Relaciones y escaleras de incendio

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Mi vuelo a Nueva York –el que me convertiría, después de un comienzo indeciso en Europa, en inmigrante a tiempo completo– salió una mañana de noviembre del aeropuerto de Heathrow en Londres. En mis caminatas solitarias entre las calles y monumentos de la sombría capital del imperio británico, una de mis mayores preocupaciones era precisamente la de estar allí sin nadie, solo.

 

¿Es la soledad buena compañera? me preguntaba. Siempre me había gustado viajar. En su mayor parte, aquellos periplos habían sido experiencias solitarias. Decidí irme por tierra a Brasil, por primera vez, a los 19 años. Crucé Perú, Bolivia, Chile y Argentina. Repetí la experiencia una vez más y después me fui a Colombia, cruzando Ecuador. Si bien algunos amigos aventureros se entusiasmaban al principio con la idea de mochilear, al final desistían, se quedaban a pasar sus vacaciones con familiares o amistades cercanas. Siempre era así. Alguien se interesaba en convertirse en mi compañero de viajes, poco después le entraba la angustia: falta de tiempo, problemas de salud o escasez de dinero. Siempre existen problemas de los cuales agarrarse cuando tememos enfrentarnos a lo desconocido.

 

¿Sozinho? Me preguntaba la gente que conocía en Brasil. Y conocí mucha gente: personas formidables que enriquecieron mi vida. A algunas de ellas las he seguido frecuentando a lo largo de estos años. Inclusive el dinero para cubrir el pasaje a Inglaterra fue el resultado de un trabajo en un periódico de A Coruña, obtenido gracias a la intercesión de una amiga a la que conocí en una estación de trenes en la selva de Bolivia. Es más –me decía a mí mismo– los dos periodistas que me acompañaron hasta Santiago de Compostela, para tomarse unas Estrellas conmigo y recibir mis 28 años antes de embarcarme para Londres, eran el resultado de aquellas aventuras solitarias . ¿Entonces por qué sentía el miedo a la soledad?

 

El poco dinero de mi trabajo coruñés –con el que yo contaba para vivir tranquilo, unas tres semanas, en Inglaterra– se me acabó de improviso, tras una breve visita a una irlandesa que conocí en Perú, y que vivía en las afueras de la capital británica. Sudé frío. Estaba varado en una estación, lejos de Londres y sin plata. Mientras mendigaba entre los pasajeros del tren los escasos peniques que me faltaban para completar el pasaje, sentí toda la ausencia del mundo. Estaba solo.

 

En ese estado emocional llegué a Nueva York. Era invierno. Tenía una familia a la que apenas recordaba. Ellos me presentaron a una pariente que estaba en el mismo trance que yo: una turista con vagas intenciones de quedarse. Nos hicimos amigos. Ella me aconsejaba el tipo de guantes que tenía que usar cuando nos amenazaba la nieve. Veíamos juntos una telenovela que se había puesto de moda. Cruzábamos las calles entre las tormentas y me invitaba a compartir una sopa de carne caliente que su compañera de cuarto preparaba con una típica receta peruana. Mi familia me consiguió trabajo de empleado en un centro médico y allí conocí a un compañero guatemalteco, con muy mal gusto para escoger botas de cuero adornadas con figuras de reptiles, que me contó con lujo de detalles sus aventuras en la guerra civil de su país.

 

Me puse a estudiar inglés. Mi primer amigo era cubano y se ganaba la vida escribiendo para una editorial de cuentos infantiles. Una vez me acerqué a una chica checa, por curiosidad, y nos convertimos en compañeros de cigarrillo, fumando apoyados contra una puerta lateral del edificio, en los tiempos entre clase y clase. Se nos unió un dentista bosnio cuyo sueño era ir al Perú, y al que mis padres recibieron con gusto en Lima años despúes; y una muchacha siciliana llamada Luna, pequeñita y llena de tatuajes, empecinada en contarnos sus historias de malentendidos con el inglés. Cambié de horarios y perdí por un tiempo a mis compañeros de la mañana e hice nuevos amigos de la tarde: un chico venezolano, hijo de inmigrantes chinos, que inmediatamente organizó un equipo para juntarnos en Central Park, en uno de los rincones del parque, a jugar al fútbol. En ese grupo estaba un senegalés con ambiciones de cantante de rap, que ahora tiene tres taxis y un taller de mecánica en Manhattan; un argentino que es copropietario de una tienda de mascotas en el Alto Manhattan; y un chino que administra una importadora en Brooklyn y, junto a su familia, varios restaurantes en el este de los Estados Unidos.

 

Hubo transformaciones y mudanzas. Recuerdo muy bien el pánico que sentí al mudarme de la pequeña pieza que compartía en los suburbios de Westchester –contraviniendo las sugerencias de mi familia– a un departamento en Brooklyn, a un cuarto compartido donde recibí como invitados a personas que había dejado de ver en Lima y en otras partes del mundo. En esos años de estudiante, en una fiesta en el Bronx donde una muchachita colombiana compartía sus deliciosos labios adolescentes con varios de los invitados, todos de la edad que tenía cuando viajé por primera vez; mientras estaba apoyado contra una escalera de incendio, fumándome un cigarro entre la sombra de esos edificios públicos residenciales que los neoyorquinos llaman projects;  recordé mis tiempos malos en Londres y aquellas noches de invierno inglesas que empiezan a las tres de la tarde.¿Es la soledad buena compañera? Me pregunté otra vez. Allí el problema no era la amistad sino el amor.  Busqué en mi pasado. Recordé conversaciones con una chica de la universidad en Lima, que me decía, mientras caminábamos para tomar nuestras respectivas combis, que el amor llegaría cuando menos me lo esperase. Recordé también a todos los que dicen que la vida está hecha de momentos: decidí disfutarlos.

 

En Newyópolis, el inmigrante sufre de aquellos extraños momentos en los cuales, a pesar de estar rodeado de gente, se siente solo. Sin embargo –como cualquier espíritu aventurero lo podrá atestiguar– el espíritu se calma cuando piensa en los momentos que se nos hubieran negado si hubiéramos decidido quedarnos a vivir en un solo lugar; o en las personalidades fascinantes que nos han presentado nuestros viajes.

 

Entre las imágenes de mi vida neoyorquina, como en un cajón desordenado, también han entrado los momentos que pasé en esta ciudad con amistades que recolecté en aquellas aventuras solitarias. Me han visitado amigas y amigos entrañables de aquellos lugares por los que peregriné. Recuerdo un paseo a medianoche por Chinatown, huyendo de los ojos de una rata; una expedición por Queens, recogiendo varias monedas de un centavo entre la nieve; un beso inexplicable a la salida de un cine en el Village, y otro  en un bus en Manhattan. Recuerdo almuerzos, cenas, fiestas, caminatas, paseos en trenes, meriendas en parques, bailes en techos, partidos de fútbol, amaneceres. De las ausencias construidas por mis primeras aventuras, han nacido amistades y experiencias y, después de muchos intentos, en Nueva York,  por fin: el amor.

 

¿Es la soledad buena compañera? Sí la es, espíritu aventurero: es la mejor.