República de Guinea Ecuatorial, Vísceras

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En un libro que publiqué hace unos años hablé de Vísceras, las cosas con las que nos encontraríamos si al país, República de Guinea Ecuatorial, un decir, lo abriéramos como un animal. Ahora que lo decimos, parece que suena fuerte, ¿verdad? Pues puse este título porque queríamos enseñar lo que había dentro para que los que no quisieran saber nada lo aprendieran de cualquier modo. (El libro mencionado, con el mismo título, se edito en Valencia)

Dentro del animal llamado Guinea Ecuatorial había fang, bubis, annoboneses, ndowés y bisiós. También hablamos de los fernandinos, llamados aquí criollos. Estos criollos son los hijos de unos señores que tenían raíces claramente extranjeras. Muchos fueron traídos de Sierra Leona para trabajar en la agricultura de exportación. Otros vinieron con su dinero para tomar parte en el negocio que veían abierto. El más grande de todos los fernandinos, al menos para lo que tengo leído, fue Maximiliano Cipriano Jones. Fue casi el fundador de Luba, donde tiene  un busto en un punto clave y muchas casas. Como los Jones eran tan ricos, no podían, claro, dejar de pasar a la posteridad. Y una de las formas de hacerlo es en forma del recuerdo de que habían existido, y por eso hay unas casas en las que nadie puede vivir porque aparece el espíritu del Jones que la habitó. Esto es leyenda urbana, pero que las cosas no se pueden habitar sí que es un hecho.

Abriendo la Guinea con un cuchillo descubrimos que los bubis vivían en poblados modestos de la isla de Bioko, y se sienten de Bioko. Antes de todas las fechas guineanas llegaron de las costas de Camerún y se establecieron en la isla. Como de ello no hay recuerdos escritos, cualquiera puede sentar cátedra sobre el mismo. Durante el auge de los fernandinos, y mientras los colonos españoles se rompían los sesos para encontrar aliados en sus ansias expansionistas, los bubis llamaban ripotó a la “ciudad de los extranjeros”, lo que sería Santa Isabel. No era algo de ellos. No querían trabajar para nadie y era muy difícil que colaboraran de manera libre con la gente que quería que tomaran parte en actividades económicas. Estuvieron en estas cuando contrataron  a los sierraleonas, a los nigerianos, y empezaron a traer a los primeros fang para ser empleados en la guardia indígena y para explotaciones agrícolas de manera forzada. Ya fueron estos fang utilizados, allá en Río Muni, como mano de obra forzada en las obras que constituirían la única infraestructura dejada por la potencia colonial que nos tocó. A los que sepan leer les pido que noten la paradoja del hecho de que cualquier observador podría criticar que España no haya dejado casi nada en Guinea, pero reconocer que lo que se hizo fue de manera forzada. Mirado desde lejos, no parece que nos deja en buen lugar a los nativos, toda vez que cualquiera podría pensar que un hospital nunca debería ser rechazado por nadie, por más ansia de libertad tuviera.

La gran paradoja: Existe en la actual clase dirigente un sentimiento anticolonial tardío y es que parece  que ellos quieren que se sepa que están disgustados con España. Esto se vive en las dificultades que tienen los ciudadanos españoles para obtener un visado guineano, incluso si es para realizar una actividad cultural. Solicitar un visado para Guinea constituye una odisea, realidad que contrasta con la de los ciudadanos de Estados Unidos de América, quienes ponen el pie sin la mediación de la legalidad diplomática. A este respecto tenemos que decir que en el rastreo que hacen los críticos en los textos  literarios de nuestro país echan en falta una literatura anticolonial que confirme que en Guinea el sentimiento de librarse del yugo colonial fue grande. No habiéndolo, primero dieron por tales libros como Cuando los combes luchaban o Las tinieblas de tu memoria, libros que hablarían de la época colonial, pero que no son claramente anticoloniales.  Además,  hay muchos guineanos de cierta edad que reconocen que   durante la colonia vivieron mejor. Cierto que hay otros muchos que dijeron que padecieron trabajos forzados. La discusión  sobre los sentimientos anticoloniales es pertinente y necesaria, toda vez que la aclaración de las cosas impedirá que algunos intenten obviar los aspectos censurables derivados del hecho de la invasión colonial. Sigue siendo pertinente porque este país se llama República de Guinea Ecuatorial, dicho enteramente en español, y hace 50 años que los bubis, los fang y los annoboneses no se conocían, y porque no tenían medios para conocerse. En aquella fecha ningún grupo étnico de los que conformarían la futura república tenían los medios necesarios para navegar veinte millas a mar abierto. Y por esto no tiene tanto sentido los sentimientos antiespañoles y anticoloniales de los tenientes coroneles de la Guinea Ecuatorial, que llegarán a generales beneficiándose vergonzosamente de una herencia colonial de la que, nadie sabe por qué, no reniegan.  Y es que, con las estructuras de sus culturas de origen, jefes de poblado, botukus y vigías que vigilaban la entrada de buques esclavistas, ninguno de esa gente hubiera llegado a general, y es porque no había ejércitos, propiamente dicho. Por eso huele que encima de que utilizan las prebendas de estos cargos heredados para reprimir a sus ciudadanos, abran la boca para hacernos creer que somos unos memos porque somos sirvientes de los blancos, o que les duele mucho la historia colonial.

Abominar de los supuestos coloniales exige un reconocimiento del pasado, pues con la colonia entraron otros elementos, como la ciencia, el saber, cuyo disfrute se reclama no como exclusivos de los colonos, sino creaciones de la humanidad. Y es que, y es un argumento que todos deberían saber usar, en su aislamiento, cualquier grupo humano hubiera conseguido los mismos logros, a aunque a ritmos diferentes.

Con la fuerza que les dan sus creencias nativas, hay un grupúsculo de los fang que dice, leyendo las raíces ancestrales de sus culturas, que Dios se dejó olvidado el bastón de mando y por eso mandarán siempre que la Guinea sea Guinea. No dicen que mandarán en el rincón de Río Muni donde tienen su procedencia. Lo harán sobre toda la Guinea, y esto es la confianza para extender su dominio sobre las demás etnias que, hoy por hoy, bailan al son que tocan los que saben tocar para alabar al detentor de la vara que se dejó olvidada Jehová de los Ejércitos. De esta descarada situación se enteran y les duele a los bubis que quieren seguir siéndolo y dicen cosas sobre lo que debería ser el reparto del poder. Estas exigencias alcanzan cotas radicales cuando piden la separación, que Bioko sea una unidad política independiente de lo que quieran cocer los pamues en Río Muni. (Bueno, hubo una época que a los nativos del interior del continente se les llamaba así, y es que era una palabra que gramáticamente no daba trabajo a los que escriben. Y es que fang no tiene plural).

A lo que íbamos, los bubis, resentidos del trato que reciben de los que mandan, y avergonzados del resultado de su poca interacción con los fernandinos y blancos en otras épocas, están hartos de ser abandonados y aun sin manifestaciones públicas, quieren que se establezca una franja entre ellos y los fang. Incluso por este hecho corrió la sangre, y lo citamos para que nadie diga que inventamos algo que no es el sentir general. ¿Y alguien sabe a qué apelan los fang ante las reclamaciones de los bubis? A la unidad nacional, a que nadie puede romper lo que ataron las autoridades coloniales con tanto celo. ¿No quedaba claro por otro lado que lo que se coció en aquella época, y por los enemigos de una Guinea que no existía, es abominable?

Ya que durante las primeras elecciones presidenciales Macías no tuvo casi votos en la isla de Annobón, territorio insular cosido caprichosamente a Guinea Ecuatorial por acuerdos ibéricos, toda la isla y su gente fue abandonada por él cuando accedió al poder. Los nativos de ahí pasaron once años para no contar. Llegaron incluso a comer piedras. En otros tiempos pensaron que podrían formar una republiquita independiente y con aquel pensar lograron derramar un poco de sangre. Los levantiscos fueron juzgados en Bata y pasaron unos años en la cárcel. Hoy se han dado cuenta de que no solo de pan vive el hombre, pero no se puede vivir sin pan, y con el azúcar y todos los edulcorantes que utiliza el partido en el poder, se han avenido a bailar al son de quien mejor toca. Allá en Annobón, para que lo sepa la gente, no se vive de nada. Se sobrevive, y están haciendo el puerto y el aeropuerto.

En la zona costera de Rio Muni están los pueblos playeros y semiplayeros. Los bisió casi no tienen tierras que cultivar, están casi entre el mar y la primera carretera costera, y así no se puede vivir. Los otros, que reciben el nombre genérico de ndowés, están a merced de los que mandan y tienen un poco de tierra que cultivar, y donde mantener sus costumbres.

De todos los pueblos citados, son los fang los que tienen más que decir. Y es porque son los que tienen el poder. Un grupo, o muchos grupos de personas mayores de esa etnia debería reunirse para discutir el hecho de que en esta Guinea cosida por la mano de los blancos somos muchos, y no puede haber esta peligrosa polarización. Y son los que lo tienen que decir porque son los que reparten las prebendas, los cargos, el dinero. El ministro de Exteriores es fang, becas, el de Educación es fang, otras becas, el de Cultura es fang, promoción, el de Economía es fang, inversión, el de Defensa es fang, protección, contra los abusos, el de Minas, un fang, posibilidad de ser pinche de cocina en las empresas americanas. La ministra Promoción de la mujer es una fang, posibilidad de tener gratis un traje africano, y el ministro de Seguridad es un fang, posibilidad de que te libres de la cárcel por inocente. También es fang el de Justicia. Y además, todo el ejército de Guinea Ecuatorial es fang, salvo las tres únicas excepciones que confirman este aserto, y esto es algo que sólo ellos, los que juzgan con buen criterio, tienen que mejorar. Llegará un día que se les preguntará a los mayores de este grupo étnico en qué andaban cuando ciertas cosas pasaban. Y es que, por lo que sabemos, las cosas no pasan en un pueblo fang sin que se reúnan para hablar de ello y enmendarse si no se hizo bien. No es justo que se feliciten del usufructo que hacen de la vara olvidada y no sepan conocer las consecuencias de este uso.

La entrega de esta semana está dedicada a Vísceras, lo que veríamos si al país lo abriéramos como un animal para comer. Quiénes son sus hombres y sus mujeres, dónde viven y qué hacen, aunque, lo saben, todo no se puede decir en tres páginas. Sé que están los que encontrarán motivos de disensiones en estas letras. Lo que sabemos es que no podrán quitar una letra a los hechos y posibilidades encontrados en ellos. Entonces, tienen que aportar sus ideas en esta discusión, es obligado.

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Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.