Retranca

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—Ya he leído lo que me dijiste del Economist. Me ha gustado.

—La primera frase es buenísima.

—Pero no es original. Yo se la leí estos días a Giles Tremlett en su libro sobre España.

 

Un día después:

 

—¿Sabes que cuando te encuentras con un gallego en una escalera es imposible saber si sube o baja?

—…

—Lo leí el otro día en el Economist. Pero vaya, que también contaba esa frase Giles Tremlett en su libro.

—Claro, es una frase más que conocida. ¿No lo sabías?

—… Él tampoco…

—Vaya dos. Mucho Economist y no tenéis ni idea de la vida.

 

Dice el citado artículo del Economist que Rajoy es gallego. Y que los gallegos son de aquella manera, eso que llaman retranca, que no sabe uno muy bien si lo que le dicen es lo que le están diciendo o vete tú a saber qué. ¿Y qué nos dice Rajoy? La revista tampoco lo tiene claro. Que sí, que a Rajoy lo de ser gallego le sirve para no aclarar aquello del rescate, que igual los señores mercados terminan por confundirse y nos dejan tranquilos –esto lo digo yo–, pero que no está muy claro si nos conviene esa indefinición.

 

 

Hasta hace no tanto las crónicas serias decían que Rajoy ganó las elecciones en un momento extraordinariamente grave. Un mandato claro para acabar con la crisis y el drama del desempleo. Algo así dijeron, y con titulares muy grandes. Aunque uno tiene la impresión de que Mariano se hizo presidente del Gobierno porque le tocaba. «Los que van a estar fijos en el Gobierno ya lo saben», le decían en una cena, sabiendo que él era uno de ellos, allá por el año 2000. «¡No jodas!», cuentan que respondió, entre ingenuo y socarrón. Once años después: vas a ser presidente. Joder…

 

Digo que uno tiene la impresión de que Rajoy llegó a la Moncloa porque le tocaba porque en efecto le tocó presidir el PP. Cuenta Magis Iglesias en el libro ‘La sucesión’ que Rajoy estaba inquieto la mañana en que Aznar le confirmó que él era el elegido. Apenas había dormido aquella noche por culpa de la conversación que mantuvo con el entonces presidente del Gobierno. Le llamaría horas después: «Mariano, te ha tocado». Y le tocó perder y volver a perder. Una vez que consiguió alejar a los lobos de las gaviotas, ganar las elecciones era cuestión de tiempo.

 

Se puso Mariano el traje de presidente y no le sentó del todo bien. Tuvo que adelgazar unos kilos para entrar en él. Más cómodo, no le ha resultado difícil recuperar esa retranca tan gallega. No llega al nivel de aquel diputado que «abusaba del recurso a su rebuscada ironía en las respuestas a la oposición hasta el punto de que fue advertido por el PSOE de que podría convertirse en el ‘bufón del reino'» (‘La sucesión’). Pero no se ha quedado lejos. Esta parrafada es la que mencionaba el dichoso ‘The Economist‘:

 

Sobre las filtraciones, como ustedes saben muchísimo mejor que yo, yo jamás he hecho una filtración en mi vida. Además, no pienso hacerla y, por eso, eso me convierte en un ser tan popular ante algunos de los periodistas que no están aquí en estos momentos. A partir de ahí, tampoco puedo estar contestando a filtraciones todos los días, porque incluso hay días que las filtraciones son contradictorias. Aquí ha salido la del fin de semana. Pues muy bien, si hay una agencia o alguien que dice que este fin de semana vamos a pedir el rescate, como dicen ellos, caben dos posibilidades: que esa agencia tenga razón y mejor información que yo, lo cual es muy posible; o que no sea así, lo cual a lo mejor también es posible o no, ¡qué más da!. Pero, si a usted le sirve de algo lo que yo pueda decirle, y si le parece que lo que yo pueda decirle es más importante que esa filtración, le diré que no. Pero, aun así, puede usted pensar lo que estime oportuno y conveniente porque, además, a lo mejor acierta.

 

Las primeras risas nerviosas de los periodistas que cubrían aquella rueda de prensa llegaron en el segundo giro. Cuando Rajoy salía del laberinto ya los había encerrado a todos allí. Se la da bien hacerlo. Cuando Rato quería ser el nuevo Aznar y luchaba por ello con Mayor Oreja y Rajoy bromeaba sobre el hecho de ser el primero de los tres en hablar en un Comité Ejecutivo del PP. Mariano fue el último en hacerlo:

 

La circunstancia de que yo hable de último no quiere decir lo que algunos estáis pensando. O no. Lo que no está claro es lo que significa que Jaime no hable ni de primero ni de último. El problema del sentido común es que hay que tenerlo y no está demostrado que yo lo tenga. Cierto es que tampoco está demostrado lo contrario.

 

Uno ya no sabe qué pensar.