Reventar el año

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Mi madre había venido a Nueva York de vacaciones. Yo tenía cuatro años sin verla. Recibimos el año nuevo en casa de unos primos, comimos las doce uvas y allí estaba mi madre: agarrada de dos maletitas y sonriente, parada frente a una puerta congelada y abierta, lista para dar la vuelta a la manzana con su hijo.

 

La temperatura estaba a 20 grados bajo cero y las calles estaban cubiertas de nieve. Para empeorar el panorama, en ese barrio no habían «manzanas». Las casas enormes estaban agrupadas en algo que podríamos denominar como megamanzanas. Eran pensadas para ser recorridas en auto, jamás a pie. No importaba. Muriéndonos de frío y de risa, salimos a correr con nuestras maletas, sobre la nieve. Jamás llegamos a ver una esquina: regresamos a la casa agotados, muy seguros de que aquella cábala, cumplida con cierta dosis de valentía, nos depararía aunque sea un viajecito a Boston o a Washington D.C.

 

No quiero exagerar, pero aquellos dos sujetos que corrían con sus maletas venían de una familia muy unida. Ese gesto de mi madre, aquella locura por aferrarse a las tradiciones y cábalas (por inútiles que parezcan) es la que me recuerda la importancia de las fiestas. Esa es la imagen que me viene a la cabeza cada fin de año, como un símbolo de la necesidad de acercarme a mi familia, de abrazarla, de esforzarme por estar a su lado y de desearle, a todos los que pueden, que lo vuelvan a hacer.

 

Muy feliz año.