Realistas, esos padres de Putin

0
647

 

Hablaré de ‘realismo’, sin matices, por economía y refiriéndome a su versión extrema, que es la más extendida y cuya caricatura se la han hecho ellos solitos. Me referiré a la reducción de la política a los intereses de un sujeto colectivo: verbigracia, concebir en el plano internacional a los Estados como agentes reductibles a una sola voz y presumir sus expectativas de acción de forma casi mecánica (ajenos a su propia reputación, que dependería en cada paso de los juicios ajenos y de cómo los encaja el propio sujeto, desentendidos de justificar ético-políticamente sus acciones, ante los demás y ante sí mismos) y volcada exclusiva y ciegamente a maximizar poder y dinero; en política nacional, por su parte, los Estados quedarían encarnados en la figura presidencial, legitimada por aclamación y revestida de la autoridad del jolgorio vocinglero de la masa (a Putin lo apoya el Pueblo, dirán que dicen las encuestas rusas, más allá de la minoría liberal que se quedará sin viajar tras esta guerra y sin sus lujos occidentales que ya les estaban vedados a la inmensa mayoría. ¿Y sin libertad? ¿Y sin vida?). El realismo que nos adoctrina estos días, por más realista que se piense, abusa de la abstracción hasta abrazar lo contrario de lo que dice defender: la pura metafísica, el tarro de las esencias nacionalistas. Acaso es lo que buscaban, visto la arrogancia de carácter que exhiben por doquier, una pose que los emparente con el chamán cuando creen revelarnos los hilos que mueven lo que estamos presenciando, e incluso el porvenir. Popes de hechos consumados, de la razón histórica, del statu quo, e incluso del empujoncito para que, cuando la realidad no es como desean, ésta acabe casando con su interés. Un interés que niegan, pues pretenden arrojar una mirada aséptica, neutral, objetiva, desinteresada, científica. Hasta donde les convenga.

El relativismo tras el realismo

Es posible, concedámoselo, que Rusia no quisiera especialmente invadir Ucrania, como no invadió toda Georgia ni urdió por la anexión física de Bielorrusia. Les basta, según dicen los realistas (casi todos prorrusos), con mantenerla en su esfera de influencia: Georgia lo entendió tras 2008, Bielorrusia lo entendió tras el pucherazo de 2020, y si Ucrania parecía haberlo entendido tras 2014 (eligiendo en 2019 a un Presidente judío y de habla rusa que hacía las delicias de nuestros especialistas, como Rafael Poch: vieron en Zelenski una vuelta al statu quo, al dominio ruso sobre lo que Rusia tiene por su esfera de influencia, por su soberanía -más allá de lo que diga el Derecho Internacional, cosa que a ellos se la trae sin cuidado como mostraban con el control de facto del Donbás, dijeran nuestros mapas lo que dijeran-) hoy ha demostrado ser el hijo descarriado al que hay que reconducir.

En fin, como se ha apuntado, para nuestros amigos realistas el problema se acaba asumiendo la perspectiva de Rusia, prescindiendo de la lógica democrática (que es la que más se acerca al individualismo metodológico pese a las falacias o aporías que rodean al autogobierno: ciertamente, el autogobierno siempre es el gobierno de los más sobre cada uno de los ciudadanos, pero en una democracia -y Ucrania, en el índice de The Economist, es una democracia híbrida que aprueba por los pelos y Rusia no- siempre se van a garantizar más las libertades civiles que en una tiranía, como bien parecen saber incluso los filo-rusos del Donbás, que se resisten a Putin), asumiendo una lógica de imperios y haciendo pasar su voluntad por impepinable, atendiendo a la pura correlación de fuerzas revestida en cada caso de las mentiras, datos sesgados o metafísicas que haga falta.

Basta escuchar a Duguin, el filósofo que mece el Kremlin de Putin, para entender qué es el realismo: el individuo no existe, queda subsumido en visiones inconmensurables del mundo cuyos vectores en la Historia son los imperios, las civilizaciones, encarnando en cada caso razones históricas colectivas que se niegan entre sí el saludo; cada imperio en su casa y sus dioses… también, custodiando los respectivos ámbitos de influencia; no habría una común razón humana y, por lo tanto, no hay razones que hacer valer frente a los demás. La Razón estaría astillada y, como en un mosaico, se reparte entre los imperios que son dueños y señores de sus vasallos, por más que éstos se crean libres y capaces de trascender sus propias burbujas culturales. Como el barón de Munchausen, tratarían en vano de salir de su tesela tirándose de la coleta. Lo único que una Razón sorda, muda y ciega entendería sería la razón de estado, contraria precisamente a todo tipo de razones. O mejor, deudora de una sola: la supervivencia del cuerpo, una versión política rancia del darwinismo social. Nada quedaría de lo que nos distingue como humanos.

Lo gracioso es que estos presupuestos suponen despreciar las libertades individuales de las que él mismo está haciendo uso (es lo que llamaremos contradicción performativa, núcleo del sinsentido relativista que entronca a todos nuestros adversarios, desde los realistas hasta los peores idealistas, los nacionalistas), yendo a occidente a dar conferencias, a debatir con filósofos como Bernard-Henri Levy, a interpelarnos con sus textos, a urdir y condicionar las líneas de acción de partidos políticos extranjeros, desde la extrema izquierda a la extrema derecha europeas. Si algo similar ocurriese en Rusia -lo hiciera un extranjero o incluso un ruso- sería castigado con prisión, si no con horca, y con el aplauso de Dugin, del realista, cínico y fascista Dugin.

      Tras la Revolución del Euromaidán, escribió en las redes: «Deberíamos limpiar Ucrania de estos idiotas. El genocidio de estos cretinos es inevitable y obligatorio… No puedo creer que sean ucranianos. Los ucranianos son gente eslava maravillosa. Y esto es una raza de bastardos que ha salido de las alcantarillas».

Su primera y última verdad, la única frontera, amigo o enemigo. También puede uno remontarse a otro Pope de Putin, Ilyin, y descubrir en él la misma tríada shmittiana que nos condujo al fascismo: relativismo y antipolítica-aclamación-decisionismo. Todo un engranaje hipócrita que revela, en el trasfondo, la metafísica heideggeriana del Dasein colectivo -una predeterminación colectiva a voluntad del César antes que una propuesta existencialista-, otra vuelta al peor Hegel:

      “En esa misma época, Putin citaba habitualmente a Ilyin en sus discursos anuales ante la asamblea general del Parlamento ruso, unos discursos importantes, redactados por él mismo. En 2010 empezó a recurrir a Ilyin como fuente para explicar por qué Rusia tenía que debilitar el poder de la Unión Europea e invadir Ucrania. Cuando se le pedía a Putin que mencionara a algún historiador, contestaba que Ilyin era la máxima autoridad en cuestiones del pasado.

(…) A principios de 2014, los miembros del partido gobernante y todos los funcionarios de Rusia recibieron del Kremlin una colección de las obras políticas de Ilyin. En 2017, la televisión rusa conmemoró el centenario de la Revolución bolchevique con un documental en el que se presentaba a Ilyin como una autoridad moral.

Ilyin fue un político de la eternidad. Su pensamiento se impuso durante el derrumbe de la versión capitalista de la política de la inevitabilidad en la Rusia de las décadas de 1990 y 2000. Esa influencia alcanzó su apogeo a partir de 2010, cuando el país se convirtió en una cleptocracia organizada y las desigualdades internas cobraron dimensiones inverosímiles. Las embestidas de Rusia contra la Unión Europea y Estados Unidos pusieron de relieve, al atacarlas, determinadas virtudes políticas que Ilyin, como filósofo, no tenía en cuenta o despreciaba: el individualismo, la sucesión, la integración, la novedad, la verdad y la igualdad.

Ilyin presentó sus ideas a los rusos hace un siglo, después de la Revolución. Y, sin embargo, se ha convertido en un filósofo de nuestra época. Ningún otro pensador del siglo XX ha tenido una rehabilitación tan grandiosa en el XXI ni ha ejercido tanta influencia en la política mundial. Si ha pasado inadvertido es porque somos cautivos de la inevitabilidad: creemos que las ideas no importan. Pensar de manera histórica es aceptar que lo desconocido puede ser importante y trabajar para conocer lo desconocido.

Nuestra política de la inevitabilidad recuerda a la de la época de Ilyin. Si entre finales de la década de 1980 y principios de la de 2010 se vivió un periodo de globalización, lo mismo sucedió entre la década de 1880 y la de 1910. En ambas épocas se extendió la teoría de que el crecimiento generado por las exportaciones derivaría en una política inteligente y acabaría con los fanatismos. Aquel optimismo se desmoronó durante la Primera Guerra Mundial y las revoluciones y contrarrevoluciones posteriores. El propio Ilyin fue un ejemplo de esta tendencia. Defensor del Estado de derecho en su juventud, fue inclinándose hacia la extrema derecha al tiempo que admiraba las tácticas que había observado en la extrema izquierda. El antiguo izquierdista Benito Mussolini encabezó la Marcha sobre Roma fascista poco después de que expulsaran a Ilyin de Rusia, y el filósofo vio en el Duce la esperanza de un mundo corrupto». [Timothy Snyder. El camino hacia la no libertad (2018).]

Visto así, ya no extrañará que Ucrania, para nuestros realistas -cuyas premisas teóricas no distan de las de Dugin e Ilyin, aunque les pese-, no sea ni siquiera un actor: es sólo un apéndice y nada importa su voluntad; no puede ser ni siquiera apéndice de la OTAN porque su destino es serlo de Rusia; y no cabe valorar qué sería mejor para ella ya que ni siquiera nos importa su opinión. Pero, ¡cuidado!, ya estábamos asumiendo el marco mental del realismo y dotando a Ucrania de agencia, interés y voz unívoca, orgánica. ¿Qué piensan los ucranianos? Pues si alguien ha visto la tele o ha leído algo estos días lo sabrá bien, a tenor de sus acciones. Para un realista todo eso no es verdad: no existen los ucranianos, ni siquiera existe Ucrania. Si acaso existe la OTAN, que los condena contra la fatalidad de su destino.

Estos realistas que niegan a los ucranianos en sus textos son los mismos que afirman sin inmutarse que todo Estado es un estado de derecho en cuanto todos ejecutan sus políticas mediante formas legales. Tanto lo es Rusia como España, un poner. Para ellos, se entiende, la democracia es siempre una farsa, la imposición de una voluntad arbitraria sobre todos y cada uno. Así podrán preservar sin sonrojo una teoría que prescinde de la voluntad individual o colectiva de los actores políticos. Niegan el fundamento democrático por más que se beneficien de él, fruto de sus pobres convicciones relativistas. Así les es más fácil dar paso a su voluntad (política más que teórica) sin cortapisas. Si todas dan igual, mejor la suya. Razón de estado. Imposible que se pongan a pensar sobre las condiciones de posibilidad del procedimiento de decisión, que es lo que hay tras un verdadero estado de derecho, esto es, de un procedimiento para la toma de decisiones erigido mediante instituciones que se han visto corregidas a lo largo del tiempo para garantizar funcionalmente, cuando no la dimensión epistémica de sus outputs políticos y legislativos, al menos siempre la legitimación democrática del poder. Uno que, por definición, no viola ‘legalmente’ los derechos de las minorías que mañana deben seguir siendo parte del proceso de decisión y cuya voz debe poder oírse, minimizando en tanto que resulte posible las asimetrías. Uno que, al cabo, también vincula al gobernante en su política exterior, pues de la opinión pública dependerá su reelección. No es el caso de Rusia, claro está.

Resulta, contra la mirada realista, que dentro de los Estados hay agentes -los ciudadanos-, y que éstos tienen mayor o menor influencia sobre su Gobierno en función de lo plural que sea su sistema político. Resulta que, puestos a admitir que existen individuos (cosa que parece contrariarles demasiado), deberían también admitir que no somos células, que reaccionamos racionalmente y emocionalmente a los demás, reciprocamos, que nos preocupa nuestra reputación, nos coordinamos y algunos incluso abandonamos por un momento el espacio de nuestra libertad más íntima para participar discursivamente (cuando no con el voto o con otro tipo de acciones) de la legitimación ético-política del poder al que nos sometemos. El realista que analiza la política también lo hace -y pretende hacerlo- cuando escribe, participando en foro público. Por eso sorprende que se ocupe tan poco en sus análisis de la opinión pública, de la que pretende sustraerse aunque sepa que su propia sombra no abandonará nunca el objeto analizado.

Por último, nunca perdamos de vista que arrojar sobre los demás una mirada realista (generalmente, la propia de la Teoría de Juegos) es la mejor forma de que nos respondan de forma realista: si esperamos lo peor del otro, el otro verá nuestro recelo y esperará lo peor por nuestra parte. Se levantará así de forma miope, nada razonable, el mejor caldo de cultivo que el nacionalismo haya podido soñar: la desconfianza y el odio mutuo rampante. Una reacción defensiva que romperá con los win & win que hemos sabido construir desde hace 70 años. Es por eso que el realismo, como ciencia social, anticipa mejor la acción del otro cuanto mayor sea la desconfianza entre las partes (esa que la propia perspectiva realista contribuye a crear), cuanto mayor sea la escalada o cuanto más esté en juego en la negociación.

Pero, a partir de cierto umbral, ni siquiera aporta eso: al fin y al cabo, los grandes momentos constituyentes están siempre atravesados por miedos y desconfianzas mutuas y suelen ser precisamente los que sacan lo mejor de los participantes -temerosos de dar un paso en falso por pasarse de listos, de egoístas, de «racionales»-, que estarán, entonces sí, dispuestos a revelarse mutuamente sus filias y sus fobias para obtener un acuerdo que, por fin, traiga una paz larga para ellos y para sus hijos. ¿Dónde está en los momentos más duros el realismo? Abandonado en el campo de batalla, tras la escalada que contribuyó a crear.

 Las trampas de los realistas en la guerra de Rusia

Sus razonamientos se siguen de unas pocas e infundadas premisas que ahora se entienden bien. Primero asumen que Rusia es Putin, condenando a los rusos (a todos los que protestan estos días y llenan las cárceles rusas), en nombre del relativismo más indecente (que además obvia, qué sé yo, que España no es Sánchez y que nuestras democracias son tan deudoras de la inamovilidad de la frontera que delinea la comunidad política sobre la que se ejerce el autogobierno como de la protección de las minorías), al yugo del tirano, y asumiendo, con toda la superioridad moral imaginable, que hay pueblos no preparados para la democracia o, en el menos malo de los casos, que nos da igual cómo se rijan (es decir, que nos debe dar igual porque no son como nosotros y su lógica no es la nuestra -como ven, a cada paso su doctrina está plagada de un moralismo que revisten de ciencia social-). Ya sólo queda contentar a Putin en nombre de una paz amoral, de la estabilidad: puesto que la guerra nuclear es impensable, toca ceder.

Y, claro, acabará asomándoles, para poder conciliar el sueño, una justificación moral: no sólo niegan a Ucrania (cuya historia como Estado independiente menosprecian, como si no hubiera hoy en la UE otros muchos Estados igual de jóvenes, como si la evolución democrática de los europeos, algo más acelerada, no se debiese a la transferencia de rentas y la importación del acervo comunitario del que ha carecido hasta ahora Ucrania) el derecho soberano a escoger aliados, sino que justifican (ya no explican) con razón histórica (se suponía que lo suyo era ciencia) la pertenencia a Rusia del Donbás. Bueno, eso era al principio: ahora ya asumen la conquista de media Ucrania, donde Putin jamás iba a entrar según afirmaban semanas atrás.

Esclavos de esas premisas, reducirán la política a la Historia, pues son expertos en la materia. Nos hablarán de la Rus de Kiev, que “es algo así como Covadonga para nosotros”, y afirmarán sin sustento alguno que no puede entenderse Rusia sin ese territorio. Ya lo habrán oído mil veces. Sin embargo, si escuchamos las voces de Polonia (quejándose de que no agravemos las sanciones, mientras acogen a refugiados por millones), de Finlandia (planteándose entrar en la OTAN, renegando de la “vía finlandesa” -pertenencia a la UE pero ajena a la OTAN, con estatus de neutralidad en política exterior-, y denunciando la pérdida de soberanía que han ido arrastrando después de décadas tratando de mantener relaciones cordiales con Rusia, incluso con la tiránica y nuclear Rusia, por la cuenta que les traía), de las repúblicas bálticas, o las de Ucrania (las de Bielorrusia ya no puedes), que directamente acompañan sus gritos firmados con sangre -esto es compromiso con su palabra-, y entonces se hace bastante patente que nuestros vecinos y conciudadanos europeos del este no tienen tan claro que la Historia o los temores y orgullos rusos valgan más que su soberanía e integridad territorial, que su democracia, que su libertad, que su futuro. Hoy tienen a los primeros ministros polaco, checo y esloveno jugándosela para acudir a una reunión en Kiev, la asediada capital de Ucrania.

Yo diría que esto deberíamos entenderlo quienes no claudicamos ante terroristas, ni ante los golpistas catalanes que pretendían arrebatarnos nuestra riqueza, el suelo de catalán; quienes no estamos dispuestos a oír hablar de Al-Andalus ni a tolerar los anhelos islamistas (¿nos vamos y les damos el Califato o nos quedamos a vivir en él disfrutando de nuevas libertades?); quienes ante la pérdida de las últimas colonias nos sumimos, hasta ahora, en una conciencia prácticamente antinacional y no en ardorosos -y marciales- deseos de recuperar la gloria perdida. ¿Por qué tanto interés en entender a Rusia (¡a Putin!)? Ya no digo en buscar una salida, que no sé por dónde irá, digo en entenderlo, casi en justificarlo. ¡Al final entenderlo todo es justificarlo todo! También podrían mirar a Hungría, Alemania, Polonia, República Checa, Eslovenia, Serbia… Parece que ellos tampoco han seguido alimentando anhelos de ‘espacio vital’, imperios y antiguas fronteras.

Otras veces recurren a la esencialización de la Geografía. Aquí hablan de las planicies que componen sus fronteras con Ucrania y Bielorrusia en aras de justificar la necesidad que tiene Rusia de controlar ambos países para defender su territorio. Las “fronteras naturales” de Rusia, dirán, son la del istmo, o más bien canal, que une Báltico y mar Negro. Tras la mitad de Ucrania, que se preparen Polonia, Moldavia, ¿Finlandia? Quizás no mañana, pero que se preparen porque está en la lógica de las cosas. Una lógica que estará en la cabeza de Putin y de unos cuantos rusos, además de en nuestros queridos realistas, pero que ni siquiera estaba en la cabeza de los soldados rusos que hoy bombardean Ucrania, a quienes les han tenido que decir que van a desnazificar, no a recuperar sus tierras.

Si tienen que engañar a los ciudadanos rusos acerca de lo que está ocurriendo en Ucrania y ni siquiera se les informa a los soldados de las intenciones de Putin, quizás es que su ciencia patina un poco y hacen bastante mal en prescindir de otros espacios de saber que tal vez enriquecerían el suyo. Derecho internacional, Psicología social, Filosofía política, qué sé yo. De hecho, puede que el paso de generaciones educadas en nuevos mapas, y con inquietudes diversas, empuje para que el grueso de una ciudadanía renovada deje atrás los anhelos imperialistas que tratan de mantener vivos los de arriba con sus políticas de la memoria, del resentimiento. Y es que me temo que en todas las ramas, sobre todo en las ciencias sociales, hay miopía y reduccionismo. La hay hasta en Derecho, por ejemplo, cuando los juristas creyeron que una norma en papel podría cobrar vigencia y regir sobre sociedades fácticamente antiliberales (ya saben, lo de llevar la democracia a Irak), no la va a haber entre quienes se centran tanto en la facticidad -en alguna de ellas- que olvidan la función civilizadora del Derecho.

Y, todavía, en otros embates, los realistas nos recordarán Kosovo, Siria, Irak, Afganistán: “OTAN, tu quoque”. Argumentos que no valen nada a menos que asumamos que recordar los casos de Georgia, de Crimea o de esta misma guerra servirá mañana a un supuesto Occidente monolítico para avalar nuevas invasiones y masacres. Al fin y al cabo, si de correlación desnuda de fuerzas se trata, es probable que, de no perder todos, salga ganando la OTAN. ¿Asumirían nuestros realistas tan realista corolario?

Puestos a buscar explicaciones de las acciones de Putin, podríamos proponer otras. ¿No es más probable que Putin se haya dicho: “He logrado maniatar a Alemania mediante el gas, con unas inversiones en la infraestructura del gasoducto Nord Stream 2 que no va a dejar morir, bloqueando así a la UE en su corazón, y ahora ya puedo tranquilamente aplastar y dominar a los países que considero míos. Y si terceros países se oponen acusaré a EEUU de atacarme, de atlantismo furibundo, de imperialismo; y, a los gobiernos reacios a quienes quiero controlar, los tildaré de peleles del atlantismo, de traidores, de nazis”?

Viendo el documental sobre Putin (De espía a Presidente) de la BBC (en Movistar) y cómo fue capaz de orquestar como primer ministro, desde los servicios secretos, varios atentados con bomba -voladuras de edificios enteros y cientos de muertos- para adjudicarlos a los chechenos -sin pruebas, claro- y así entrar en una guerra contra Chechenia para recuperar terreno y, sobre todo, orgullo ruso y aclamación popular, legitimación en el poder, uno entiende ya todo mejor. Siempre la falsa bandera (sólo gracias a la “diplomacia de altavoz” de Biden supimos que Rusia invadiría Ucrania y se neutralizó la excusa que buscaba para justificar la guerra, un supuesto ataque ucraniano en territorio ruso; lo mismo ocurrió semanas después, cuando trató de adjudicar ataques ucranios en Biolurrusia para que su títere entrara en guerra), siempre usando a los muertos sin piedad, siempre invadiendo, siempre apelando al orgullo nacional como vector de su mandato. Impacta en todo momento su frialdad… cómo se quitó con un vídeo trampa al fiscal que perseguía a Yeltsin, cómo y por qué acaba con Litvinenko, cómo desprecia públicamente a su valedor tras subir al trono. En fin, échenle un ojo. Quizás todo se reduce al trato con un desquiciado.

Más les valdría a algunos suspender sus proyecciones y, sobre todo, ahorrarnos sus juicios políticos de bata blanca -tan osados como los del biólogo que tras su explicación del dimorfismo sexual nos viniera a justificar, desde un púlpito, la desigualdad de derechos entre sexos- y limitarse a dar el contexto. Ya pensaremos luego nosotros. Al fin y al cabo, con sus pronósticos no han acertado ni una (todo se andará) y Putin sigue testarudo e irracional hacia la destrucción de todo. Ojalá también la de sí mismo. De sus juicios políticos sobre la culpa de Europa, de EEUU o de la OTAN en relación a la masacre de Putin mejor no hablar demasiado, por preservar nuestra convivencia con ellos.

Es tremendo, perdonen que vuelva, el argumento «realista» del acoso de la OTAN. Si la amenaza fuera tan cierta y, teniendo en cuenta que la OTAN ya estaba apostada disuasoriamente en las fronteras de Ucrania, se entiende mal que Putin se decidiera a atacar. No será el miedo a la OTAN el motivo principal de una invasión que habría ejercido de disparador si el temor del ruso fuera fundado. Por lo demás, ¿no ha llegado acaso mucho más lejos Putin mediatizando militarmente a Biolurrusia que la UE con Ucrania (cuyo pecado fue ofrecer un pacto comercial, roto -ahora sí- por la injerencia rusa, lo que causó la revuelta del Maidán, cuya represión acabó en 2014 como todos sabemos)?

Se dice que Rusia no podía permitir una Ucrania en la OTAN. Pues bien, la invasión reafirma la necesidad que tenía Ucrania de protección. Lo mismo cabe decir tras la amenaza a Finlandia o las repúblicas bálticas. De hecho, hoy toda Europa cree mucho más en la necesidad de la OTAN que hace un mes (desgraciadamente, los refuerzos militares de Europa alimentarán su estrategia victimista: una profecía autocumplida que algunos compraron desde el vaticinio). Fin del argumento: si no era necesario antes lo es ahora; y si lo es ahora lo era antes. Y, encima, quienes lo alegan lo hacen, por supuesto, con sus libertades a salvo. Espartanos en carne ajena.

Mejor sería -si de establecer un suelo crítico se trata- asumir que esto va de Derecho Internacional y, en el mejor de los casos, de garantizar a los ucranios su autogobierno colectivo (democracia) y los derechos fundamentales de sus ciudadanos (estado de derecho). ¿Qué tienen que hacer Suecia, Finlandia o las repúblicas bálticas ante las amenazas? ¿Quién determina qué países pueden buscar alianzas y cuáles no? Lo demás no son preguntas ni razones legítimas, a menos que rescatemos del cajón de los malos recuerdos la Filosofía de la Historia de Hegel, con su Objetivo, su Absoluto, y todas sus desastrosas -y muy metafísicas- formas de hacerlos cuadrar. No valen nada por más tinta y estudios que se viertan y por más interesante que nos resulten.

Sí me importa, llegados a este punto, saber si las sanciones pueden hacer recular a Putin, si cabe la posibilidad de que lo derroquen internamente o si lo van a convertir en un animal herido presto a grabar su nombre en la Historia… Nadie debería abandonar la prudencia en política -mucho más relevante que el mecanicismo realista- ni desentenderse de las consecuencias de cada acción ni de la necesidad de asumir costes y sacrificios, incluso en lo relevante al orden internacional que hemos conocido hasta ahora.

Replicas a vuelapluma a varias críticas realistas

1°) Ucrania comparte una barbaridad de kilómetros de frontera con Polonia, Hungría, Eslovaquia y Rumanía (a los que podríamos añadir los que comparte Rumanía con Moldavia, que teme ir detrás de Ucrania). No hablamos de una guerra proxy o en tierra ajena, hablamos de un país vecino de la UE, culturalmente muy cercano y con quienes hasta los españoles compartimos lazos gracias, entre otras cosas, a programas de acogida de verano. Basta ver la cantidad de ucranianos que nos hablan en español. El resto de frontera es con el invasor y con Bielorrusia, su pelele. Si alguien supone un peligro por atacar a países vecinos y prácticamente aliados nuestros es Rusia.

2°) No olvidemos que el EuroMaidan brota de la voluntad ucraniana de acercamiento a la UE, a sus libertades, después de que una injerencia de Putin les «recordara» que no eran libres para firmar acuerdos comerciales con nosotros. No hablamos de acuerdos militares ni políticos. Si bien fue una revuelta azuzada por occidente, lo cierto es que jamás se habría dado sin el impulso interno; un episodio que los realistas prorrusos caracterizan de golpe de Estado pese a que las connotaciones del término “revolución”, si no “revuelta”, le visten bastante mejor. Si llamamos a eso golpe de estado, olvidémonos de connotar positivamente los procesos de conquistas progresistas o democráticas del pueblo frente a tiranías a las que no cabe deponer mediante votos.

3°) Si podemos criticar injerencias, operaciones militares de la OTAN, guerras como Irak, o dejaciones ante conquistas de otras potencias (por ser «amigas», como Arabia Saudí) es precisamente gracias a las mismas categorías que nos permiten definir claramente la invasión de Rusia como ilegal. El “y tú más” no conduce a ninguna parte. ¿O mejor nos ponemos todos a aplaudir desde ya las arbitrariedades de nuestros Gobiernos en materia exterior?

4°) Remontarse a errores pretéritos (muchas veces descontextualizados y difícilmente comparables) de una parte es justamente la táctica de los independentistas con Franco, el GAL o la colonización. Se esquivan las categorías jurídicas y morales porque no interesan, se pervierte el análisis del caso concreto embarrando con otros casos que nada pintan, se dislocan las épocas (antes y después de la Guerra Fría; antes y después de que la hiperconexión nos muestre cada episodio de la guerra y tenga en vilo a las opiniones públicas), etc.

5°) Ni Ucrania estaba en manos de un dictador, ni van a salvar a nadie de un genocidio, ni van a liberarlos del yugo de una bota ajena. Sólo cabe pensar que Putin actúa para buscar puertos calientes, para conectar su ilegítima anexión de Crimea con el corredor ya casi conquistado bajo las bombas que azotan Mariúpol, y por un orgullo expansionista que probablemente no calculó bien la reacción ni de Ucrania, ni de Europa. Apuntemos, además, por no dejarnos hipocresías en el tintero, que Ucrania no sirve a Rusia de freno de seguridad (por ejemplo, en cuanto a flujos de inmigración o amenazas yihadistas, como ocurre con Marruecos respecto a nosotros). Es una cuestión puramente nacionalista y económica. Aunque no es que sea demasiado relevante el motivo para el juicio que nos importa.

6°) Una cuestión que nos arrastra ha sido el acierto de Biden (de la OTAN): ha avisado con tiempo de la invasión, ha evitado que Rusia enlode todo con ataques de falsa bandera para dividir nuestra opinión pública y legitimar el ataque, y ha ayudado a Ucrania sin intervenir sobre el terreno. Parece que ha servido precisamente lo aprendido frente al Estado Islámico tras los desastres de Irak y Afganistán. Es difícil encontrarse con un caso tan prístino de injusticia en materia internacional.

7°) Se trata, finalmente, de un conflicto que sentimos más próximo, más nuestro. No en vano afecta a demasiados países miembros. Además de los 4 Estados mencionados en el punto 1º), 72 millones de conciudadanos europeos, afecta a otros 11,5 millones de europeos de las repúblicas bálticas y de Finlandia. Un conflicto que afecta de lleno, pues, a la soberanía de 83,5 de los 447 millones de europeos, es decir, a una quinta parte de nuestros conciudadanos. Y esto ya es hacerse trampas porque si afecta a uno nos afecta a todos, a los 447 millones de europeos. Se trata prácticamente de una guerra de agresión en nuestras fronteras, en la cara de un país que bien podría haber entrado en la UE con el tiempo (voluntad no le faltaba) y en la OTAN, y del que no somos socios comerciales por injerencia de Putin.

Así pues, una potencia nuclear, históricamente temible, totalitaria y expansionista, de 150 millones de habitantes, y que parece considerar que buena parte de la UE debería quedar bajo su esfera de influencia, ha entrado en una guerra convencional con un vecino, intimidando directamente a una quinta parte de nuestros conciudadanos e indirectamente a muchos otros que saben lo que es vivir bajo su espada y que tienen razones fundadas para temer que mañana pueden ir ellos.

Deberíamos deducir fácilmente por qué este conflicto no es comparable a muchos otros que nos arroja el realismo para desvirtuar nuestra mirada. La tinta del calamar.

Otras derivas del realismo: impugnación de la globalización y de la tesis de la pacificación mediante el comercio

«En los noventa, sin embargo, este columnista de ‘The New York Times’ triunfaba con su ‘teoría de los arcos dorados de la prevención de conflictos’. Friedman defendía que no habría dos países con McDonald’s en su territorio que fueran a la guerra entre sí. Recuerdo en la facultad un profesor que lo citaba con entusiasmo, junto al ‘Fin de la historia’ de Fukuyama. Explicaba así el declive de las guerras como resultado de la expansión del capitalismo, siguiendo las tesis de Montesquieu y Adam Smith, pero amenizándolas con hamburguesas y patatas fritas. Comerse un Big Mac al otro lado del caído Telón de acero no solo calaba entonces como el símbolo definitivo del triunfo del liberalismo y la globalización, también de que el progreso económico y los lazos comerciales traerían inevitablemente la paz. Así de optimistas eran los noventa.

Sin este optimismo no se entiende que Putin haya terminado teniendo en su mano la llave del gas que calienta media Europa mientras el Ejército ruso bombardea Ucrania y desafía a Occidente. La interdependencia económica, alimentaria y energética de la Unión Europea con Rusia, que ahora vemos como un error estratégico colosal, se ha defendido en las últimas dos décadas precisamente como lo contrario. Se suponía que esa dependencia serviría de antídoto a pulsiones belicistas, la garantía de que necesitándonos nos mantendríamos a salvo.»

Este artículo de García Aller se pone en entredicho la función civilizadora y pacificadora del mercado. En sentido más amplio, y siguiendo la misma lógica, diría que se pone el foco en que las relaciones mutuas, las deudas adquiridas con extraños, la exposición confiada al otro, lejos de lubricar el trato nos hace más vulnerables.

Frente a tales prevenciones se me ocurre que sería peor la guerra sin un Consejo de Seguridad de la ONU. Sería mucho peor sin diplomacia, sin la línea telefónica abierta entre Moscú y Washington. No sería igual la opinión pública y, por tanto, la adhesión a las sanciones (y la asunción de sus costes) si no hubiéramos tejido extensa normativa internacional, por más que tantas veces caiga en saco roto: todo ello crea conciencia de pertenencia a un mundo (político, de recursos escasos) común. Muchas veces se ha tildado de ingenuidad vacía toda su normativa y burocracia (a veces corrupta), sin conceder ningún logro en materia de coordinación. Sin embargo, todas nuestras políticas públicas son deudores de su Agenda desde hace décadas. Muchos fondos, dinero, política.

También sería peor una Unión Europea que se hubiera quedado en los 6 miembros fundadores, firmantes del Tratado de Roma. No habría hoy debate sobre el cierre («finalité») de una Unión Europea que deba dotarse de un horizonte político determinado (y cerrar la apertura indefinida a nuevos miembros) sin el proceso previo de expansión de su geografía política. Ni siquiera habría UE. No habría ningún proyecto ingenuo que concluir en busca de una integración política realista, de una profundización de la soberanía europea, de una política de defensa común, si no hubiera habido antes inclusiones de nuevos Estados y una ingente legislación superpuesta a todos esos miembros que se aplicaba sin que existiera una comunidad política erigida sobre un previo monopolio de la violencia que tuviéramos que domesticar (eso sólo sucedió en las monarquías absolutas que ya habían hecho acopio de tal monopolio, en los Estados clásicos que construyeron la nación desde un centro de poder ya localizado). Da igual que la apertura de nuevos mercados legitimase el proyecto desde la CECA si al mismo tiempo y desde el inicio no hubiera habido un alma política que iba cerrando y juridificando los desmanes… como hicimos con el MEDE tras la crisis, entre otras muchas medidas.

Y, por supuesto, y por desembocar en las prevenciones del artículo señalado, no habría sido mejor (y no lo será, en buena medida) un mundo sin lazos comerciales con Ucrania, Rusia y China, por más que luego nos descubramos dependiendo del gas, del trigo y de las mascarillas ajenas. El mercado no sólo crea riqueza y permite importar (ahorrándonos costes improductivos y liberando recursos para mejores tareas) gracias a las exportaciones, fomentando las ventajas comparativas y aprovechando las inversiones y el ‘know how’, revirtiéndolos con el tiempo en proyectos propios… Además genera lazos que pacifican las relaciones políticas en beneficio mutuo. Y esta lógica no se desmiente en Ucrania (cuya invasión no tiene grandes causas económicas) y tampoco se puede decir que la interdependencia con Rusia haya sido contraproducente y mucho menos el disparador. Es cierto que la globalización ha tenido costes excesivos sobre nuestras democracias, pero ahí sólo entraríamos en los grises, no en una impugnación de plano.

Del mismo modo que el Derecho democrático nacional y la seguridad jurídica crean un intangible de confianza que revierte en la economía (que tantas veces la internaliza sin devolver la factura a la sociedad), los lazos mutuos crean múltiples intangibles, empezando por la paz, condición de posibilidad de todos los demás. Que luego aparezca en escena un Artur Mas o un Putin a reclamar más pastel que nadie por sus santísimos y ponga patas arriba todo lo que tanto ha costado tanto conseguir, a veces siglos, empezando por la confianza mutua, no desmiente la lógica civilizatoria del comercio, de la ley compartida o de la integración política. Los señala a ellos y nos descubre la complejidad y vulnerabilidad de los sistemas que garantizan nuestras libertades. Y, desde luego, la reversión de estas dinámicas que durante tanto tiempo y con tanta paz y prosperidad nos han regido (y que, me temo, mañana serán tachadas de ingenuas y voluntaristas por los cínicos realistas), no está exentas de otras muchas externalidades bastante más peligrosas que las que suponían una interdependencia mutua: la desconfianza, el gasto militar en mera prevención, el encarecimiento de los productos, la caída del turismo, la degradación de la investigación compartida como la que hemos visto durante la pandemia, etc…

Conviene en general entender que a lo largo de la Historia existen por todas partes momentos de apertura y momentos de cierre. Ambos pueden ser funcionales o disfuncionales (y generar una reacción) y se entrelazan habitualmente con una clara tendencia dialéctica. El propio proyecto europeo, si ha de poner un límite definitivo a su expansión (un cierre tras tantos años de apertura indefinida) para que todos tengamos claro quiénes somos «los europeos» y así profundizar en la integración política (lo que implica unas fronteras que hay que defender), supondrá decir a unos cuantos países, empezando por Turquía, que ya no son Europa, por muy europea que ésta sea desde el Bósforo. Y ahí tendrás nuevas líneas de demarcación, nuevos factores de alejamiento, de pérdidas conjuntas y de odios. No hay nada más idiota que un realista en política.

 Una alternativa al realismo: la razón comunicativa

 Cuando Habermas reconstruye la “situación ideal del habla” arroja es un ideal regulativo, unas condiciones de posibilidad más o menos tasables para medir, a partir de ellas, las desviaciones de un diálogo o de las reglas que rigen un foro. De ahí extraerá buena parte de las condiciones de posibilidad del procedimiento democrático (es decir, del verdadero estado de derecho, el que canaliza un autogobierno colectivo compatible con los derechos individuales) cuando quiere subrayar su dimensión epistémica: si no ‘verdaderas’, al menos arrojará decisiones/leyes que podamos tener por justas aunque sólo sea porque las ha refrendado la mayoría, tras oír a la minoría, y sin renunciar a que mañana puedan ser modificadas por nuevas mayorías. La moralidad, el punto de vista moral procedimentalizado, el principio de imparcialidad, no es más que un ideal regulativo que aspira a prevenirnos de los sesgos que atraviesan la comunicación, incluido el poder del interlocutor (empezando por el poder de negarse a discutir y acabando por el de cortarnos el cuello, pasando por el de amenazar con despedirnos si lo contradecimos en público). Así, un ejemplo a botepronto: está más cerca de la ‘situación ideal de diálogo’ un parlamento nacional o un gabinete de Gobierno que la ONU, por razones obvias: el veto, la lógica internacional exenta de un verdadero ordenamiento jurídico y, peor aún, de un poder que pueda ejecutarlo eficazmente.

Pero antes de pensar siquiera en esa situación ideal estamos todos insertos en la acción comunicativa misma. Una acción que ni siquiera es exclusivamente lingüística, como resulta obvia. Y previamente hay todavía una razón operativa que compartimos con los demás seres humanos (aprendizajes de distintas lenguas y traducciones mediante), unas categorías, como la causalidad, más allá del espacio y del tiempo, sobre las que dicha comunicación opera, sustentada en último término por nuestra imposibilidad práctica de vivir (en sociedad, claro) en contradicción performativa: hablamos para que nos entiendan, para coordinar la acción, incluso aunque no alcancemos un acuerdo; sostener lo contrario ya obligaría al teórico de turno a explicar por qué no hablamos para ser entendidos -y, en última instancia, tratar de persuadirnos-, lo que supondría caer en dicha contradicción. No cabría manipular al otro o mentirle si, de entrada, no nos supusiera sinceridad. Ni siquiera aprenderíamos a mentir o a trazar estrategias sin previamente habernos insertado (habernos socializado) en unos juegos de lenguaje más primarios y honestos. Así nace el individuo y sus múltiples formas de dirigirse al mundo y a los demás. Dicha razón es deudora de (o configurada por) tantos descubrimientos neurobiológicos y psicológico-sociales como se quieran. Simplemente es un punto de partida alternativo -creo que más sólido y fundamentado, integral- al de la racionalidad clásica, al del homo economicus, al que luego hay que ir pelando de todos sus sesgos…

Reciprocamos desde un llevar la mirada donde otro está mirando antes de saber qué mira, o incluso desde un bebé que aprende a no tiranizar a la madre porque no es su apéndice pero la necesita; reciprocamos como dos conciencias que se enfrentan y se reconocen; como dos sujetos (“tú” y “yo”) que intercambian pretensiones mediante diálogos; reciprocamos tanto para admirar como para envidiar, para compadecer o para odiar, para sufrir con resentimiento la falta de reconocimiento o para reconocer al otro, para aplicar una justicia retributiva o una redistributiva. Reciprocan los primates. Oxitocina, neuronas espejo, teoría de la mente… Todo es bueno para entender cómo y por qué nacemos envueltos en redes de reciprocidad (eso es la socialización), de comunicación, de amor y de odio, etc. Pero básicamente de confianza, sin la cual ni pondríamos en pie una personalidad funcional ni constituiríamos una comunidad política que sepa acogernos, edificarnos, y que pueda a su vez perdurar, reproducirse. La confianza es la base. Sin ella no cabe ni estrategia… no cabe ni engañar, decíamos. ¿A quién va a engañar un mentiroso compulsivo, un loco, un perpetuo traidor, un narcisista patológico o alguien que todo lo mercantiliza?

Nada de esto nos convierte en ingenuos, al contrario. Resulta que esa razón integradora no se empeña en acciones (sociales) desinteresadas (no hay tal cosa), ni opera en un vacío de relaciones. Es más, a veces incluso opera en lógicas férreas (como algunas en la que descansa toda la arquitectura realista). Allá tú si pretendes coordinarte con otro acelerando en rojo. En general, frente al Derecho -que regula tanto espacio en nuestro quehacer diario- tendemos a operar binariamente, desechando lo prohibido por miedo a la sanción. ¿Siempre? No, podemos añadir otro cálculo: el beneficio de incumplir sin que nos pillen. E incluso podemos restarle cálculo jurídico: me da igual que me pillen, o lo robo o mi hijo pasa hambre. Podemos desobedecer leyes por convicción, tanto para buenas causas como para las malas (disquisición difícil de dirimir sin un punto de vista omnisciente, una vez nos hemos alejado del derecho que determina lo legal y lo ilegal, aunque no conviene cejar en el empeño por justificarse… igual nos eximen de responsabilidad o incluso cambiamos la ley). Por tanto, existe un continuum entre los distintos usos de la razón. La misma razón que filtra las hipótesis más rocambolescas a partir del método científico y la revisión por pares que pone a prueba la falsabilidad. La misma que asume que a veces es arriesgado responder cuando el jefe da una orden y nos pregunta al final “¡¿me entiende?!”. La misma que participa de un juego que le repugna al adquirir en un mercado cautivo valores que sabe rentables y desentendiéndose de más consecuencias sociales. La misma que puede aplicar una lógica política (maximización del poder) en las relaciones internacionales: «Putin quiere aguas calientes y busca determinados puertos ucranianos».

Podemos explicar así la guerra y quedarnos tan anchos. Podemos leer la Carta de la ONU y creer que jamás se iniciará la guerra porque se preserva etéreamente el derecho a la integridad territorial de los Estados. Podemos creer que Putin se echará atrás por las sanciones impuestas por Occidente. Podemos creer muchas cosas y fallar a cada paso. Por eso en política no debería dejar de primar la prudencia, esto es, el sentido común y la recalibración sistemáticas de expectativas de acción en función a tantas variables como se pueda. Y me temo que esto está reñido con las rigideces del manual, por más útiles que estos sean.

Por lo demás, una situación ideal de diálogo no se va a producir jamás en ningún sitio. Más le vale a cada cual distinguir las diferentes esferas de acción, asumir las reglas y determinaciones que las rigen y arriesgar en cada caso lo prudente; pero, también, más nos vale a todos que haya gente con coraje capaz de reducir con sus acciones las brechas más graves que se abran entre su (nuestro) sentido de justicia y las ‘lógicas’ que nosotros mismos hemos creado, a veces regulado, y que parecen imponérsenos fatalmente. A veces nuestro destino no lo rigen los dioses.

Muchas veces salir a campo abierto, a pecho descubierto, a rebatir las tesis ajenas es la forma más eficaz de sacar a la luz las contradicciones y las deshonestas intenciones (no amparadas por razones) del interlocutor… Y para ello valen todo tipo de razones. No sólo las morales, valen todas, incluidas las internas al sistema, las históricas, las políticas, las económicas, las neurobiológicas. Hay espacios donde se puede arrinconar al otro y hacerle sentir vergüenza. Y eso, al margen de su poder para hacer luego lo que le plazca. Probablemente será un poder más menguado si el agente se descubre como hipócrita ante sí mismo y ante una audiencia.

(Un inciso a cuenta. Al final de la premonitoria película Múnich, en vísperas de una guerra, sobre Chamberlain, recuerdo una revisión a la imagen dominante de aquel episodio, cuando el político se defiende afirmando que la contemporización ante la invasión de Hitler no sólo era la única vía posible para ganar tiempo frente a quien ya se sabía que era un monstruo con determinación expansionista, sino que iba a servir para mostrar al mundo que esa bestia incumple su palabra y viola el Derecho sin excusa alguna. Conviene tenerlo presente siempre: antes de humillar a todos los rusos y de cerrar todas las puertas -las razonables y las irrazonables- hay que saber desnudar al tirano, no sólo frente al mundo -no sé si queda alguien por verle las vergüenzas, pero está bien que nadie se acomode- sino también frente a los suyos, que a diferencia de los años 30 disponen de redes sociales y accesos VPN a comunicaciones extranjeras que neutralizan algo la propaganda. Es importante, además de lo que se está haciendo, mostrar siempre que estamos dispuestos a conceder los mínimos razonables que puedan concederse, la gatera para que vuelva defendiendo su brutal y estúpida derrota como una victoria. Así, mientras siga mordiéndonos la mano, a nadie le quedarán dudas de quién es el animal).

Por supuesto, hay costes supererogatorios difícilmente exigibles. Que Marina Ovsyannikova se juegue con su protesta 15 años de prisión, que haya 15.000 rusos en la cárcel por protestar contra un régimen que ellos saben que no pueden tumbar sin el ejército, que Zelensky y los ucranianos se hayan bajado al barro, que tantos europeos prefieran la inflación galopante a la claudicación ante las infamias de Putin, incluso que Alemania haya abandonado sus intereses en el NordStream 2, ya construido, para hablar con una sola voz junto con los miembros del este y ponerse del lado de Ucrania, asumiendo los costes, son muestras de que los cálculos realistas, los más mecanicistas, fallan, del mismo modo que los sesgos desmontan al homo economicus. No se trata de que el modelo sea absolutamente desechable sino de que su racionalización no marida bien con los factores fundamentales de la política, como la legitimación del poder, a su vez condicionada por la opinión pública, deudora de nuestras voces y nuestras interacciones, atravesadas por desiguales poderes y altavoces. No es mucho, pero estas cosas cambian los tableros. Sin embargo, todas desaparecen tras la falacia de composición que comete el realismo, como el nacionalismo, al dotar de atributos humanos al agente de sus análisis, a los Estados cuando no a los imperios.

Y hay más. China, por más que colonice a su manera (comprando tierras en países africanos o latinoamericanos), se declara defensora de la integridad territorial, lo que la retiene frente a la guerra en Ucrania por fidelidad a su autocomprensión no-intervencionista, que en buena medida sirve para legitimar su poder sobre los suyos y sobre quienes están bajo su esfera de influencia. Esto no implica que no pueda acabar entrando en la guerra porque los intereses tiran siempre mucho. Pero es un primer freno ético.

Y todavía más, como ya hemos ido apuntando: el propio Putin puede haberse metido en una guerra por un nacionalismo ajeno a los intereses sistémicos (maximización del poder y del dinero) más racionalizables (tasables). Como poco es claro que se ha ofuscado, con sesgo de confirmación y ardor emocional, acerca de su capacidad de victoria. Hoy podría ser mucho más fuerte su orgullo por no volverse sin una victoria vendible que el cálculo racional.

Así, en todas partes hay umbrales, como los casos citados, que amenazan con quebrar las lógicas realistas. Y, por supuesto, hay muchas más lógicas realistas que acabarán quebrando (¿hasta cierto umbral o a partir de él?) las lógicas éticas, que son esas que subyacen generalmente en nuestras comunicaciones e interacciones cotidianas, donde nos exponemos frente a los demás con la sincera intención de justificar nuestras ideas, acciones y aspiraciones, tanto para coordinarnos/entendernos con los demás como para estar en paz con nosotros mismos. ¿Cuántas Ovsyannikovas más encontrarán el coraje necesario para romper la (arbitraria) lógica jurídica después de ver el castigo que le depara a la original? Pues en cada caso dependerá de su desesperación (su situación personal en relación a la situación de su país), de su libertad (tener o no familiares a cargo), de su convicción (conciencia moral), de su esperanza (¿es un régimen que podría descomponerse como en tiempos de la URSS?) y de su miedo (a ser la próxima para nada) o incluso de su edad y desarrollo de su corteza prefrontal. Y todo ello arrastra o puede arrastrar además la acción colectiva, la política.

Lo que está en juego es la moral, la acción razonable (y no sólo racional) que podríamos estar sacrificando en el altar de un modelo miope y, sobre todo, ciego. Ciego en cuanto a que parte del statu quo y aspira a consagrarlo, nada más conservador. No habríamos avanzado un palmo desde los albores de la Historia con ese oráculo.

Por ir concluyendo

Si dependemos ahora del gas de Argelia también nos tendrá cogidos de los cataplines un país no democrático, nos dirán todavía los realistas. Y eso sin hablar de nuestra reciente aproximación a Venezuela o Irán, hasta ahora socios rusos y poco democráticos, para suplir la oferta de gas y petróleo rusos. No sé si vamos de Guatemala a Guatepeor, pero mucha consistencia ciertamente no tiene. Además, Argelia se lleva a matar con Marruecos (entre otras razones por el Sáhara, país que nosotros abandonamos sin asumir nuestra responsabilidad, sometidos a intereses militares y económicos estadounidenses y, en buena medida, también a nuestros propios intereses: Marruecos es a quien externalizas tu problema con la inmigración subsahariana (y magrebí) sin que tengas que ver cómo se empeña en la asquerosa y nada liberal tarea ni sufrir el escándalo y los desgarros en tu opinión pública, tan democrática) lo que introduce un factor desestabilizador en nuestras alianzas a medio y largo plazo. Entramos en una dinámica lamentable. Y la vida es muy dura y nosotros muy ingenuos. Además, si finalmente entra China a ayudar a Rusia quizá debamos llegar a la conclusión de que lo mejor será irnos y dejar a Ucrania sola, destrozada y aniquilada, asumiendo que todo remedio sería ya peor que la enfermedad que Rusia ha inoculado en el orden internacional. Y quedaremos como los que la armamos para acabar muriendo en la orilla, con más muertes y para nada. Observen cómo se va iluminando la mirada del chamán.

¿Pero saben qué pasa? Que el cinismo de quien sostiene esta postura le impide ver que Rusia está bombardeando a un país que no quiere estar bajo la férula de una dictadura y que lo hace en nuestra frontera y que un tercio de nuestros conciudadanos europeos saben qué es esa dictadura, temen su avance y se compadecen de sus vecinos ucranianos, demostrándolo con la acogida en sus casas y soportando los costes económicos y sociales de la ayuda y las sanciones, que ya están siendo repercutidas (de hecho cabe sospechar que hoy la UE estaría rota si no hubiéramos acompañado al unísono la voz del Este europeo, que pedía ayuda a Ucrania pese a intereses contrarios tan claros como los alemanes: esa es nuestra realpolitik); que se ha hecho lo que se ha creído conveniente y que sus recetas, frente a las nuestras, no pasan de un encogimiento de hombres y esa sonrisa tan… sí, cínica. No se trata de cómo acaba esta historia (al menos, no sólo) sino de cómo la pensamos y cómo la transitamos.

Al fin y al cabo, el final nunca está escrito. Nadie sabe hoy, por ejemplo, cuándo podrían descabalgar a Putin. Ni si las sanciones impuestas podrán torcerle el brazo y acabará asumiendo una derrota que poder vender hacia dentro. Ojalá sea así.

Del 85 todavía, pero todo se andará. Valenciano de residencia y nacimiento. De cabezón, navarrico; y de vacaciones. Iba a decir que algo también de sangre, pero entonces no podría esquivar el merecido guantazo. Estado civil: catalán. Y de salud, alérgico al nacionalismo. Licencia para leguleyear y, según un papel, también para politologuear… De vocación, cosmopolita. Si me dejan. Y, de Filosofía práctica, doctor en las cosas del bueno de Jürgen Habermas.   Sería un placer y todo un reto sacar provecho a estas páginas para vomitar a cuentagotas, si es que eso se puede, algunas reflexiones morales o políticas. Esas que, sentado en la esquina de la mesa de la esquina de la habitación de un edificio que hace esquina, le golpean a uno al abrir el ordenador, ojear la prensa y el Facebú (donde encuentra siempre a don Tomás y a la parroquia del padre Félix) y descubrir que el mundo sigue igual de mal que de costumbre, cuando no peor. Lo de todas las mañanas, pero compartiendo el café con leche.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí