contra los excesos vanguardistas y en defensa de la “nueva
novela social”. Veinte más tarde los escritores “realistas” en EEUU ya ni
siquiera se toman la molestia de escribir semejantes manifiestos, sólo escriben
novelas que, bien escritas y afortunadas, los pueden convertir en perseguidores
de esa ballena blanca denominada la “gran novela americana”. De por medio hay,
desde luego, una pulsión conservadora y un cálculo, que he mencionado antes en
otro texto mío y me parecen dignos de ser cuestionados.

Agradezco a Eduardo Lago su lectura y
comentarios de lo que he escrito. Y también su invitación a bailar ballet con
sus lecturas en su valiosa biblioteca. Declino su gentileza: como decía Norman
Mailer, los duros no bailan. Sólo observan. Creo, por último, que ni lo que él
escribe ni lo que yo registro tiene que ver con el “realismo” tal cual. Si de
elegir términos convencionales se trata, prefiero la utilidad descriptiva de literatura
de “ficción” o literatura “sin ficción”. A pesar de esto, no quiero perder de
vista tampoco otro aserto de, qué remedio, Ricardo Piglia cuando dice: de
entrada, toda literatura es fantástica. Sobre todo, me permito añadir, el
“realismo”.


 

 

 

 

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Sergio González
Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.