Regalo de Navidad

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El día en que Frida Engels llegó para quedarse nevaba. Llevaba nevando varios días. Todavía lo recordamos. Habíamos entrevistado ya a cuatro candidatos y ninguno había sido del agrado del director. El primero había resultado demasiado locuaz y el segundo, al parecer, todo lo contrario: apocado y poca cosa, pese a tener un extraordinario currículo. La tercera candidata, una mujer ya entrada en edad, había sido rechazada por eso y porque bizqueaba, mientras que una cuarta, de muchos menos años y muy guapita, carecía de experiencia, salvo dos escasos meses en que había estado de sustituta en una escuela remota del estado de Maine. El director presumía de tener muy buen olfato. Las primeras impresiones lo eran todo para él.

 

-Uno debe guiarse por la intuición cuando se contrata, repetía con su voz atiplada cada vez que, con un feo mohín, hacía un cucurucho con el dossier del candidato al que acababa de entrevistar el comité.

 

El comité, todo hay que decirlo, estaba ya un poco harto de tanta exigencia y de tanta intuición por parte de su director, especialmente porque esa mañana de frío y de nieve era la mañana del 24 de diciembre y se suponía que en esa entrañable fecha todos tendrían que estar empaquetando regalos de navidad en lugar de continuar allí, en el despacho del director, con la pejiguera de las entrevistas.

 

-Lo sé, lo sé -manoteaba el director al oír a sus espaldas un atisbo de reproche-, pero intuyo que la señorita que vamos a entrevistar hoy es la candidata ideal. Llevo esperando este momento desde hace días.

 

-¿Y cómo puede estar tan seguro si ni siquiera la ha visto? – había farfullado algo molesto Mr. Roberts.

 

-Intuición, amigo Roberts. In-tui-ción.

 

Mr. Roberts era comedido y un fiel subordinado, pero aquel entusiasmo que mostraba su admirado jefe por esta candidata no lo acababa de entender. Por de pronto no era puntual. La aguja grande del viejo reloj de pared señalaba casi cuarenta minutos de retraso. Pero si eso podía disculparse por las inclemencias del tiempo, había otros aspectos que le resultaban mucho más preocupantes y, desde luego, menos explicables. Así, a diferencia del voluminoso curriculum vitae de todos los demás candidatos, el de esta candidata había consistido en una sola hoja de pergamino escrita a mano. Cierto que su caligrafía era bellísima, con unos trazos entre chinescos y arábigos que hacían que, a primera vista, cada t pareciera un barquito de vela, cada A mayúscula un albergue de montaña y cada n un caracol con cuernos, pero luego, al leer su contenido, uno se llevaba un buen chasco. Lo encabezaba el nombre (Frida) y cuatro apellidos (Engels Maestra Pollyglotta Rebellius), seguido por una dirección correspondiente a un pueblo perdido de Georgia y remachado con el rimbombante y ridículo título de “Pedagoga”. Luego, más abajo, había una lista de sus habilidades, entre las que figuraban montar en bicicleta, bailar tango y chachachá y hablar la friolera de diez lenguas, incluida la lengua de los pájaros. Se proclamaba vegetariana y femenina, que no feminista. Le gustaba viajar.

 

-Se ríe de nosotros –decía otro miembro del comité, un señor asmático de origen alemán.

 

-Se ha reído bien, pero no vendrá- añadía Madame Baronette.

 

El director, con las manos en los bolsillos, estaba de pie, frente a la ventana, muy erguido, muy callado, mientras contemplaba el silencioso caer de la nieve.

 

-¿A qué esperamos para marcharnos?, había preguntado Mr. Roberts, tras hacer un amago de ponerse el abrigo.

 

Afuera seguía nevando. La avenida del parque se perdía por una alfombra blanca, impoluta, solitaria, entre bultos nevados en forma de banco y escuetos árboles invernales.

 

De pronto el director se volvió y dijo:

 

-Preparen un café caliente, que la candidata viene en bicicleta y me imagino que llegará helada.

 

Todos corrimos hacia la ventana. Al principio era solo un puntito, que luego fue aumentando más y más en medio del blancor de la alameda. Algunos pensamos que volaba por encima de la nieve. Otros, que a lo mejor era una nueva Mary Poppins. Mr. Roberts dio un suspiro.

 

El señor director se limitó a decir que su intuición nunca le fallaba.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.