Recuerdos de la censura

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Cartel de la película Gilda

 

 

Cuando era pequeño conocí a personas que tenían amigos, y estos amigos tenían amigos que habían visto Gilda en Tánger. Todos coincidían en que Rita Hayworth no solo se quitaba el guante, sino que continuaba su striptease hasta quedar completamente desnuda. A continuación existían diversas versiones de cómo esa desnudez quedaba mostrada en la pantalla. Hubo dos que se impusieron. En la primera, Rita Hayworth era llevada en una especie de copa de cristal de gran tamaño; en la otra, el cristal se sustituía por una cesta gigante donde ella se recostaba entre frutas tropicales y flores multicolores. Nadie explicó a dónde la llevaban.

       Tánger era entonces la llave para ver todo lo que la censura prohibía en España. Un anticipo más costoso que las posteriores excursiones a Perpignan o los viajes relámpago de los gallegos al norte de Portugal. Recuerdo que algunos compañeros de trabajo, aficionados al cine, marchaban a Oporto u otras ciudades portuguesas más cercanas a ver algún ciclo de películas de, por ejemplo, Pier Paolo Pasolini, que en los años ochenta se exhibieron primero en todos los cines de “Arte y Ensayo” de España, y más tarde, imagino que en la época de Pilar Miró, en Televisión Española.

       En aquellos años yo solía ojear el periódico O Século para envidiar al país vecino, que podía acceder a aquellas películas en su año de realización, mientras que aquí tardaban, incluso filmes sin ninguna vinculación política ni sexual como Robin de los Bosques, más de diez años en estrenarse.

       Política y sexo. Sexo y política. Los dos tabúes de la censura. La política retrasó décadas el estreno de Por quién doblan las campanas, e incluso en una película tan popular como Casablanca se escamotearon las referencias a la intervención del personaje de Humphrey Bogart en la guerra civil española, al lado de la República, claro. Por el mismo motivo se suprimió el nombre de Orson Welles como actor y director en los posters de La Damada de Shangai, sustituyéndolo por un nombre inventado en el apartado correspondiente al director. Como actor, simplemente, desapareció.

       Toda insinuación a derrotas españolas fue eliminada de raíz. Así, una película inglesa de 1937, Fire over England, acaparadora de premios, no se exhibió porque trataba de la derrota  de la Armada Invencible, y Felipe II era presentado como el malo de la historia. O en años más recientes, en 1970, Queimada, de Gillo Pontecorvo, protagonizada por Marlon Brandon, tuvo también sus problemas. En el original Queimada era una isla de dominación española… hasta que nuestro gobierno amenazó con boicotear películas americanas, y la posesión pasó a ser portuguesa, un mercado mucho menor.

       Cuando se estrenó Más allá de las Lágrimas (1955), cuajado de estrellas de la época, Raymond Massey, el Felipe II de Five over England, figuraba en el sexto lugar del reparto. Sin embargo, su intervención no llegaba a los dos minutos en la película. Televisión Española le devolvió su metraje en los años ochenta. La censura venía motivada porque a Massey, general americano, un capitán de su ejército se atrevía a llevarle la contraria y no obedecer sus órdenes. Y eso en época de Franco. Se suprimió toda la historia derivada de ese hecho y así el general quedó en buen lugar. (Debieron desaparecer unos quince minutos de película).

       Me viene ahora a la memoria una película que puede servirme de puente entre la política y el sexo. De nuevo Rita Hayworth. La película: Esta noche y todas las noches (1945). Televisión Española, de nuevo, me restituyó dos escenas “cortadas” o casi. La primera fue la supresión de un número de título pecaminoso: Tú me excitas… (Por otra parte, uno de los mejores números musicales de señorita Hayworth). La otra escena a la que me refiero no fue suprimida. 

       Me explico: Llega al teatro un bailarín (Marc Platt, que participó luego en muchos musicales) en busca de trabajo y se ofrece para bailar lo que sea. La directora del teatro enciende la radio. Un vals, por ejemplo, y él lo baila. Cambio de emisora: Un tango, una música de ballet… él lo baila todo. Otro cambio: Un partido de fútbol. La directora va a buscar otra emisora pero él le dice que también lo bailará. Así lo hace, sigue su ritmo y cada vez que gritan “gol, gol” salta con los brazos abiertos en la versión española. Cuando se exhibió en Televisión Española (bendita televisión en muchos casos, como aun se verá), lo que suena en el original no es un partido de fútbol, sino ¡un discurso de Hitler!, y donde se oía “gol, gol” el original nos devolvía “Heil, heil!.

       Sexo. Cada vez que se habla de cambios de censura por motivos de sexo siempre se recurre al mismo tópico: Mogambo. Hasta aquellos que no vivieron la censura han oído comentar que para evitar un adulterio se recurrió a presentar un incesto como resultado de convertir a un matrimonio en hermanos. No sé quien fue el artífice de semejante desaguisado, pero me temo que el mismo que ideó el de La luna es azul, que le quedó tan mal que no se atrevieron a estrenarla. Sí lo hizo muchos años después nuestra televisión, me imagino que como prueba de tiempos pasados. El desatino estaba en que también para evitar el adulterio, al matrimonio formado en la película por David Niven y Dawn Addams se los presentaba como padre e hija, teniendo gran parte de su actuación como escenario la alcoba, con una cama al fondo.

       Eso sí, nos enseñaron a ejercitar la imaginación. Mi amigo Juan me recuerda una escena de Duelo al sol. Gregory Peck entra de noche en la habitación de Jennifer Jones. Corte. Gregory Peck sale por la mañana de la habitación. La imaginación cubre el resto y todo lo que puede imaginarse es poco. La escena real es que Gregory Peck entra en la habitación, la cámara enfoca la ventana. Es de noche. Poco a poco el cielo va aclarándose hasta hacerse de día… y Gregory Peck sale de la habitación.

Cartel de la película For whom the bell tolls

 

 

También el sexo “eliminaba” personajes, como el del manager de Rocco y sus hermanos que se atrevía a acariciar el brazo desnudo de un boxeador (Renato Salvatori) y semejantes atrevimientos no podían permitirse, así que se suprimía la “desviación” de Roger Hanin y parte de su intervención. ¡Ah, pero cuando Salvatori apuñalaba con saña a Annie Girardot, la escena estaba completa!

       En la película Scaramouche, Stewart Granger dejaba a la atractiva y mundana Eleanor Parker para casarse con la refinada Janet Leigh. La señorita Parker se lo tomaba bien, pero quería llevar a cabo una pequeña venganza, así que, cuando el coche de caballos con los recién casados pasa bajo su balcón, ella les lanza un pequeño ramo de flores. Granger lo huele, y en ese mismo instante explota un petardo, dejándole la cara negra. Eleanor Parker hace, sonriente, un reverencia burlona… y FIN.

       Fin en España, porque, y de nuevo Televisión Española nos lo mostró, faltan unos segundos. Después de la reverencia burlona, Eleanor Parker suspira resignada y se vuelve hacia el interior de su habitación, donde la espera un joven Napoleón Bonaparte. Ambos desaparecen de la vista del público y, ahora sí, FIN. Me imagino que el corte lo motivó el recuerdo de nuestra Guerra de la Independencia.             

       ¿Y qué decir de soluciones absurdas?  En la segunda versión de El puente de Waterloo (1940), Vivien Leigh era una bailarina de ballet que durante un bombardeo se enamoraba de un militar perteneciente a una familia aristocrática. Es un amor a primera vista y deciden casarse, pero por una serie de contratiempos la boda no puede celebrarse porque él debe partir al frente. Empieza entonces el drama: a ella la despiden del trabajo, al soldado lo dan por muerto… En fin, la única salida que ella encuentra es la prostitución. Un día que va en busca de clientes a la estación de Waterloo descubre que él está vivo. El romance renace y él la invita a su aristocrática casa. Pero ella siente remordimientos y sabe que no puede llevarse a cabo la boda, por lo que decide sincerarse con la que iba a ser su futura suegra. Hasta ahí, y dado que el tema de la prostitución había desaparecido (faltaban más de diez minutos de metraje), y que la película terminaba con el suicidio de la protagonista, os preguntaréis qué confesó para llegar a ese trágico final. La censura lo arregló de inmediato. Vivien Leigh, entre lágrimas le comenta a Lady Margaret que…  ¡ACTUÓ EN UN MUSICAL DEL GENERO FRÍVOLO!

       Bueno, aquí intentaron arreglarlo de alguna manera, pero en Ana (1951), en una de las escenas clave de la película, Vittorio Gassman exige a Silvana Mangano: “Ana, dame la llave”. Y ella se la da. Los espectadores se preguntaron qué llave era aquella. En Ana utilizaron la tijera sin ninguna sutileza, con lo que suprimieron que Silvana y Vittorio vivían juntos y aquella era la llave de la casa. Y con esa casa se olvidaron de incluir el metraje de lo que en ella se desarrollaba. Eso sí, como compensación dejaron una de las escenas más eróticas del cine de aquellos tiempos, y que hoy en día hace sonrojar por el nulo erotismo que emana del célebre bayón El Negro Zumbón. Cuando en su época la película pasó a cines de sesión continua hubo caballeros que una vez terminada la primera proyección repitieron película hasta ese momento cumbre. Hoy en día la escena resulta de una sosería casi impresentable, lo que me hace pensar que a lo mejor el censor tuvo visión de futuro.

       También se impusieron en España, a mediados de los años sesenta y principios de los setenta, las dobles versiones. Eran películas españolas, encargadas, en la versión para el mercado interior, de mantener nuestra moralidad en los altos valores del régimen, sobre todo en lo referente al sexto mandamiento. Claro que, para conseguir mercado en el extranjero, se filmaban “escenas” adicionales, con sexo y desnudos, fácilmente prescindibles (léase “tijera”)  que estaban vetadas a nuestras mentes biempensantes. Excuso decir la que se armó en Santiago de Compostela en el año 1971 cuando, por error, enviaron para su exhibición la versión para Europa de una película de Analía Gadé titulada Las melancólicas. Mientras no detectaron el fallo, el cine debió romper récords de asistencia. Los compostelanos seguro que recuerdan este hecho. 

       Esta es una pequeña muestra de lo que la censura “visual” o “auditiva” hicieron con cientos de películas. Teníamos tanta experiencia en cortes censores que podíamos advertir los momentos escamoteados. Muchas veces esos cortes eran seguidos por alegres carcajadas de personas que se sabían engañadas, pues hasta tal punto habíamos llegado a conocer a “Madame Censura”. Años después, la realidad nos devolvió escenas cortadas y en la mayor parte de las ocasiones solo una mente enferma podía encontrar indicios pecaminosos.

       Deberían haber sido más sutiles sobre todo con respecto al sexo, como el cine americano. Pocos saben que El Ladrón de Bagdad (1940) comenzó a rodarse en Inglaterra, pero debido a los bombardeos alemanes hubo que terminarla en los Estados Unidos. ¿Dónde fue rodada tal o cual escena? Es muy fácil de averiguar. Los ingleses permitieron escotes femeninos, los americanos no. Otro ejemplo americano es el de las camas. En el dormitorio tenía que haber siempre dos camas, pero, si por casualidad ella (o él) estaba acostada, su pareja podía sentarse en el borde de la cama, siempre y cuando uno de sus pies estuviera tocando el suelo. Así era imposible propasarse.

Cartel de la película Las melancólicas

 

 

       Después de esta salida “americana”, muy divertida por otra parte, se impone hablar de los “códigos” de censura eclesiástica. Así que abandonemos Tánger y otros paraísos para cinéfilos y volvamos la mirada a la España de los años 50 y 60. Desconozco lo que ocurría en las grandes ciudades, con un número casi ilimitado de cines, y tengo que circunscribirme al ambiente que conocí, Vigo, una ciudad de provincias con una docena de salas, cuatro o cinco de estreno, y dentro de eso con diversas categorías, dos o tres de reestrenos y el resto de programa doble -sesión continua-. Entre los de primera categoría sobresalía el Teatro Cine Fraga, un cine, y lo digo sin ningún tipo de exageración, que se encontraba entre los mejores de España (debo añadir que de todos los que conocí por toda la península era el mejor, y no es cuestión de chovinismo). Se abrió al público el día de la Reconquista (el 28 de Marzo, efemérides que aún recuerda nuestra batalla y victoria contra las tropas napoleónicas). La película elegida para la ocasión fue  Botón de ancla (1948), llena de valores patrios y de actores, buenos actores, que hoy en día no estarían en ese reparto por una razón obvia, que entonces era algo común en todas las cinematografías: la edad. Resulta difícil “tragar” como guardiamarinas a Antonio Casal, de 38 años, Jorge Mistral, 28 años, y el más joven, Fernando Fernán Gómez , 27. (Cuatro años después, los mismos actores intervendrían en La trinca del aire, esta vez como aviadores talluditos).

       El motivo para elegir Botón de ancla para la inauguración del Cine Fraga es que parte de la película había sido rodada en Vigo. El Fraga, que como teatro apenas tuvo uso, era donde se estrenaban las grandes películas: Lo que el viento se llevó y todas las de la Metro Goldwyn Mayer, El último cuplé,… las grandes películas y las más populares. Mientras estuvo abierto al público, los sábados y domingos los vigueses no iban al cine, iban al “Fraga”. El Cine Niza era el grande entre los programas dobles. Aun a veces sueño con su vestíbulo lleno de carteles de las películas por venir. Su precio era de 2,50 pesetas desde las cuatro de la tarde a las nueve y media de la noche. A partir de esta hora, y con la seguridad de poder ver las dos películas completas – censura aparte -, su precio bajaba a las 1,25 pesetas. No se trataba de películas de relleno. Recuerdo siempre una “sesión continua” memorable: Rebeca y Gilda.

       Volviendo a la censura. En sus primeros años, en ciudades y capitales de provincia gallegas, se impuso el color para etiquetar las películas. La marca blanca era apta para todos los públicos; azul, para jóvenes; rosa, para mayores y roja… para nadie. Hubo durante algún tiempo otro color que debió de ser el no va más: ¡Negro!  Después, quizá por a que sufrieran de daltonismo, los colores se sustituyeron por números: 1, para todos los públicos; 2, para jóvenes y mayores; 3, para mayores; 3R, para mayores, con reparos; 4, gravemente peligrosa.

       Estas calificaciones se exponían en una especie de tablón de anuncios a la entrada de todas las iglesias. Se trataba de unas hojillas cuadradas en las que figuraban todas las películas que se exhibían en todos los cines de Vigo. Constaban de varios apartados: título, actores, director, un pequeño resumen del argumento, clasificación moral y las razones que habían llevado para adjudicarles aquella calificación. Este era el apartado, junto con el de actores, que más nos interesaba. Naturalmente había algunos cines que no eran demasiado exigentes en comprobar la edad y así se convertían en nuestros preferidos. Naturalmente, los chavales de aquellos años éramos como los de hoy y nos atraía todo lo prohibido. Así solíamos tener unas discusiones no muy indicadas para celebrarlas a la entrada de una iglesia. Mis amigos y yo éramos miembros de una sociedad con una gran biblioteca. Antes de elegir la lectura acudíamos al Índice de libros prohibidos para asesorarnos. Nunca olvidaré El semental. No consulté el Índice, preferí descubrirlo por mi cuenta. El mismo criterio apliqué entonces a las películas.

       Cuando se estrenó Rebeca en el Cinema Radio (no todas las buenas iban al Fraga), el estreno se convirtió en todo un éxito, poniendo de relieve tres cuestiones: Hitchcock como gran director, la prenda de vestir femenina (la rebeca) y la frase que se impuso durante muchos años como baremo de maldad: “Eres más mala que el ama de llaves de Rebeca. Hasta ahí imagino que toda España se comportó de la misma manera, pues eran tres realidades que me atrevo a suponer debieron establecerse en todo el mundo, traducidas a sus diferentes idiomas. Sin embargo, aquí en Vigo se dio una situación que dudo se repitiera en ningún lugar. No sé si se trató de una leyenda urbana o fue algo que la censura quiso imponer: todo aquel que acudiera a ver Rebeca tenía que confesarse, pero la absolución tendría que ir a buscarla  ¡a Santiago de Compostela! No, no es broma, aunque pueda parecerlo. Sin embargo, no llegó a mi conocimiento que nadie fuera a la ciudad del apóstol por ese motivo.

       Los tiempos cambiaron y con ellos disminuyó la rigidez de la censura. Muchas películas con clasificación 4, como Las mil y una noches (1942) -no la de Pasolini sino una de aventuras orientales de María Montez-, o La Dama de la Frontera (1945), se exhibieron en Televisión Española en el espacio Sesión de Tarde.

 


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Autor: Jesús Mahler

1 COMENTARIO

  1. Con mi enhorabuena, y por si

    Con mi enhorabuena, y por si no lo viste en mi blog de hoy domingo :

    Weiß/Colonia, 16.1., recién pasada la medianoche

    Uno de los posts del último número de fronterad que más repercusión ha tenido es el que Jesús Mahler le dedica a la censura cinematográfica en tiempos de Franco. Me llegaron ya varios mails donde me lo comentan, y a todos les contesto lo mismo, que lo dejen dicho en el espacio de comentarios del post, y todos me contestan lo mismo, que el sistema de fronterad para dejar comentarios es bastante complicado. Sea como fuere, y aunque propiamente no se trate de cine, sino de teatro, este post me ha traido el recuerdo de lo que pasó la noche del estreno en Madrid de Lo que no dijo Guillermo [=Shakespeare]. En esa obra, Carlos Llopis –el comediógrafo de éxito en aquel entonces– reescribió la historia de Romeo y Julieta, aunque desde un punto de partida absolutamente contrario: las dos familias, Capuletos y Montescos, son amiguísimas, y los dos jóvenes protagonistas se odian a muerte. Lógicamente, el resultado final es el mismo que en la tragedia, y a mí me parece una obra muy lograda, pero el público no estaba preparado para semejante tour de force de Llopis (de él se esperaba cada vez otra ración de lo mismo de siempre), así es que fracasó. Esa noche del estreno, en 1947, según lo contó al editarse la obra en la Colección Alfil, Carlos Llopis se mezcló entre el público a la salida del teatro y captó el siguiente diálogo de un matrimonio:
    – Esto no tiene gracia alguna.
    – De acuerdo. A mí me ha parecido una lata.
    – ¿Y por qué se llamará Lo que no dijo Guillermo?
    – (El marido, encogiéndose de hombros:) ¡Lo habrá tachado la censura!

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