Retorno a Volterra

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Comenzamos agosto con el chef d’oeuvre de este tour toscano para dirigirnos a Volterra y a Siena. Atravesamos las colinas metalíferas entre restos de las antiguas explotaciones mineras que harían las delicias de los arqueólogos industriales que conozco, pues el aprovechamiento de estos recursos mineros llega prácticamente desde la época etrusca hasta nuestros días sin solución de continuidad. Llegamos por fin a Volterra, dieciocho años después de la primera vez que estuve aquí cuando me bajé de un autobús que me trajo desde Cecina a donde había llegado en tren desde Pisa, donde me alojaba en la casa de unos amigos. Una amiga mía, en los tiempos anteriores a Google, pintó de oídas merced a mi descripción un bellísimo cuadro de la Porta all’Arco ─una de las dos puertas etruscas de Volterra que se han conservado─ que aún debe de estar en su casa, allí donde esté su casa. De la cena en que surgió aquel cuadro, de aquella otra vida, ¿qué se hizo?, ¿qué quedó? Vuelvo al presente. M. da tanto a sus invitados que en ocasiones tiene que pararse, alejarse o recogerse en sí mismo y descansar. Creo que estoy abusando de su generosidad. Es preciso que lo deje unos días a su aire pues veo que lo necesita. No obstante, llegó el día y me llevó a Volterra y a Siena. Conociéndome bien, me recomienda que me deje de historias (nunca mejor dicho) y meta en estos fragmentos de viaje más notas personales, que puedan interesar a los demás, pues esos asuntos son, en su opinión los que las personas tenemos en común. Como si uno escribiese estas líneas pensando en que a alguien las fuera a leer o le fueran a interesar. Sería hacerse trampas al solitario y de eso creo que ya he tenido bastante. Un servidor no escribe para los demás, a lo sumo escribe para sí mismo, para poder entenderse un poco mejor, o al menos aprender algo en el intento.

Poco después de franquear las murallas, entramos un momento en la Iglesia de San Lino, el segundo obispo de Roma. Después llegamos al duomo, con su baptisterio y su campanile exentos, como en Pisa; justo al otro lado de la plaza del duomo, está la plaza del Palazzo dei Priori, con la piedra combinada con el mármol, todo mucho más austero y tosco (valga la redundancia) que en la plaza de Massa Marittima, el ónfalos de este viaje. Sentado en un banco de piedra, tomo notas sobre el régimen comunal de Volterra y contemplo los edificios de la plaza desde diferentes perspectivas; lo cierto es que termino añorando el equilibrio y la armonía de la plaza de Massa. Trato de reconocer, infructuosamente, al habitante de mi cuerpo que estuvo aquí hace tantos años; a cuánta mitología personal, por no decir autoengaño, hay que recurrir para establecer un hilo de coherencia y continuidad en el relato que hacemos de nosotros mismos. No soy la persona que estuvo aquí en 2001 y cuanto antes lo acepte será mejor. Vuelvo a la plaza de Volterra. Me llaman la atención los stemmae de las familias principales del Palazzo dei Priori, las familias que se repartían el poder en el sistema oligárquico propio de las ciudades de la Toscana. Doy un paseo hasta la acrópolis etrusca y la Rocca o fortaleza medieval desde la que se contempla un paisaje amplísimo, la tierra de Volterra, con su profusión de colores de la gama gris. Es curioso que no exista una gama de colores “Gris Volterra” como sí existe el “Rojo Siena”, pues en la tierra de Siena esa es la gama dominante. Volvería una y otra vez aquí solo por contemplar este paisaje de la campiña circundante a un lado y los tejados del caserío en torno a la catedral al otro. En la cúspide de la eminencia del terreno en que está asentada la ciudad se encuentra la cárcel y me acuerdo de un amigo que siempre tiene curiosidad por las cárceles cuando viaja, del mismo modo que yo suelo interesarme por los cementerios. Desde aquí, entre las ruinas etruscas, se contempla desde otra perspectiva la campiña de Volterra y si uno se da la vuelta puede contemplar el espectáculo del Tirreno y sus islas, Elba, Córcega tal vez a lo lejos, y puede que a la derecha Capraia. Al bajar hacia la plaza me di de bruces con la placa en honor de Gabriele d’Annunzio que estaba buscando, pues la recordaba de mi anterior visita. Allí estaba el poema Volterra del libro Laudi del cielo, del mare, della terra e degli eroi:

Su l’etrusche tue mura, erma Volterra,
fondate nella rupe, alle tue porte
senza stridore, io vidi genti morte
della cupa città ch’era sotterra.
Il flagel della peste e della guerra
avea piagata e tronca la tua sorte;
e antichi orrori nel tuo Mastio forte
empievan l’ombra che nessun disserra.
Lontanar le Maremme febbricose
vidi, e i plumbei monti, e il Mar biancastro,
e l’Elba e l’Arcipelago selvaggio.
Poi la mia carne inerte si compose
nel sarcofago sculto d’alabastro
ov’è Circe e il brutal suo beveraggio.

El poema es un auténtico sepulcro etrusco como los que recorren estas páginas y les dan nombre. A tus puertas/sin estridencias, yo vi gente muerta/de la lúgubre ciudad subterránea. Me gustaría hacer un retruécano con la frase de marras y que me quedara un “tener donde caerse muerto”, un sepulcro etrusco en Volterra, desde donde poder contemplar los montes, la campiña y el mar que no es del color del vino, el mar Tirreno, el mar etrusco: A lo lejos vi las Maremmas febriles/y los montes de plomo, y el mar blanquecino,/ y Elba y el archipiélago salvaje. Todo en el poema evoca los lugares y trabajos de la Odisea. Una odisea personal que es la odisea al mismo tiempo de todos nosotros. El poeta contempla la acrópolis de la lucumonia etrusca y el horizonte marino con los mismos ojos atentos y anhelantes de la mirada de Ulises.  El último terceto se condensa el deseo de muerto y de renacimiento en la eternidad. Y el destino final de los compañeros del héroe a manos de Circe y sus embrujos. Sí, es algo muy grande y muy hermoso regresar a Volterra. Un buen lugar para caerse muerto.

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