Recuerdos más antiguos que su propia vida

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Decía Rafael Chirbes en sus diarios que el espacio mítico de una tierra de origen solo puede forjarse cuando se está lejos de ella, incluso cuando el paso de los años borra cualquier atisbo de posibilidad de regresar. En muchas de las novelas de Antonio Muñoz Molina ha estado omnipresente el territorio legendario forjado en torno a la sierra andaluza de Mágina, pero acaso sea en este libro memorístico, Volver a dónde (Seix Barral, 2021), donde el autor exprese sus ayeres como nunca. Desde un pulcro y sobrio estilo de recogimiento, sin ficción y sin demasiadas melancolías, más bien con profuso agradecimiento, se adentra a lo largo de estas páginas en tan íntimos y lejanos recuerdos que él percibe ya como “más antiguos que su propia vida”.

Aunque ya en Pura alegría (1998) Muñoz Molina reflexionó y describió en un tono más personal su vocación por las letras, puede que Volver a dónde revele de manera más nítida su lado humano como escritor: los discos que le gusta escuchar cuando se queda a solas, los miedos sobrevenidos que le hacen sentirse afligido al final de un mal día, la sensibilidad para captar el estado de ánimo de su madre por el tono de voz a través del teléfono, su meticulosa y atenta mirada sobre el paisaje y las personas desde el balcón de su piso en Madrid.

Fue escribiendo el libro durante el tiempo del confinamiento, estimulado por la singular realidad pandémica de la Covid-19: de marzo a mayo de 2020, junto a los procesos de escalada, la tregua del verano y el repunte poco antes de comenzar el curso en septiembre.  Volver a dónde alterna diferentes textos en formato de dietario: la descripción de aquellos días, su conciencia crítica y compromiso social sobre los acontecimientos históricos in statu nascendi. Y junto a tales escritos cobran especial relevancia las fascinantes digresiones de la memoria personal del autor, que destapan todo un universo de reminiscencias rurales.

Ejemplos plásticos son los referidos al mundo de los olores y el tacto, como cuando aprecia en el pequeño huerto de su balcón unas raicillas de tomates, o cuando pasea en el Botánico de Madrid y toca una mata y viaja de pronto a los paraísos de su infancia y juventud en Úbeda, los laberintos de las huertas, los suelos de tierra, “la cuadrilla de hombres segando o cavando desde el amanecer, los sombreros anchos de paja, las camisas blancas, los pantalones de pana, las abarcas con suelas de goma de neumático, el silbido de las hoces cortando el aire, el ruido del roce de la pana, los golpes secos de las azadas rompiendo la costra dura de la tierra”. La casa donde se crio, el recuerdo envolvente y permanente de su padre.

Quizás porque los caminos de la memoria son inescrutables, su escritura, que siempre ha procurado un excelente manejo de la veta poética, se torna aún más lírica en esta obra para explorar aquellos mundos del pasado (“en el aire del invierno hay siempre un olor a leña quemada de olivo”, “la luna, su oblea blanca partida por la mitad y muy bien recortada contra el cielo ahora oscuro”, “Somos fantasmas en los recuerdos de otros; figuras que aparecerán alguna vez en sueños mucho después de que hayamos muerto”). Acaso, la lectura durante aquel tiempo de confinamiento de los diarios del monje Thomas Merton propició la búsqueda de ese tono arcádico y franciscano, de mirada recreada en los detalles de la naturaleza. «He leído que los árboles se transmiten señales de alarma ante los peligros que los acechan…». «El apaciguamiento del ruido incesante empezó a ser advertido en China a finales de enero (…) El estruendo de la civilización humana se reducía a un murmullo, dice un geofísico en el New York Times. Las ballenas se comunicaban con perfecta nitidez entre así a miles de kilómetros de distancia (…) Este silencio ha permitido a los sismólogos escuchar mucho mejor las sacudidas y los temblores naturales del interior del planeta, el fragor de su núcleo de minerales incandescentes».

Pero la mirada poética de Muñoz Molina no solo se justifica en las formas estéticas del decir, sino en desentrañar la universalidad de lo humano. Como esa idea fascinante y terrible al tiempo sobre que algún día, en el mundo del futuro, él sobrevivirá como mero recuerdo en la nebulosa de la memoria de sus descendientes, igual que sus mayores son ahora siluetas entrañables en sus remembranzas. En ese sentido, lo poético coincide con la idea de Ortega y Gasset, cuando refirió que “el síntoma de un gran poeta es contarnos algo que nadie nos había antes contado, pero que no es nuevo para nosotros. Tal es la misteriosa paradoja que yace en el fondo de toda emoción literaria”.

No solo de hondura poética, sino que Volver a dónde es un libro lleno de vida, de personajes, de luz a pesar de estar escrito en época difícil y de muerte. Precisamente es ese mundo interior que a veces cuesta desenmascarar en las sombras olvidadizas de la memoria lo que ilumina la sordidez de los tiempos de pandemia: un espacio mítico lleno de cielos azules, sol del mediodía, de escenas al aire libre, los colores en la tarde sobre los campos, la gama de los frutos y las hortalizas. Uno de los momentos más hermosos y conmovedores de la obra, que refleja esta afectación íntima de los recuerdos luminosos del ayer, puede que se concrete en estas líneas:

“Sin moverme de mi silla de hierro paso las manos sobre mis plantas de tomates como si acariciara el lomo de un animal dócil. Rozo esa especie de vello ligero que cubre las hojas. Cuando me llevo a la nariz las yemas de los dedos el efecto de felicidad es inmediato. Porque son inaccesibles a la memoria consciente, las impresiones olfativas mantienen una intensidad y una pureza que el tiempo no amortigua. Mi magdalena mojada en una taza de tila es el olor en los dedos de unas hojas de tomate en una noche de verano, a esa hora en que el calor cede y las plantas recién regadas se yerguen, como en un estado de alerta, oscilando apenas en una brisa tenue”.

 

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