Retrato de una dama

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Poco que perder, como todos los seres tímidos que son más bien peligrosos. Sensible, como las personas que han tenido la suerte de crecer sin coraza, con el corazón en el cabello, al aire. No es poco mérito ser tan frágil por dentro y haber sabido finalmente imponerse, armándose paso a paso en mil tropiezos y pequeñas humillaciones. Diría que, hasta hoy, cien veces decae y cien se rehace. ¿Poco a poco se dijo a sí misma que hay que saber cuanto antes con quién se está, con quién se convive? De ahí esa franqueza sin época, esa discreta ironía, verbal y vital.

 

Un pelo castaño abundante remata la figura esbelta. Ágil, nerviosa, con una educación tradicional que contiene la avidez indisimulable por vivir y conocer. Piel pálida, ademanes cuidados: ¿buena educación con raíces clásicas? Al pronto ella parece salida de una delicadeza ática, una coreografía de porcelana. Pero no, enseguida se ve que no. Entonces se adivina un carácter. Incluso en el abrazo franco, en la expresión sonriente de niña grande que apenas puede guardar las formas, se presiente que ha sufrido.

 

Es moderna, se ha formado a sí misma desde abajo, Desde ese suelo volcánico del que huye el orgulloso ruido público. Vamos, el tipo de persona que hace tambalear un poco las clasificaciones al uso. Por su origen social podría ser una agraciada niña bien. En su psicología, sin embargo, late alguien pegado al terreno, sin miedo de dialogar con las sombras. De hecho, su inteligencia sin escuela, y esa rapidez para improvisar, denota una infancia silenciosa, que ha tenido que rumiar hasta lo más menudo. Lo que enseguida confiesa, además, en otra muestra de que su mayor temor es no vivir, dejar pasar un tren de largo. Quiero decir, quedarse a medias en cualquier lugar donde la vida aliente.

 

Poco que perder, como todos los seres tímidos que son más bien peligrosos. Sensible, como las personas que han tenido la suerte de crecer sin coraza, con el corazón en el cabello, al aire. No es poco mérito ser tan frágil por dentro y haber sabido finalmente imponerse, armándose paso a paso en mil tropiezos y pequeñas humillaciones. Diría que, hasta hoy, cien veces decae y cien se rehace. ¿Poco a poco se dijo a sí misma que hay que saber cuanto antes con quién se está, con quién se convive? De ahí esa franqueza sin época, esa discreta ironía, verbal y vital.

 

Y tiene razón: es necesario provocar cuanto antes una mínima desnudez. Es posible que no haya otra vida, es posible que si hay un dios esté esperando en medio de esta medianía polvorienta. La simple curiosidad por saber cómo puede ser vista, ya indica que no se conoce a sí misma, que se ha negado a casarse con su imagen. Exacto, la vida comienza donde la identidad roza sus bordes. En orientación oblicua ante las alternativas reconocidas, jamás está satisfecha, confiada en el habitual narcisismo. 

 

Como toda la gente, en definitiva, que vale la pena conocer. Princesa de gobierno inestable, su reino no tiene fronteras ni se alimenta de algo que considere suyo. Más bien podría decirse que ese poder vive de una relación con las misteriosas bestias de las afueras, confundiéndose con la mugre de casi cualquier entorno. ¿Es buena madre por eso? Antes de ser madre, ya tenía hijos en cualquier criatura que se acercara necesitada de compañía.

 

¿Defectos? Claro, seguro. Los que la conocemos algo, hasta diríamos que es mejor no tenerla por enemiga. Pero con la ventaja apreciable, en este orbe sublunar plagado de zombis, de preferir el odio a la indiferencia. En el fondo, le interesan muy poco las formalidades, las medias tintas. Ella vive incluso, y así quiere a la gente, del halo de las imperfecciones, trabajando día a día los errores.

 

No cree en la neutralidad. Hay que tener ilusiones y fracasar, vivir y cometer errores. Sin prisas, hay que saber quién es quién, bajo el inevitable ropaje con que nos tenemos que vestir en las distintas escenas. ¿Amigo, enemigo, neutro? En este aspecto, al margen de unas categorías sociales que poco le interesan, no le cuesta conectar con la gente que sigue siendo elemental, que no ha drogado al niño idiota que llevamos por dentro.

 

Ella querría incluso, creo, que no se le notase una extrema, bíblica, infantil sensibilidad. Si llueve, ella también llueve. Si cruza una nube, rayando el cielo hasta entonces invisible, ella es esa nube, quiere serlo. Cuando pasa por la calle alguien desharrapado, al borde de la ruina, y esa sombra puede cruzar el día más radiante, es difícil que algo no se le remueva por dentro. Es obvio que hay que armar doblemente la cabeza cuando el corazón es así de blando.

 

Claro, comprende que hay que mantenerse, reír, luchar, actuar. Aunque no tuviera hijos, sería partidaria de un teatro mínimo para que el mundo no se pare. Y si por ella fuera, si sólo fuera por su corazón, el mundo se pararía al segundo horror, a la tercera decepción. Algo que en su caso, a fuerza de mirar y escuchar, puede llegar a veces a las diez de la mañana.

 

De ahí ese sistema óseo. Hay que seguir. Su Dios es también eso: que la fragilidad no ceda, que un David siempre pueda marear a un Goliat. De esta resolución primaria, propia de una niña que siempre ha mirado al otro lado de sus juguetes, proviene esa buena relación con los defectos clásicos de la humanidad. Y la mala relación, por tanto, con esta modernidad tan hipócrita: no rechaza el odio, ni el rencor, ni quizás tampoco la venganza. Pero juraría que es partidaria de separar al pecado del pecador, de creer que todos necesitamos una segunda oportunidad.

 

Entrañas, ya digo, en perpetua lucha con una cabeza que aconseja prudencia, ya que el día y su claroscuro es largo. Como toda la gente amable, ¿morirá sin saber mucho, sin haber entendido mucho? Tal vez como todos nosotros, pero ella sabiendo que en las plantas, en los animales y en los niños alienta una intuición que no necesita palabras.

 

Mañanas de actividad febril, con la eficacia de las personas que tienen siempre un pie fuera de las situaciones. ¿Un poco de nostalgia, a veces, a la caída de la tarde? Algunos monstruos son sólo una divinidad fatigada, en espera de una caricia para sonreír. Los que la conocemos un poco, sólo podemos desear que no abandone nunca este coraje de ser todo piel. Esta esperanza entre los dientes, en las uñas, en el cabello al caer.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.