La revuelta de los cardos

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“La democracia y la adolescencia llegaron al mismo tiempo y era fácil confundirlas.” (Alejandro Zambra en “Detrás de los retratos”, el post anterior)

 

 

 

 

 

Era la libertad. Salir en la madrugada del día al mismo tiempo que en la madrugada del país era la libertad.

Salíamos del silencio indescifrado de la dictadura, del “con ese no te juntes” sin más explicación, de las restricciones y los miedos insondables. Y salíamos al rock de Los Traidores, a gritar por las calles en grupo, en manada, “la lluvia cae sobre Montevideo, hoy como ayer”. Pero no caía como ayer. Ya nunca más iba a caer como ayer. Y eso era la libertad.

Salíamos de los bailes y caminábamos por el medio de las calles vacías, freíamos papas cuando despuntaba el sol, no dormíamos para seguir vivos, y todo eso era la libertad. Saltábamos por la ciudad al ritmo de “tirá, tirá para arriba, tirá”, gritado con la boca llena de bizcochos recién horneados, y revoleando los abrigos que sosteníamos por las mangas. Entonces nadie necesitaba abrigos más que para lanzarlos al aire en el estribillo de una canción. Porque nunca hacía frío. Ya no.

Íbamos así, victoriosos, caminando incluso por la mitad de una avenida, después de haber bailado hasta la viscosidad. Y cantando a toda voz “Viviana es una revolucionaria” o “Flores en mi tumba”. Y a nadie parecía importarle si gritábamos, si los despertábamos en medio de la noche. Porque hasta el coro que te despertaba era mejor que lo que dejabas en el sueño y que venía barrido desde atrás, de esos doce años de atrás. Y, mientras gritábamos, ensayaba imaginarme a los de adentro de las casas despertándose, dando vueltas en las camas y sonriendo, porque esos gritos significaban mucho más.

Porque sí, sabíamos que había algo más que el permiso a salir sin horario, que nuestra adolescencia liberada. Pero ese algo más era métrica en la poesía, compás en la música. Circunferencia que, más que envolvernos, nosotros envolvíamos. Celebrábamos la adolescencia y, dentro de ella, estaba la democracia incubada. Y no al revés. Entonces, no al revés. Y mientras la incubábamos, la sentíamos vibrar, y puede incluso que fuera la que agitaba los brazos que lanzaban los abrigos.

Daniel y yo saltábamos de la mano. Y esa unión prohibida —por estúpidos códigos de barrio— nos devolvía un significado adicional de todo aquello, nos hacía sentir todavía más libres, mirando los buzos y camperas de los otros volar por los aires y sonriéndonos, cómplices, sin decir nada.

Éramos el eje sobre el que giraba la libertad conquistada del resto, que gritaba y reía y volvía a nosotros dos para ver si habíamos visto aquello o si nos causaba gracia esto. Lo que nos unía a los dos, esa voluntad que desafiaba a todos, toda prohibición, era un estandarte a seguir. Y nos sentíamos fuertes caminando de la mano por el medio de una avenida y siendo el centro de una rebelión, el corazón de una revuelta diminuta.

Y, entonces, las papas fritas. Ese olor que subía entre bostezos y cuerpos que se resistían al sueño para no dejar de vivir, vivir, vivir. Subía ese olor entre colchones tirados acá y allá en el living de una casa; entre charlas en rincones y besos robados a los silencios del grupo.

Siempre vos y yo. Siempre esa emoción de fin de mundo, de amor imparable que impregnaba todo lo demás. No entendíamos nada de amor o quizás lo entendíamos todo y ya luego.

Cardos en la sequía. Foto tomada en los campos que rodean Aiguá, Uruguay, enero 2021

Estábamos juntos aunque. Y eso era ganarle a la vida, a la dictadura del “con ese no te juntes, ya vas a entender”. Nuestro amor era bandera. Era cardos violeta florecidos,

sobre el amarillo de tantos años de sequía.

Era las flores de pajarito y los cartuchos

que cortabas de los jardines y me regalabas

(nunca hortensias, porque sabías

que desdeñaba su redondez burlona).

Era los cercos y portones que saltabas para cortar,

atendiendo a que nadie te viera.

Todo lo nuestro era atravesar vías de tren a barrera baja. Borrar con goma la cuadrícula sobre la que los demás escribían. Y borrarles también todos los no que anotaban. Las notas graves de la partitura.

Vos y yo éramos nuestra propia puerta lateral a la democracia.

Y vos me escribías canciones de amor.

 

(¿Qué es Entreabierto?)

 

 

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Ana Laura Lissardy es escritora, periodista y editora independiente. Licenciada en Letras por la Università degli Studi di Udine, Italia, y máster en escritura y producción para ficción y cine por la Università Cattolica di Milano. Ha colaborando con El País (España), The Guardian (Reino Unido), la Repubblica (Italia), Gatopardo (México), DonJuan (Colombia), Etiqueta Negra (Perú), elemmental, (España), entre otras. Fue editora de Santillana. Es autora de la novela Amarillo; Vamos que vamos. Un equipo, un país; Contra viento & marea. Historias de conquistas imposibles y Ser Luis. Y coautora de libros de crónicas latinoamericanos. Dirige un Laboratorio de escritura, el club de debate de libros Libro Fórum, y el ciclo de cine y debate Cine Fórum, en Punta del Este, Uruguay. Aquí, en este blog, lo entreabierto es un libro. Cuadernos, más bien. Apuntes que escribo desde hace tiempo. Y a través de los cuáles me busco. Me busco y soy poema, reflexión, carta, video, canción, crónica, recuerdo… Me construyo palabra a palabra, en páginas en blanco. Me creo, más que crear. Aquí es dónde.

2 COMENTARIOS

  1. Felicitaciones, Ana Laura. ¡Qué capacidad para hacer sentir que también el que lee está caminando con ustedes cantando por esas calles!

    • Gracias, Matías. Qué bueno que hayas caminado con nosotros, porque era una sensación tan linda aquella.

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