Recordando al poeta Arcadio Pardo

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El poeta Arcadio Pardo en su casa de Chaville. Enero de 2017. Foto: Rosario Quevedo
El pasado día 6, Día de la Constitución, hizo un mes que falleció el poeta Arcadio Pardo. Alcancé el triste honor, en una suculenta jornada del Festival de Poesía para Náufragos celebrado en Cuenca, de participar, con él, en el último acto literario de su vida. Tracé algunas características esenciales de su obra, resumiendo el amplio artículo ensayístico sobre su incesante y singular singladura que publiqué en 2020 en la revista madrileña Odisea Cultural, tomando sabrosas citas de una entrevista que le hice, al conocerle personalmente, para la revista jerezana Campo de Agramante. El presente texto amplía la necrológica que publiqué en ABC de Castilla-La Mancha tres días después de su muerte, recogiendo una síntesis de mi intervención en el mencionado festival poético y añadiendo dos significativos poemas de Arcadio Pardo.

 

Cuenca, viernes, 29 de octubre de 2021. Salón de actos del prestigioso Centro Cultural Aguirre. La poeta Ana Ares abría la novena edición del Festival de Poesía para Náufragos (resurgiendo triunfante después de la pandemia) con la presentación de su último libro, City, que revela un amor, dulce y a la vez ácido, por la urbe madrileña a la que la creadora valenciana se ha entregado tanto. Acto seguido subía yo al estrado para brevemente introducir la poesía de Arcadio Pardo, a lo que vendría de inmediato una lectura de sus poemas efectuada por el propio Arcadio en una grabación de sólo unas semanas antes. Un par de días después le enviamos las imágenes, entre ellas las de los oyentes escuchándole absortos y aplaudiendo, a las que respondió con simpatía: “Parece que el público se mantuvo interesado”. En esa jornada que inauguraba el festival, Arcadio Pardo estaba ingresado (y era la primera vez que, a sus 93 años, ingresaba en un sanatorio) en el hospital de Versailles, por, según me informaba él mismo en un whatsapp, “un problema pulmonar que espero no tarden demasiado en resolver”. Versailles, sábado, 6 de noviembre de 2021. En ese hospital de esa villa principesca el poeta Arcadio Pardo, sin haber padecido, casi jovialmente, fallece. Como me transmite una amiga, íntima suya: “Estuvo lúcido hasta el final y no conoció las penalidades de la vejez.” Rafa Escobar, organizador del Festival de Poesía para Náufragos, me decía, desolado, tras conocer la noticia de su fallecimiento: “Qué tristeza. No deseaba esta desdichada postdata para una edición de Náufragos que había resultado tan feliz.”

Mi intervención se iniciaba trazando la figura llamativa de un poeta tan pródigo y tan innovador, comenzando a indicar al ávido auditorio que estábamos ante un poeta muy entusiasta, arribando exultante a la provecta edad de 93 años, que conducía su Citroën y continuaba, indómito, en la labor de articular poemas. Según él, su pasión por vivir no decaía en ningún momento, alcanzando esos años considerables, y lo cito textualmente, “en pleno gozo de la vida y sintiendo la majestad de la existencia” En mi disertación informé que Arcadio Pardo nació en el País Vasco, en Beasáin, Guipúzcoa, en 1928, aunque realmente él era de Valladolid, de padres castellanos, castellanos viejos, el padre burgalés y la madre vallisoletana. Trasladada la familia en 1935 a la que es hoy capital de la región castellano-leonesa, estudió en el Instituto Zorrilla de Valladolid, terminando el bachillerato en 1946. En 1951 se licenció en Historia, obteniendo al graduarse Premio Extraordinario. A partir de entonces desarrolló su carrera docente en Francia, toda su carrera docente, excepto un curso que ejerció, como catedrático de francés, en la Escuela de Comercio de Orense. Sus destinos transcurrieron en el liceo Corneille de Rouen y en las universidades de Aix-en-Provence, La Sorbona y Nanterre. Fue fundador, además, en unión de Manuel Sito Alba y el padre Bardón, del Liceo Español de París.

Arcadio Pardo participó en notables movimientos de la poesía española. Con Luis López Anglada y Manuel Alonso Alcalde fundó en 1946 la revista de poesía Halcón, muy prestigiosa en su momento, de la que la Fundación Jorge Guillén editó una muy cuidadosa edición facsímil en 2003. Es curioso saber que el director de la revista Halcón –se exigía que la publicación la dirigiese un periodista- fue un aún desconocido Miguel Delibes, que ni siquiera llegó a colaborar en ella. Arcadio Pardo podría haber estado adscrito, por edad, a la Generación de los 50, o Grupo o Promoción de los años 50, como queramos llamarlo. Pero esta hipótesis resulta ciertamente improbable, primero por circunstancias de residencia, tantos años en Francia, y además por la muy independiente posición estética del poeta. En 1998 ingresó en la Academia Castellano-Leonesa de la Poesía. Sobre su obra poética, la doctora María Eugenia Matía Amor elaboró una minuciosa y profunda tesis, publicada por la Universidad de Valladolid. Es su gran estudiosa.

Arcadio Pardo estuvo casado con la hispanista Madeleine Dubrasquet. Ambos fueron autores del libro Précis de métrique espagnole (Prontuario de métrica española), ya con varias ediciones en el mercado. Su esposa falleció en 2017. Llevaban los dos residiendo muchos años en una preciosa villa, estilo canadiense (desde el amplio jardín se columbraba un trozo de la Tour Eiffel), situada en la Rue Émile Zola de Chaville, población residencial contigua a París, en una ruta que se inicia en Sèvres, famosa por su cerámica, y que finaliza en Versailles, donde el autor, como hemos dicho, ha fallecido. Sus restos descansan en el recoleto cementerio de Chaville (una ciudad situada en una linda zona boscosa), dentro de una tumba de dos plazas, una de ellas ya ocupada por su mujer. También recorrí en esa sesión del Festival de Poesía para Náufragos sucintamente su poesía, que se había ido publicando desde 1946 hasta ahora, sin prisa pero sin pausa.

Con 18 años empezó a publicar libros. Ingeniosamente me comentaba: “El cineasta Claude Lelouch, en una entrevista, decía que él era un artista precoz que había empezado tarde. Yo de mí diría lo contrario: Soy un tardío que ha empezado precozmente.” Él mismo señalaba que su primer libro con cierta calidad es Soberanía carnal, aparecido en 1961, en el que destaca, como señala María Eugenía Matía, una notable reverberación acústica y un marcado vigor lingüístico. Aunque él no se resistió a seguir las pautas por las que iba transcurriendo la poesía española, llamemos de posguerra: rehumanización, neorromanticismo, poesía arraigada / poesía desarraigada (oportuna clasificación de Dámaso Alonso), poesía amorosa, poesía paisajística, poesía social, poesía intimista, etc., Arcadio Pardo siempre fue un poeta muy innovador. En su libro de 1977 En cuanto a desconciertos y zozobras, la poesía religiosa había realmente dejado de ser en el panorama general español. Pero Arcadio retoma el tema en su poema “Dejados de tu mano”, una conversación con Dios realizada en un tono muy exigente y protestatario. En él, sólo se da un uso de las mayúsculas en los nombres: Dios, Padre, pero no en los pronombres; detalle conversacional para evitar la convención de la plegaria, de la plegaria escrita. Que no parezca una oración.

Ciertos libros cierran etapas de su poética. Con En cuanto a desconciertos y zozobras concluye una fase cargada, según su mayor estudiosa, de reflexión religiosa y metapoética, explayada en un tono discursivo intimista y de ritmo atenuado. Con Poemas del centro y de la superficie, publicado en 1991, se cierra otra etapa de su poesía que la crítica define como de madurez, caracterizada por una ampliación argumental y gran originalidad en las impresiones. Aquí se destaca una reflexión honda sobre su amor a la distante España y una interrogación sobre la escritura poética. En esta coyuntura, Arcadio Pardo se abre a la experimentación lingüística que va a caracterizar su recorrido poético posterior. Los vocablos utilizados transforman su uso convencional, mudando la función de las categorías gramaticales, centrándose en las partículas pronominales; y hay un empleo predominante del artículo neutro. Ya sus últimos libros nos presentan un panteísmo sentimental y grandes hálitos metapoéticos: “Tiene sus horas la escritura. / Puede que prenda en la mañana, / o caída la tarde. No obedece / a norma alguna que te atrevas a seguir.” Este último trecho manifiesta asimismo una tendencia a abandonar la canónica escansión del ritmo del verso, optando por el versículo, realizando así una división estrófica orientada a un amplio aliento respiratorio.

A estas alturas, dictamina el crítico César Augusto Ayuso: “La sabiduría de la edad, con todo su bagaje de experiencias, lecturas, andanzas, reflexiones y recuerdos, origina, conforma y recubre sus versos como un legado o testimonio vital.” Resumiendo: Podemos afirmar, con contundencia, que el pensamiento poético de Arcadio Pardo, que se establece como unitario, está marcado, sobre todo en su último tiempo, por el atrayente efecto fonético y una sorpresiva sintaxis de eficiente agramaticalidad.

El poeta instruyendo al autor de este artículo en el uso del móvil. Bosque de Meudon, Chaville
Dos poemas de Arcadio Pardo

Ahora sí que nos tienes
dejados de tu mano,
estamos fuera del redil que es tuyo,
vamos sin pastos y sin sal, tenemos
ya tanta oscuridad que nunca damos
con el sendero que tú sigues,
palpando las paredes malheridos,
de verdad malheridos y tocados
por las sombras sin término,
fuera de tus fronteras,
al otro lado de tus montes,
en la jaula feroz del desconcierto,
en la zozobra de los días negros,
esperando un abril que no se anuncia,
esperando las hierbas que no brotan,
que las aguas se alejen de esta orilla,
que se alce el pecho de esta tierra,
dejados de tu mano en este invierno
en que tu soplo es apetencia,
oteando por los montes tu regreso
hasta nuestras paredes arruinadas,
hasta nuestra humildad que se derriba,
casi gritando contra ti Dios mío,
en rebelión ya casi en el desierto,
ya casi con las piedras en las manos,
ya casi ahogados en tu mano, Padre,
en tu terrible mano poderosa.

(“Dejados de tu mano”. De su libro En cuanto a desconciertos y zozobras, 1977)



Me intrigan los ancianos de mi edad; detecto en ellos una desazón
de ni vivos estar ni ni de muertos;
pasantes que no pasan, transeúntes sin tránsito, ocupan
los bancos, arrímanse a la sombra, o a la hoguera si frío.
Andan como buscando quien escuche,
y les arde el silencio en la garganta. 

Los compasiono. Gimiente senectud la suya.
Son como caídos de otros sitios,
no se reconocen en nos.
Segadores que vienen a segar, ajustados por amo,
y siegan y se van.
Algunos merodean como si extraviados, han perdido
su senda, y la norma, no saben regresarse y navegan
las esquinas, el aire, las afueras por si vienen y los buscan,
los recuperen y los regresen a sus sitios.
Van a hurtadillas por las arboledas.
Son como desprendidos de una sede lejana.

Los suelo codear junto a los puestos de naranjas,
y allí donde se elevan los rezos, y allí donde se unen los gentíos,
y allí donde no hay nadie y sólo es solo.
Bajo el pórtico de la parroquia,
en la justa frontera de las nevadas, ajenos,
mirando el firmamento, o el suelo, o no mirando nada.

Uno los imagina descarriados. Pero lo suyo es esperar,
estar atentos, simular vagabundeo y esperar los vengan
a recoger.
Y los devuelvan a su origen al otro lado
de antes del tiempo de antes.

Ancianos de mi edad, contemporáneos míos de los sitios;
ellos me cruzan y no me conocen,
no los conozco ni los reconozco. Somos como de castas
iniguales, como si de camadas repelidas,
otros y ajenos y distantes como de especies
incompatibles.
Así me ven probable como extraño también,
como bicho venido de otra estirpe,
usurpador quizás del territorio
que creen suyo y que no es suyo.

(De su libro Lo fando, lo nefando, lo senecto, 2013)

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