Recesión de tetas

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Interviú con PhotoShop y después se hacía la tournée de programas de televisión hablando de sus tetas, de su cirujano, de los novios a los que se trajinó en una discoteca y de su sueño de ser actriz. Un par de semanas de fama catódica. Unos cuantos cheques. Y a por otras tetas para repetir seis meses después.

 

Para mí esta es la peor parte de la crisis. La consecuencia más nefasta. Antes iba una cualquiera, enseñaba las tetas en Interviú con PhotoShop y después se hacía la tournée de programas de televisión hablando de sus tetas, de su cirujano, de los novios a los que se trajinó en una discoteca y de su sueño de ser actriz. Un par de semanas de fama catódica. Unos cuantos cheques. Y a por otras tetas para repetir seis meses después. Ahora las televisiones no tienen dinero. Ni Interviú tetas que merezcan ser televisadas. Así que andan los programadores buscando un sucedáneo que al espectador le dé el pego y que apenas diferencie. Y lo han encontrado con los políticos. Los políticos no enseñan las tetas, ni ganas. Pero en su lugar hacen algo mucho más obsceno, que es escribir libros de memorias en los que recuerdan cómo pueden y cómo quieren su pasado glorioso, porque siempre es glorioso, que no va uno a escribir sus memorias para ponerse a parir o contar la verdad.

 

Después las presentan, en público, con más o menos fanfarria y más o menos ministros, que son como la fanfarria pero en plan gris y sin la fanfarria. Y lo rematan haciéndose los bolos de las televisiones, donde el espectador los ve con el mismo asombro que antes miraban a Yola Berrocal o a Sonia Monroy, preguntándose de dónde se habrían escapado y por qué andarían ahora algunos resucitándolas cuando ya estaban bien muertecitas en la memoria colectiva.

 

Bono presumió de que cobró 800.000 euros por las suyas. Un dinero que le vino para el pelo. Tal cual. Aznar va ya por su segundo libro. Lo ha titulado El compromiso del poder. Y debe ser muy acertado, porque por el compromiso del poder, al parecer, no pudo ir a darle las palmas ninguno de los ministros de Mariano. Ellos se ofenden con esas cosas. Se lanzan mensajes en las radios, a las ocho de la mañana, para que después reverberen durante todo el día, y así están entretenidos. Que lo de trabajar, para qué vamos a engañarnos, es un coñazo. Para eso están los pobres.

 

Pero quienes más me gustan a mí son Zapatero y su exministro Solbes. El primero también está de promoción, con un libro que se llama El dilema, y que también le queda que ni pintado. Un dilema habrá sido salir de casa, atreverse a dar la cara y encima poner cejitas cuando nos cuenta que desde Fráncfort, que es donde se imprimen los billetes, quisieron echarle el lazo pero que él aguantó como Will Keane. Lo dice sonriendo. Satisfecho de sí mismo. Y tras haberse acostumbrado a repetir frente al espejo eso de que se cometieron errores, de que se hizo todo lo posible y de que lo siente en el alma.

 

Pero no sabía él, o sí, que al mismo tiempo iba a andar Pedro yendo a por el lobo con su libro de Recuerdos. Que está bien que lo escriba, y es un chiste fácil, porque si hubiese sido una lectura nadie lo hubiera entendido. Pero que para saber qué dice hay que leerlo. Y a mí, qué quieren que les diga, a estas alturas lo que diga el pasado me importa un carajo para el presente. Pero por accidente, porque una ya coge el mando de la tele y los periódicos con el miedo metido en el cuerpo, como los virus de otoño, he visto la lucha dialéctica, por llamarla de alguna manera, entre los dos. Y yo, que frecuento poco la televisión, porque mientras queden bares abiertos no me pillará la muerte en pijama con el Sálvame encendido, me he asustado. Mucho. Sí, sí, mucho. A otros les habrá parecido más de lo mismo, como cuando antes salían por 3.000 euros en el prime time dos fulanas, perdón, exmodelos y exconcursantes aspirantes a actrices, casi siempre, increpándose por ver quién tenía las mejores tetas del Interviú y quién había robado el último novio a la otra. Decía Oscar Wilde, y no es que haya leído a Oscar Wilde, sino que tengo un libro de citas junto al ordenador, que solo publican memorias aquellas personas que ya han perdido completamente la memoria. Y en esas ando yo ahora, intentando perder la mía para olvidar todo esto que he tenido que ver, a mi pesar, mientras rezo para que salgamos ya de la recesión, se concedan créditos, suba el consumo, ganen dinero las marcas, inviertan dinero en publicidad y las televisiones vuelvan a tener pasta para pagarle a Yola dos tetas nuevas.

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Jasmín Donoso, como toda señorita que se precie, no confiesa la edad ni besa en la primera cita. Nació en Madrid, cuando la ciudad era aún en blanco y gris. Y se dedica a escribir, dice, porque los barman ya no le escuchan. A veces luminosa. Con vistas a un futuro incierto. Por reformar.