Reloj de plata

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En la noche que dicen eterna del universo silencioso hay una galaxia, y en esa galaxia perdida entre otras muchas, una secuencia azarosa de planetas más o menos alejados de una estrella en torno a la cual giran desde un tiempo que aturde calcular, y uno de esos planetas es una esfera azul que compendia infiernos y paraísos sin fin para disfrute y horror de sus habitantes, quienes se reparten por diversos continentes que han dado en dividir en países, en el centro de uno de los cuales, a las afueras de una pequeña ciudad residencial, se levanta una urbanización cercana a una autopista, y en uno de los pisos de uno de sus bloques, dentro del pequeño cajón izquierdo del escritorio blanco de madera que se apoya contra una pared del salón, reposa, junto con otra porción de objetos —una pluma Faber-Castell de cuerpo marrón oscuro y capuchón plateado, dos cajitas con cartuchos de tinta gris, un pequeño abrecartas mexicano de alabastro negro, una lágrima de ámbar con el signo de un insecto dentro, una baraja de naipes de la casa Modiano de Trieste, un cuchillo de alpaca con el nombre de un niño grabado en el mango y una foto en blanco y negro que muestra a ese niño y a su padre—, reposa, digo, un viejo reloj de plata.

El niño, que es ya un hombre más viejo que su padre, acude muy de vez en cuando al cajón para observar la saboneta plateada y piensa en los primeros cuentos de Mujica Lainez y en ciertos poemas de Borges (“…alguna vez tuvimos / una patria —¿recuerdas?— y los dos la perdimos”). Extiende la leontina y cuenta los veintiún eslabones diminutos, cada uno de los cuales repite el signo del infinito o la cinta de Moebius. Acciona la corona para levantar la tapa, en la que su padre hizo grabar unas iniciales que también son las suyas, y admira la esfera blanca, los elegantes números romanos, el delicado trabajo de orfebrería de las agujas doradas. Busca también la minúscula pestaña en la tapa posterior: dentro, con más cifras y palabras (omega. grand prix. paris 1900…), encuentra otra leyenda grabada por su padre tras comprar el reloj en el mercado de San Telmo, “Buenos Aires. Dic. 84”, y al ver la fecha se pierde por un momento en esas matemáticas absurdas que a veces pide el corazón. Por último, le da cuerda al reloj con la ruedecilla dentada de la corona y escucha perplejo su tictac acelerado.

Su tictac enloquecido.

Y por unos segundos no se oye otra cosa en el silencio del salón, la ciudad y el país que navegan por la galaxia a bordo del planeta —en el silencio insomne del universo oscuro—, sino el ritmo atrafagado y misterioso del viejo reloj de plata.

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