Resaca

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El sábado me sorprendí saliendo de un after a una hora tan escandalosa que me bastó ver la altura del sol para venirme abajo: al llegar corriendo a casa me precipité por la puerta como quien se tira de un coche en marcha. Una vez allí, y tras dormir unas horas, empecé mi dolorosa liturgia. Vacío los bolsillos visiblemente alterado, pues siempre aparecen monedas tan pequeñas que yo creía ya extinguidas y papeles arrugados con números de teléfono descabellados. En el baño aprovecho la meada para calibrar, por el intenso olor y el color encarnado del violento chorro, los días que me quedan para volver a ser un hombre nuevo del que mane sangre limpia. Luego me ducho durante horas larguísimas, prácticamente una tarde entera. Al hacerlo, me froto rabioso con un estropajo tratando de sacarme la sordidez de los antros infames y la chusma de la que gusto rodearme: dedico horas a los huecos de los dedos de los pies, que es donde creo yo que se empozoña todo; hay días que lleno la bañera y me zambullo dentro, ahogado por la culpa, y lloro a gritos. Salgo de la purga tambaleándome, y con la toalla atada a la cintura recojo el montón de ropa con la que salí esa noche, voy al patio y allí le prendo fuego mientras profiero exclamaciones en latín invocando a Satán. Una vez hecho esto, suelo meterme en cama con un libro muy gordo, y antes de emprender la lectura abro los ojos con el fanatismo de un converso y digo, convencido hasta la histeria, una frase memorable: “Nunca máis”.