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Es difícil abstraerse de la tragedia afgana. En apenas diez días se ha disuelto como un azucarillo en el café un plan de reconstrucción del país centroasiático de veinte años, que le costó a Estados Unidos un billón de dólares sin contar con el apoyo de la Unión Europea y de la OTAN, que causó más de dos mil militares estadounidenses muertos, un millar procedente de los países aliados, entre ellos un centenar de españoles y más de cien mil afganos. En resumen, una catástrofe que deja en evidencia el liderazgo de la primera potencia mundial y de su presidente, Joe Biden, y manifiesta por si fuera necesario recordar la debilidad y la falta de unidad de la UE en momentos de crisis mundiales.

Tantas horas de reuniones, de conferencias internacionales, de trabajosos acuerdos al límite en la ONU y la OTAN ante la vesania islámica y poner fin al terrorismo de Al Qaeda tras los atentados del 11-S no han servido para mucho. Paradójicamente, en menos de tres semanas se cumplirán veinte años de la barbarie de las Torres Gemelas y del Pentágono.

A mí la recaptura del país a manos de los talibanes me ha recordado la caída de Vietnam y me han venido a la memoria imágenes de esa extraordinaria película de los ochenta, The killing fields (Los gritos del silencio, en la traducción española) con los marines arriando de prisa la bandera estadounidense del tejado de la embajada en Camboya y llevando al embajador y al personal de la legación al aeropuerto de Phnom Penh ante la inminente llegada de los jemeres rojos de Pol Pot.

En esta ocasión es el aeropuerto de Kabul, la capital afgana, donde diplomáticos extranjeros y civiles afganos tratan de escapar tras la victoria de los barbudos. Es una huida desesperada. Vergonzante y aterrada. El Gobierno de Washington aseguraba días antes de la derrota que las milicias talibanas no tenían la capacidad que mostraron en su momento los norvietnamitas y que el Ejercito afgano les pondría las cosas difíciles. Luego los hechos demostraron lo equivocado que estaba el presidente de Estados Unidos ante la debilidad de las fuerzas del país.

A juzgar por lo que leo, parece que el envío de tropas estadounidenses y de los países aliados tras los atentados del 11-S no tenía más objetivo que acabar con el terrorismo yihadista y eliminar a Al Qaeda y a su líder, Bin Laden. Nada más. Washington, según nos explica ahora su propio presidente, jamás pretendió la reconstrucción de Afganistán y su democratización pese a que destinó ingente cantidad de dinero para el desarrollo de sus instituciones, la creación de un ejército y una policía y la implementación de proyectos que impulsaran la economía de uno de los países más pobres del planeta y que vive desde casi medio siglo en permanente inestabilidad. Todo tirado por la borda ante la falta de coordinación entre el Departamento de Estado y el Pentágono, la imposibilidad de llevar a cabo proyectos de infraestructura suscritos con contratistas y la corrupción local que generó esa falta de políticas. En eso todos son culpables, desde George W. Bush, Obama, Trump y ahora Biden.

Los talibanes aseguran que en esta ocasión las cosas serán distintas que cuando tomaron el poder en los noventa. Afirman que no vienen con la intención de acabar con la oposición, de aplastar los derechos humanos y prohibir el acceso de las mujeres a la educación y el trabajo como la otra vez. Sin embargo, como señala Mary Kaldor, profesora de la London School of Economics, cualquier impresión de que los talibanes son hoy diferentes es un puro espejismo. Su propia naturaleza, su propia doctrina radical lo desmiente. Continuarán sometiendo a la población al cumplimiento de la sharía, la ley islámica que cercena los derechos y las libertades, y especialmente de las mujeres.

Hace unos días vi en una red social imágenes del llamamiento con lágrimas que hacía una corresponsal afgana en Bruselas al Alto Representante de la UE, Josep Borrell, para que los Veintisiete no negocien con el nuevo gobierno de Kabul. Me pareció poco acertada y derrotista la respuesta de éste: “Señora, no estoy anunciando que vayamos a reconocer al nuevo gobierno, pero tendremos que sentarnos a una mesa y hablar con ellos pues tienen ahora el poder”. Más contundente fue la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, al manifestar que la UE no negociará con los talibanes mientras violen los derechos de la población local.

Sin embargo, los hechos evidencian que la crisis afgana deja muy tocada a la Administración Biden y sin duda al recién instalado titular de la Casa Blanca y también a su vicepresidenta, Kamala Harris, silente en la crisis, que tantas esperanzas despierta. Hasta su aliado británico ha cuestionado el entreguismo de Washington. ¿Y qué decir de la Unión Europea? Desde hace mucho tiempo la UE carece de liderazgo. La retirada de Merkel y la incertidumbre que significa la llegada de un nuevo canciller no facilitan precisamente las cosas.

Rusia, pero sobre todo China ven con buenos ojos el retorno talibán. Pekín ha sido más entusiasta que Moscú, pero tendrá que modular en cualquier caso su compromiso porque la ayuda al nuevo régimen de Kabul puede costarle caro internamente y dar fuerza al independentismo de la minoría islámica uigur en Xinjiang y en las demás regiones del noroeste del país.

El mundo se hace más inestable, menos seguro. Han pasado ya tres décadas desde la primera victoria de EEUU en la guerra del Golfo, la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética. En aquel entonces se nos dijo que el planeta podía entrar en una era de estabilidad y progreso como jamás antes se había visto. No fue así. Al contrario. El enemigo se hizo más difuso. Al poco apareció con fuerza el fenómeno del integrismo islámico y surgieron diversos focos de guerra más complejos que a fecha de hoy no se han apagado ni se prevé que se apaguen. La sobrepoblación, la migración del sur al norte en busca de una vida digna, los nacionalismos y ahora una pandemia viral que no parece terminar pese a la elaboración de vacunas en un tiempo récord. Todos son elementos muy perturbadores. El retorno de los talibanes a Kabul no favorece precisamente la estabilidad en Asia y de rebote a Occidente. Lo que hoy vemos como un acontecimiento lejano evidentemente está lejos de serlo.

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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