Réquiem por ‘El Adelanto’

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Salamanca es ya una ciudad de un solo periódico. Y así se explica que el joven regrese taciturno porque hoy no ha podido comprar El Adelanto. No he contado los adoquines, pero suman menos que los ejemplares con los que durante 130 años este diario ha auscultado a la ciudad. El domingo bajó las trapas con su último titular de portada: «Adiós con un futuro incierto». Los pocos que se afanaban por mantenerlo vivo, con los bolsillos vacíos y la cuenta repleta de nóminas pendientes y mentiras, decidían desconectar al enfermo con una huelga indefinida replicada con los últimos despidos. Y ahora solo les queda pedir firmas. ¿De quién son los periódicos? ¿Por qué es tan barato cepillarse con la jeta por bandera una cabecera que ha visto tres siglos? ¿Es consciente la capital de su condena? De ahí la inmensa soledad de la escena; el pavimento que se agrieta; el rectángulo monótono; la escasez cromática de una Salamanca sin matices. Dos diarios menos en solo veinticinco meses. Que estas 183 palabras sean mi minuto de silencio por lo que no se escribirá.

1 COMENTARIO

  1. Leña del árbol caído…
    Nadie

    Leña del árbol caído…

    Nadie quiere hacer leña del árbol caído, o nadie quiere que se le reconozca con el hacha en la mano. Pero hay algunos árboles tan grandes que cuando caen se llevan por delante a sus compañeros de bosque, de los cuales también surgen astillas, de lo que antes eran ramas y troncos. Esta semana ha caído un gran árbol, El Adelanto, da igual que le pongamos el apellido de Salamanca o de Zamora. Y por delante se ha llevado tantos y tanto árboles menores que crecían a su sombra, los empleados y ex-empleados que algún día entremezclamos nuestras raíces entre las suyas. Algunos perdimos un par de ramas y una cuantas hojas, otros han sido arrancados de cuajo y aplastados, sin ninguna otra tierra próxima sobre la que germinar de nuevo.
    ¿Y cómo llegamos a esta situación? No hablaré de un pasado que no conozco, pero sé lo que a mí me ocurrió y algo de lo que ocurrió después. Todo empezó por trabajo de tapadillo, a salto de mata, sin orden ni concierto, de acá para allá, racaneando dinero, pagando tarde cuando había dinero en metálico. En metálico, sí, que se pagaba en monedas… que abultaban más. Y siguió la cantinela, sin horarios, sin vacaciones, sin ahorros, con escasísimo reconocimiento.
    Hasta que llegó el día que acabó, y se terminó con una esclavitud dieciochesca en la que eras un privilegiado porque a ti te debían menos. Alguien me llegó a decir «te vas, como las ratas que huyen del barco!». Pues sí mire, y a mucha honra, que en todo caso es lo único de lo que uno puede presumir, de haber sido honrado y veraz en su trabajo.
    ¿Y los responsables? Repito, no hablo de lo que no conozco. Pero no me hizo falta mucho tiempo para saber que el valor de los trabajadores era directamente proporcional a su flaqueza ante la amenaza y la manipulación. Mentiras, excusas, menosprecios, desentendimiento de los problemas… sólo faltaba el derecho de pernada.
    Quiero dedicar mis últimas palabras a mis compañeros, a los que lo fueron de verdad. Los que valoraron mi trabajo, los que agradecieron mis esfuerzos, los que compartieron esperas y veladas, los que sonreían como yo de cara afuera para no mostrar debilidad, los que trabajaban para intentar comunicar y no sólo vender. Gracias compañeros, de todo corazón, gracias por los buenos ratos que pasé junto a vosotros.
    Un día fuimos un tronco, hoy nos hicieron leña, serrín y astillas… pero en definitiva el papel sale de la madera, ¿no?
    Antonio Geraldes, ex-fotoperiodista, pero fotógrafo para siempre.

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