Responsables de la lengua (4)

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Concluyamos, entonces: ¿por qué somos responsables de la lengua? Por ser lo más humano que los hombres poseemos, el instrumento de lo más valioso que nos distingue (la conciencia y con ella la libertad). Su descuido es desprecio de lo mejor, resultado de la inconsciencia del lazo que nos une. Cuidado de la palabra equivale a esmero del pensamiento propio, ampliación de nuestro mundo interior y exterior, solicitud por la verdad a nuestro alcance. También significa delicadeza en la comunicación con el otro, atención al requisito básico del acuerdo y prevención contra los malentendidos que acaban en sangre. Así lo pensó Joseph Roth: “No se profana la palabra, que era el principio, sin profanar el espíritu, la fe, la dignidad, la libertad. Sólo los esclavos esclavizan la palabra. Sólo los mentirosos la tergiversan. Sólo los enajenados perturban la lengua. Sólo quienes cometen el mal la socavan. No por casualidad los criminales profieren la consigna siguiente: ‘Nada de palabras, ¡acciones!’. Esa exclamación los delata”.

 

Pero, entre nosotros, son tantos los enemigos de la palabra sensata que enumerarlos sería el cuento de nunca acabar. Una de los desastres más escandalosos de la cruzada nacionalista en España es que hayamos olvidado esos deberes hacia nuestra lengua común –el español, claro- y los hayamos sustituido por obligaciones hacia otras lenguas, aunque no sean las de la mayoría ni siquiera las de buena parte de los pobladores del territorio en cuestión. O sea, que aceptemos someter la ‘propia lengua’ a la llamada ‘lengua propia’ de nuestra comunidad. Pocas decisiones pueden ser más infundadas y aberrantes. Se echa en falta esta línea argumental en la disputa acerca de las políticas lingüísticas en nuestro país, que la razón pública puede ya dar por perdida. A fin de cuentas, en el caso de comunidades bilingües hay deberes hacia la lengua común (de estudiarla, de rotularla, etc.) no sólo porque esa lengua hace posible la igualdad de los ciudadanos en cuanto tales, sino por ser requisito de la deliberación democrática. Más todavía, porque explicita una unidad profunda de sus ciudadanos, por encima de cualesquiera otras divisiones particulares.

 

Un pensador contemporáneo como Appiah lo deja bien claro: “El ejercicio de la ciudadanía requiere la capacidad de participar en la discusión pública del sistema político; en consecuencia, es preciso que haya una lengua que sea uno de los instrumentos de la ciudadanía: podemos llamarla la lengua política (…). La educación pública debería tener como objetivo la enseñanza de la lengua política a todos los ciudadanos”.

 

Otro de los enemigos capitales es el “experto” y, con él, los necios que consagran y adoptan servilmente su lenguaje. Ciertamente es bueno percibir el contraste entre lengua científica y lengua ordinaria. Nos conviene sin duda distinguir entre la exigencia de impersonalidad, rigor, precisión, exactitud y demostrabilidad del uno, respecto de la habitual espontaneidad, confusión, imprecisión y emotividad del otro. Esto es, entre la sujeción a normas lógicas y su pretensión de verdad frente al primado de la simple comunicación y de lo arbitrario. Pero el riesgo es que -por imitación al del científico- se entronice el estilo del (presunto) experto como el modelo a seguir para todo conocimiento. Se trata de un modelo hecho de cuentas y diagramas, de dogmas indiscutidos y solemnes evidencias, que se ufana de encampanarse sobre la incomprensión del vulgo. Más decisivo es que estamos ante algo propio del saber instrumental, cuyo único horizonte es la adecuación entre medios y fines, pero incapaz de justificar los fines mismos. O, lo que es igual, de un conocimiento puramente técnico que se atiene sólo a criterios de eficiencia, ciego para las dimensiones prácticas de su objeto de estudio y, por ello, falto también de vocabulario y categorías morales adecuadas. La jerga pretenciosa y vacía de los departamentos comerciales, de las “relaciones humanas”, de la psicotecnia y pedagogía, etc. serían su habitual escaparate. En definitiva, viene a ser el reverso de la palabra práctica (moral y política), esa que se esfuerza en explicar por qué esto es mejor y más justo que lo otro.

 

Se diría que sólo los más sobresalientes saben aprovecharse de esta ventaja, el poder de hablar. La mayoría, en demasiadas ocasiones, caemos en la cháchara y pura palabrería. Y uno se acuerda de la inscripción leída en varias iglesias románicas de su tierra: “De toda palabra ociosa darás al Señor cuenta rigurosa” (Mateo 12, 36-37).

Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.