Regreso de Europa

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Europa tiene miles de callecitas de piedra que te obligan a pensar no en las piedras sino en quienes caminaron por ellas. Newyópolis tiene la descarga de 300,000 kilotones que permite que los montoneros que aterrizamos todos los años en ella la descubramos prometedora y hasta virginal. ¿Qué tiene Europa? Pueblos regados de historias de amor y tragedias. Es imposible, –para mí–caminar por Berlín sin vivir y sufrir por el siglo XX. Una vez que una arquitecta me enseña a identificar las piedras antiguas de las nuevas en la Iglesia de Nuestra Señora de Dresden, ya no puedo ver sino parches que se amontonan uno sobre otro. Tal vez los ciclistas más jóvenes, quienes atraviesan estas calles empedradas cada día, tatuados y perforados, sean inmunes a los tragos amargos del nazismo y vean en estos muros sólidos sólo una ciudad. Yo soy incapaz.

 

Berlín vive de su historia. Los turistas que se suben al mirador de la Catedral, el Berliner Dom, o a la Isla de los Museos , saben que Alemania ha sido una espada sangrienta. Y los alemanes ríen, sonríen, son simpáticos, se burlan de sí mismos; mientras nos recuerdan en uno y otro museo su perspectiva histórica: Alemania votó por el nazismo después de mucho años de crisis y de recesión. Hitler los convenció, aterrorizándolos de la mano de su maestro de propaganda. No hay disculpas, pero sí explicaciones.

 

Nueva York no tiene esos techos adornados de mosaicos con las águilas de los Habsburgo que tienen Viena y Budapest, ni las tumbas plateadas sobre los escudos de Bohemia que se tiene en Praga. No podemos ver la pintura con la reconquista de Nueva York de manos de los turcos, ni la antigua ciudad de Nueva York pintada por Canaletto. Ningún rey ni emperador se ganó el cariño de sus súbditos con estatuas y tumbas majestuosas, arropado de púrpura; tampoco Mozart ni Bethoven tocaron un concierto en un órgano viejo de alguna catedral de la isla. Newyópolis es historia viva. Es la crisis de la bolsa, el primer concierto de Ramones, la bala en el pecho de John Lennon, dos aviones contra dos edificios. Nueva York gatea entusiasmada mientras Europa blande el bastón (¿Pero Berlín? Un enigma: Berlín es algo más…)

 

Un hombre se trepa a mirar Praga desde la cima de la colina de Vysehrad. Nadie lo detiene. Él mira el paisaje y la luna temblando sobre el Castillo y los techos góticos de San Vito. Nadie le dice que se baje. Acá en esta ciudad me asomo al río y tres letreros me obligan a ser cauto, a mirar, a no pasar. Precaución es lo que le falta a Europa y a Newyópolis le sobra. A veces necesitamos ser un poco más europeos y un poco menos neoyorquinos.