Regresando al rencor

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Leo a veces artículos de un escritor, consagrado y bendecido por el público, las editoriales y la prensa, que siempre me sorprende por el encono que manifiesta contra Valle-Inclán, encono que siempre contrapone a su renovado afecto y admiración por la persona y la obra de Pérez Galdós. Es decir, que para bendecir a Galdós tiene que maldecir al otro. Y no es una versión contemporánea del  ¿a quién quieres más, a papá o mamá?, porque aquí se trata de poner un leño más en la hoguera de don Ramón y una vela más de incienso en el altar de don Benito. Pues yo me siento desgarrada, lo confieso. He leído a Galdós desde muy joven con gran placer (tengo gran parte de los Episodios Nacionales –los abanderados-  de la Editorial Hernando, reunidos trabajosamente), y admiro  a Valle desde que leí esa obra indescriptible llamada La corte de los milagros; seguí leyéndole con asombro  y ayudada por amigos como Ángel Facio (y algún  libro), que me descubrieron su originalidad, vanguardismo y espíritu indomable (y también atrabiliario).

 

No puedo elegir entre papá y mamá, los quiero a los dos. Galdós me dio mucha felicidad –y conocimientos de nuestra historia muy útiles- en esa edad en que lees con entusiasmo y voracidad. Ya sé que Valle podía ser gamberro y fabulador, pero sacrificó mucho (también a su familia) en su afán de crear exactamente la obra que quería, una obra, en el contenido y en el lenguaje, que perdurara mucho más allá de su muerte. Ya sé que don Ramón el excesivo llamó al otro “don Benito el garbancero” como reproche a su constante producción. Pero, ¿hablamos de los excesos de los artistas o de la obra que nos dejan? Me extraña que alguien tan culto como el autor a que me refiero siga derramando hostilidad personal contra un escritor tan grande y tan perdurable como Valle-Inclán (¡todo el Ruedo Ibérico, Martes de Carnaval, Tirano Banderas!), sólo por defender a Galdós, que, por cierto, no necesita su defensa, pese al “desprecio que varias generaciones de intelectuales y literatos españoles”  le han dedicado, en su opinión. Lo hará algún pedante, quizás, pero no es verdad que aquí se desprecie a Galdós. Y en cambio Valle desconcierta, y entonces se le encasilla o sencillamente se le ignora, salvo en el mundo del teatro (¿se puede ignorar al autor de Luces de bohemia, de las Comedias bárbaras?).

 

Hablo de hostilidad personal (¡!) porque no es la primera vez que se refiere a la frasecita de marras sobre don Benito de un Valle-Inclán que  “tanto le debía, en todos los sentidos de la palabra”. El que quiera entender, que entienda. Quizás Valle, que tenía agujeros en las suelas de sus botines de blanco piqué y muchos hijos, le debía dinero a Galdós, y quizás nunca se lo devolvió…Porque otros sentidos, la verdad es que no se me ocurren. Espero que no quiera decir que Valle vampirizó (literariamente hablando) a Galdós, porque  entonces  le perdería el respeto que le tengo como miembro destacado de esa cofradía del lenguaje que precisamente Valle-Inclán se esforzó y consiguió llevar a un brillo y una riqueza asombrosos. Aunque, claro, a él le importaría un cuerno que yo le perdiera el respeto. En ese caso, procuraría vivir con ello.

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Anunciata Bremón
Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.

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