Recordando el olvido

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Apenas somos nada sin memoria y lo digo yo, que soy bastante desmemoriado. Guardo en la cabeza, eso sí, un amplísimo repertorio de imágenes y cierta facilidad para evocar algunas incidencias del pasado, aunque me sería imposible determinar el grado de certeza o de verdad que tienen esos recuerdos míos. 

 

Apenas somos nada sin memoria y lo digo yo, que soy bastante desmemoriado. Guardo en la cabeza, eso sí, un amplísimo repertorio de imágenes y cierta facilidad para evocar algunas incidencias del pasado, aunque me sería imposible determinar el grado de certeza o de verdad que tienen esos recuerdos míos. El recuerdo, en todo caso, es siempre una mixtificación. Esta mañana, nada más despertarme, me he acordado repentinamente de un amigo de la familia: un solterón muy acicalado y algo redicho que de vez en cuando aparecía por casa y se pasaba de cháchara con mis padres hasta las tantas de la noche. Venía a casa, según creo, con el pretexto de enseñar inglés a mi padre –y no sé si a mi madre también-, y luego aprovechaba para quedarse a cenar, cosa que no solía ser del agrado de nadie. Un buen día dejó de venir y años después, ya en mi adolescencia, volvimos a verlo por última vez, en una visita que nos hizo una tarde, probablemente coincidiendo con las fiestas de Navidad. Acababa de regresar de Venezuela. Mi madre le sirvió café y unos bollitos mientras él hablaba sin parar. Era muy charlatán, aunque ameno. En aquella velada supongo que hablaría de su viaje y de otras cosas, aunque yo solo recuerdo lo que dijo muy al final, cuando ya se marchaba y lo acompañábamos por el pasillo. Sacó a relucir su afición musical y comentó que él por las noches escuchaba música de piano, especialmente los Nocturnos y los Preludios de Chopin, pues Chopin, según vino a decir, le ponía en un estado de beatífica postración equivalente a la experiencia que debían sentir los místicos al unirse con Dios. Mi madre debió recordarle entonces su condición de ateo. Él se paró en seco delante de la puerta, nos miró con mirada de honda trascendencia y, antes del adiós definitivo, dejó esta perla para la posteridad: “Soy ateo y, por consiguiente, no creo en ningún más allá, pero me resisto a pensar que Cástor Patiño vaya a desaparecer algún día”.

 

Cástor Patiño habrá desaparecido hace ya tiempo. Era de la edad de mis tíos mayores, así que rondaría ahora, caso de vivir, por los 96 ó los 97 años. Por curiosidad me he puesto a buscar en la red alguna noticia de su persona y me ha aparecido de sopetón un concejal venezolano de su mismo nombre muerto en accidente de aviación en 2010. Ninguna relación debe tener con él, pues el nuestro era solterón y que se sepa no había dejado descendencia. Sigo indagando y al poco se me ocurre combinar el nombre de «Cástor Patiño» con el de mi tío «Santiago Estecha», gran amigo suyo, en el buscador de Google. Ah, la magia del internet. Me encuentro con dos documentos en PDF pertenecientes a un periódico: Luz. Diario de la República.

 

 

 

El primer ejemplar es del 1 de noviembre de 1933, el otro del 30 de enero de 1934. Descargo los dos documentos y empiezo a espigar. De inmediato, entre las apretadas noticias, descubro una escueta nota en la cual se anuncia el nombramiento de la junta directiva de la Asociación Profesional de Estudiantes de Idiomas (FUE). Mi tío aparece de vicepresidente y de secretario Cástor Patiño Dueñas. La otra suelta, publicada meses después, tiene a mi tío ya de presidente y a Patiño entre los vocales. Me emociona pensar que los dos tuvieran este mismo periódico entre las manos, leyeran esas noticias, vivieran (y de qué manera) aquella época. Hojeo el primer número. En noviembre del 33 la España republicana estaba en plena campaña electoral. Se debate el voto femenino. Hay un dibujo de Bagaría. Uno pregunta qué pasaría si todas las mujeres con derecho a votar se pusieran de acuerdo y el otro contesta que “quitarnos el voto a los hombres”. Más arriba Lerroux, el jefe del gobierno, concede una entrevista. “La República –dice- está abierta para todos los españoles sometidos a la ley”. En otra página aparece una colaboración de Gómez de la Serna titulada ‘Estelas y Epitafios’. Ramón empieza diciendo que la razón de que haya dos fiestas tan juntas, el día de todos los Santos y el día de Difuntos, es porque “no pueden caber todos los finados en un solo día”. Luego desgrana más greguerías o, más bien, epitafios. Uno es del poeta inglés Keats: “aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito sobre el agua”. Otro, mucho más ramplón, resulta extrañamente similar a la famosa reflexión de Cástor Patiño:

 

La deuda que al nacer

Contrajeron los mortales

Pagó dejando de ser

Pedro Alcántara Corrales

 

En la página internacional se da cuenta, entre otras cosas, del proceso del Reichstag, además de un homenaje a Blasco Ibáñez en París y el beneplácito de Henry Ford para que sus obreros trabajen menos y ganen más “de conformidad con lo establecido en el Código de la N.R.A”. Poco más abajo se comenta el programa económico de Roosevelt. Al parecer, según el periódico francés Le Temps, “la política seguida por los EEUU ha hecho más en contra del orden capitalista en el mundo que todas las tentativas francamente revolucionarias…”. En una esquina se anuncia a todo trapo la novela de Erich María Remarque Sin novedad en el frente, acompañada de una lista de libros, entre los cuales están Cómo maté a Rasputín, El hombre invisible de Wells y la Sonata de primavera. Cada ejemplar cuesta 30 céntimos. Me voy al otro periódico, el de enero del 34. Las derechas ganaron las elecciones. Bagaría trae esta vez una viñeta algo críptica. Besteiro le dice a Largo Caballero (imagino que es Largo Caballero por el dibujo y por la garrota): “ahora te toca a ti”. Bergamín reseña La voz a ti debida de Salinas. ¿Se imaginan hoy una reseña de casi media página en El País dedicada a un libro de poemas? Celia Gámez causa sensación con la opereta El baile de Savoy. “Graciosa y desenvuelta en el diálogo, bailarina de elegante y moderna escuela y, para colmo, cantante…”. Todo tan cercano y tan lejano a la vez. Mis abuelos iban a verla. Escucho en Spotify Pichi, Los nardos y otros cuplés, otras cupletistas de la época… Me siento nostálgico y me paso el resto del día escuchando música de varietés mientras leo las Conversaciones con Buñuel de Max Aub, libro fragmentario donde se transcriben cientos de conversaciones que el autor mantuvo tanto con el director como con muchos de los amigos y conocidos del “personaje” Buñuel. Al cerrar el libro siento no haber hecho yo lo mismo con mis tíos y con Cástor Patiño, aquel señor coquetón y bajito que tan difícil veía el hecho de desaparecer. Pulvis eris

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.