Réquiem

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A veinte años de la muerte de Carmen. Algo se me rompió para siempre cuando ella se fue. 

 

Estadilla - Aragón - España (tmg)

 

Algo se me rompió para siempre cuando ella se fue. 


Se apagó la luz, huyó el color, murió el calor, cierta seguridad volátil, casi todo lo confortable. Se me fue el olor de la lechuga recién cortada; la sabiduría de los corredores de jazmín, la de las cortinas de algodón. El sabor y el gusto de lo artesanal de sus manos precoces, locuaces, bárbaras, adoloridas, acogedoras.

 

Ese poso permanente que destila lo sombrío lo albergo desde entonces.

Fue el 3 de mayo de 1994. Aunque ella empezó a irse mucho antes.

 

Se iba y yo comencé a correr por los pasillos, a tropezar ansiosamente con los interruptores, a sentir que la vida se iba cada noche. La suya, ergo, la mía.

 

Siguió yéndose y las persianas se desenroscaron sin permiso, oscureciéndolo todo, del piso hasta mis pestañas; las risas no eran sino ecos perversos y mutilados de lo que yo juraba recordar y se veía esa pobre luz sin lumbre, que ni siquiera era más bermeja.

 

Hasta que un día se fue y ya no volvió más. No me quebré. Insistió, una terca de seis años: si ella no regresaba, los cuadros no volverían a la pared. Pero ella jamás regresó y los cuadros los tuve que colgar. Me las lloré todas en esa colcha verde; tantas, que ni Juan Rulfo me consolaba:

 

Fue la última vez que te vi. Pasaste rozando con tu cuerpo las ramas del paraíso que está en la vereda y te llevaste con tu aire sus últimas hojas. Luego desapareciste. Te dije: ‘¡Regresa!’


De no ser por la tristeza infinita que vino después, diría que la inmovilidad de los años grises se instaló sin querer. Tanto, que no tengo memoria de aquellos días infames porque nada pasó. Como la realidad no estaba ni ahí con ayudarme, empecé a dedicarle réquiem por todas partes:

 

Las personas viven para siempre porque alguien las lleva consigo.

Tú estás en mí.

El olvido está lleno de memoria.

Qué noche más inmensa sin ti.

No hay extensión más grande que mi herida. Lloro mi desventura y sus conjuntos y siento más tu muerte que mi vida.


Y pequeñas muertes en cada despedida.

7 COMENTARIOS

  1. Hay una envoltura mucosa, un
    Hay una envoltura mucosa, un alveolo translúcido, que se nos adhiere al nacer. Desde entonces nos acompaña, nosotros le acompañamos. Se es consciente de su existencia en cada avatar por el que se van perdiendo capas. Vamos dejando esa gelatina que nos cubre con cada tristeza, cada lucha perdida, cada edad que nos crece. Año a año se va adelgazando hasta el día en que la última capa se desprende. Entonces aprendemos lo que es ser un hombre solo. Un adiós sin más eco.

  2. ¿Eres tú, Nacho Alcalde? Te
    ¿Eres tú, Nacho Alcalde? Te huelo. Gracias por pasar en cada lucha perdida. Un besico

    • Sí, soy nacho. Jajaja. No

      Sí, soy nacho. Jajaja. No sale mi nombre?

      Anda, que no sé que ha pasado, lo que te había escrito ha desaparecido de la pantalla. Me han hecho inscribirme en fronterad y ahora he intentado volver sobre el hilo. Así que vas a tener dos comentarios parecidos. Qué chungo. El primero yo no lo veo más.

      Cuidate, con tu mochila, pero con tu hermosura también. Bss

  3. No se ve, pero nacemos con
    No se ve, pero nacemos con ella. Es una mucosa que nos cubre. Protege nuestra parte anímica. Lo que sí se nota es su adelgazamiento. Cada tristeza, cada distancia, cada batalla perdida va reduciendo el grosor. Llega un día en que ya no queda nada. Entonces aprendemos lo que es un hombre solo. Solo con su soledad.
    Por tantos cariños perdidos y seres recordados. Bss

  4. • Sé que se verterán sin
    • Sé que se verterán sin pedir. Saltarán el dique de contención de tantos meses de aguardar en el campo de la esperanza. No habrá consciencia y la voluntad no será culpable. Sé que ese momento puede estar cerca, pero pensarlo no ayuda. Hay todavía un camino por campos de trigo hasta la cintura. Las espigas acarician el paso, anestesian el recorrido hasta allá, ese borde que da acceso al bosque. En esa espesura verde se soltará. No hay forma de retenerla más. Le diremos adiós para que se convierta en madera, en hojas, para que resbale con la brisa que la moverá en un saludo perpetuo. Nada se pierde para siempre, se transforma en energía, así que mientras sigue cogida de nuestras manos no pensaré en ese momento. Llegará y se desbordarán las lágrimas naturalmente, porque es imposible no llorar cuando tu madre deja tu mano para hacerse energía en ese bosque de la eternidad.
    Besicos

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