Reflexiones en hora punta

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Ayer me aventuré a coger un autobús en plena hora punta en el centro de São Paulo. Siempre que cometo tal osadía acabo preguntándome en qué momento se me ocurrió, pero a menudo el trayecto acaba siendo inspirador. Camino al barrio de Bixiga, veo en la Rua Consolação un grafiti: R$3? Apenas cuatro caracteres, pero cualquier paulistano sabe a qué se refiere. Podría haber añadido un par de !!El sistema de transporte público de esta megaurbe de veinte millones de habitantes no sólo es ineficiente y profundamente deficitario, sino también muy caro. Tres reales (1,3 euros al cambio) por un trayecto sencillo de autobús. Un absurdo que llega a la humillación si vives en algún barrio de la periferia. Mi amigo Alisson da Paz lo expresó mucho mejor de lo que yo aquí podría en su poema “Coletivo”, que siempre me pareció esencial para entender cómo el transporte puede ser un sutil pero tozudo modo de discriminación en esta ciudad.

 

Y en esas ando cuando, en medio del habitual bloqueo de Sampa al filo de las seis de la tarde, recuerdo la página que la semana pasada la Folha de São Paulo dedicó al Día Internacional Sin Coche, al que ya dediqué unas líneas en este blog. La Folhadaba voz a dos posiciones encontradas: a la izquierda, en una columna un activista de la bicicleta argumentaba cómo la ciudad sería mucho más habitable si los paulistanos optaran más por el transporte público, por la bicicleta o, sencillamente, por caminar: todos saldríamos ganando, pues, además de respirar un aire más puro, la ciudad se descongestionaría y todos llegaríamos más rápido. Parece bastante lógico, pero no para el autor de la columna de la derecha, que en su defensa del automóvil echaba mano de un argumento irrefutable: el coche es el modo de transporte que más libertad de movimiento da al individuo. Ah, la sacrosanta libertad individual.

 

Sospecho que cuando hablan de libertad individual quieren decir libertad de algunos, esto es, de los privilegiados. Porque ese es, para mí, el quid de la cuestión: ¿libertad para quién? La pregunta es, ¿podríamos tener coche y salir con él diariamente los veinte millones de personas que habitamos esta ciudad? ¿No será que la ciudad se bloquearía definitivamente? Es más, ¿soportaría el planeta si los 6.800 millones de personas que lo poblamos usáramos el coche? Lo que intento decir es que, si justifico mi comportamiento basándome en mi libertad, entonces esa libertad ha de valer para el resto de los seres humanos –el imperativo categórico kantiano o, hablando en plata, no hagas a otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti-. Y si no es viable que todos disfruten de esa libertad de la que yo quiero hacer uso, entonces mi argumento no es válido. Y me parece una distinción básica porque es sobre esa mistificada libertad individual sobre la que se asienta todo nuestro sistema económico, social, político, ideológico y filosófico en que vivimos. No importa el bien común, sólo importa el individuo. No importa el colectivo, como no importa el largo plazo.

 

Una cuadra más allá, todavía en la Consolação, diviso una pintura que muestra a un clérigo junto a dos niños indígenas sumidos en la lectura de sendos libros. El mensaje subliminal está claro: gracias a Dios que llegaron a América los españoles y los portugueses para sacar a esos pueblos de la barbarie y el analfabetismo. Mi profesora de Historia en la Secundaria defendía sin muchos miramientos las mismas tesis; por suerte tuve en Primaria un profesor de Historia de verdad, y aún recuerdo mi infantil sorpresa cuando me enteré de que los indios no eran los malos en esa dicotomía indios-vaqueros que veía en las pelis del oeste. Poco después, mi madre me desvelaría que los comunistas tampoco eran los malos malísimos que me mostraban las pelis yanquis de la guerra fría. Ayer, en la calle Consolação, me quedé pensando en el poder de la propaganda, que no se limita al cine y la prensa, sino que está en cada rincón de la ciudad, en sus monumentos. El genocidio indígena no sólo no se condena, sino que se sigue ensalzando a los bandeirantesque se adentraron en la selva brasileña para ampliar el territorio y la economía imperial mientras iban matando a todo indio que encontraban a su paso…

 

Ahí llegué a mi destino: el ECLA, donde dio una conferencia Raquel Rolnik, la relatora de la ONU para el Derecho a una Vivienda Digna. Habló de los peligros que supone para las comunidades pobres, siempre en beneficio del capital, el ‘estado de excepción’ que posibilitan megaeventos como el Mundial de 2014 y las Olimpiadas de 2016. Pero eso ya es otra historia.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.