Reflexiones sobre la enseñanza (¿universitaria?)

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No digo nada nuevo si digo que una gran mayoría de profesores odian su profesión. Hay muchas excepciones, claro está, pero por lo general quien enseña es porque no puede hacer otra cosa. Bernard Shaw ya dijo aquello de “quien puede, hace; quien no puede, enseña” y Woody Allen lo completó al añadir que “quien no puede hacer ni puede enseñar, enseña gimnasia”, giro ciertamente ingenioso, aunque sería más justo haber dicho que los que ni hacen ni enseñan se dedican a impartir clases de pedagogía y a escribir planes de estudio.

 

La “boutade” de Shaw-Allen, en todo caso, tiene su migaja de verdad. Nadie puede imaginarse a Rafa Nadal impartiendo clases de tenis a chavales de diez años ni a Javier Bardem al frente de una clase de declamación. La enseñanza de uno y otro está en su prodigiosa actuación, sea en el plató o en la cancha de tenis. La mejor enseñanza, tal como yo lo veo, es siempre práctica. Se enseña lo que se hace y no al revés. Así, podría darse la vuelta a la frase de Shaw y decir que quien puede, en efecto, hace, pero que solamente quien puede hacer es el que está capacitado para enseñar, si es que le da por ello. Enseña a escribir bien quien ejerce de escritor o periodista y a cocinar bacalao al pil pil, el chef de cocina vasca. Un profesor vale para muy poco si no es, antes, un maestro en la materia que enseña. El magisterio debe ser siempre ejemplar. Un maestro enseña en todos los casos con el ejemplo de su saber, de su investigación, de su arte o de su ciencia.

 

Así las cosas, a un maestro no se le puede encorchetar dentro de un plan de estudios determinado, ni decirle que siga al pie de la letra el programa de curso hecho quizá por uno de esos pedagogos que ni hace ni enseña. El maestro debe tener la libertad de establecer sus propias reglas de juego y con ello la posibilidad de crear en cada clase un ambiente especial de diálogo en el cual el alumno se sienta protagonista y, a la vez, espectador excepcional de alguien que sabe mucho más que él. La planificación desde arriba, llevada por burócratas, suele agostar cualquier posibilidad de aprendizaje o de conocimiento. A mi parecer, no hay verdadero conocimiento sin libertad académica.

 

Sin embargo, la libertad académica no tiene buena prensa entre administradores y políticos, ni tampoco -si se me permite decirlo- entre una mayoría de la ciudadanía, que piensa que libertad académica es poco menos que sinónimo de enseñanza panfletaria, en lugar de autonomía en la manera de organizar una clase o de elegir los temas que se han de enseñar. La ciudadanía, y especialmente los burócratas, quieren en todo momento pedir cuentas y determinar qué se enseña y qué aprenden en realidad los alumnos.

 

Hay que reconocer, eso sí, que los alumnos tradicionalmente han aprendido más bien poco en la Universidad. Lo ideal sería que el alumno adquiriera capacidad de análisis y un juicio crítico a su paso por las aulas, además de sólidos conocimientos sobre alguna materia específica, pero al final de la carrera lo más que se obtiene es un título universitario y el recuerdo engrandecido de alguna bacanal. El conocimiento viene después, con la práctica, en el trabajo, si es que uno tiene la suerte de que lo contraten. La Universidad suele ser en casi todos los sitios una fábrica de dar títulos mucho más que un santuario dedicado al conocimiento.

 

A este respecto hace unas semanas el New Yorker traía un artículo puntual en donde se cuestionaba el papel de la enseñanza universitaria en los EEUU. ¿De qué sirve pasar por la universidad y obtener un título universitario?, se preguntaba Louis Menand, un prominente crítico literario y profesor de CUNY, el cual aportaba dos visiones casi opuestas para responder a esta pregunta. En la primera, la Universidad, según él, se concibe como una especie de noviciado en el cual durante cuatro años se pone a prueba el poder de resistencia del alumno, su capacidad de trabajo y su rigor intelectual. Al final lo que importa no es el conocimiento adquirido, sino las notas conseguidas, que miden, por así decir, el potencial del alumno cuando pase a formar parte del mundo laboral. En el segundo caso, el objetivo prioritario, mucho más que las notas o el título, es la experiencia intelectual y la oportunidad de acceder a un conocimiento que solamente se puede lograr en la Universidad. Esta segunda visión propicia la formación de buenos ciudadanos, dentro de la tradición de la “paideia” griega y el humanismo europeo, mientras que la primera crea un elenco de profesionales eficientes y responsables.

 

Claro que, según el autor del artículo, habría otra tercera vía, que se está imponiendo cada vez más en las universidades americanas, en donde ya no se busca una criba de los mejores ni una difusión del conocimiento, sino, más bien, adiestrar al alumnado en especialidades muy concretas mediante maestrías que le enseñen, digamos, a ser fisioterapeuta, cocinero de hamburguesas al estilo de Tejas o programador de aplicaciones para iPhone. Así, el conocimiento universal y humanístico asociado a la universidad se va viendo desplazado por una especie de abanico de habilidades técnicas propio de una escuela de artes y oficios. El panorama no es muy alentador. De seguir esto así, no será de extrañar que muy pronto toda la Universidad esté encerrada en un smartphone.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.