Ricky 007 Una piragua en Fregéne

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UNA PIRAGUA EN FREGENE

Ricky había conseguido hablar con su antiguo amigo Diego. Todas las veces que había estado trabajando en Bogotá había intentado localizarlo, pero por diversas causas nunca lo había conseguido. Hacía mucho tiempo que se conocían y tenía necesidad de hablar con él.
La sorpresa de Diego fue enorme. No podía creer que al otro lado estuviera la voz de su amigo Ricky. Aunque era un día de trabajo, Diego quedó con él para desayunar juntos. Dijo que al día siguiente pasaría muy temprano a recogerlo e irían a una cafetería. Le extrañó que no lo invitara a su casa ya que sabía que estaba casado y Diego sabía que Ricky tenía que tomar el vuelo de las doce para Quito.
Después de colgar el teléfono, Ricky encendió un pitillo, recostó su cabeza en la doble almohada y, mientras contemplaba las espirales del humo azulado de su cigarro, se sintió en su habitación de Roma. Allí había hecho un master y compartían la misma residencia de Diego. Diego era colombiano, apenas tres años menor que él. Habían sintonizado y simpatizado desde el primer día que se habían conocido. Jugaban al tenis en los pocos ratos libres que podían encontrar. Se escapaban a Ostia y a Fregene. Sobre todo, recordaba un día especial en esta playa en la que Diego tuvo que esconder su sotana en unos matorrales. Él era estudiante de teología en la universidad Gregoriana y se estaba preparando para ser sacerdote.
Habían llegado a Fregene en un autobús y al bajar se dirigieron por la carretera, más allá de la entrada principal de la playa. Sin decir ni palabra, con toda naturalidad, se despojó de su sotana, y escondió todo en unos matorrales, y en traje de baño, acompañó a Ricky a caminar por la playa. Recordaba muy bien ese día por una música que, a través de unos altavoces cercanos a un merendero, oyó Ricky por primera vez y que, con el tiempo, le haría estremecerse. Era aquella canción que dice “cuando calienta el sol aquí en la playa…”
Aquella mañana corrieron por la playa, jugaron al voleibol con unos muchachos que encontraron allí; nadaron todo lo imaginable y alquilaron una piragua de dos plazas. Como es natural, nunca habían remado juntos. Por eso, Ricky se había puesto en el asiento de atrás para dirigir y gobernar, pensando que, al ser Diego de Bogotá, no estaría habituado al mar y no sabría gobernar la piragua. Ricky se sentó allí porque sabía por experiencia que no era la fuerza, que no era la profundidad a la que se hundía el remo, ni siquiera la velocidad, lo que le daba a la piragua ese deslizarse casi sobre el agua y el no variar el rumbo, sino que era el ritmo de los remeros hasta el extremo de que, en las traineras, la figura más importante era la del que iba al timón animando, controlando, haciendo de esos hombres un sólo impulso, un sólo movimiento. Pero cuando las piraguas eran de dos, Ricky sabía que bastaban unos segundos, que uno de los dos hundiera más que el otro los remos o que tardara unas fracciones de segundo en sacarlo del agua, para que se variase el rumbo. Era ese ángulo al sacar el remo del agua, no vertical, sino levemente inclinado, como el nadador que a crawl sabe exactamente el ángulo que tiene que darle a su hombro y a su brazo desde la espalda y exactamente cómo tiene que virar, voltear la mano, nadando de espalda, para hundirla vertical y el giro de movimiento, como un paso de ballet, que se hace bajo el agua, nadando de espaldas.
Sabía que se podían corregir las imperfecciones de los remeros que van delante, acompasando el golpe del remo, su cadencia, compensando los excesos o los defectos del otro remero. Su sorpresa fue grande cuando vio que las paladas de Diego eran perfectas, sincrónicas, medidas y armoniosas. Parecían surgir no de un esfuerzo, sino de un aliento.
Nunca olvidaría Ricky aquella mañana. Caía el sol a plomo en Fregene. Diego estaba en plenos exámenes y Ricky terminando su trabajo en el master. Las gotas de sudor corrían por la espalda de Diego que no volvía la vista atrás, sino que seguía el ritmo con un compás perfecto. Hubo un momento en que Ricky se dijo: «Un hombre que rema así tiene que tener bien estructurada su mente, armoniosamente integrada su personalidad».
Fue probablemente aquel día cuando Ricky empezó a admirar a Diego. Pocas cosas hay que unan más a los hombres que la admiración. La pasión es efímera. Las relaciones que surgen por el interés o por la utilidad duran lo que dura el objeto de las mismas. Mientras que la admiración va enriqueciendo tanto al que admira como al admirado. Es un tema sobre el que a Ricky le gustaba pensar. La clave de la virtud en la juventud estaba en mantener viva la admiración por todo lo que sucediera, por todo lo que sucedía. Saber encontrar el lado íntimo de las cosas, el sentido más profundo de la realidad y también el rostro originario, como comprobaría cuando frecuentó la sabiduría oriental.
Así, aquella espalda que, al compás de los brazos, de los dedos, de las muñecas, deslizaban la canoa hacia el frente, hicieron que Ricky se olvidara del tiempo. Y se olvidó del tiempo por una razón. Porque era uno de esos momentos de eternidad, uno de esos momentos de paz, de quietud, de silenciosa armonía, en la que en cierta manera el mar era la vida y la canoa que los llevaba era el planeta tierra. Se diría que ellos, que no hablaron durante toda la travesía sintieron al unísono que estaban realizando algo en común. Era como el surco que el arado traza en la tierra, hendiéndolo por la fuerza, no sólo de los bueyes, sino del hombre que inclinándose sobre la tierra va manteniendo la firmeza del trazado.
Ricky no podía calcular ahora, en el hotel de Bogotá, cuánto tiempo estuvieron remando. Fue un momento en el que Ricky hubiera dicho que no tocaban el agua, que se deslizaban sobre ella; que la diferencia entre agua y cielo, entre sus cuerpos y la piragua, no existía. Fue un momento de eternidad, como si estuvieran suspendidos en el espacio, habiendo superado al tiempo. Era la tempiternidad. Aquella velocidad era exacta a la que latía en sus corazones.
Aquellas gotas de agua que se deslizaban por los bordes de las palas del remo eran como el suspiro y el aliento de sus propias vidas. Fue un momento inefable, un momento en el que la luz que brillaba sobre el mar no les cegaba, en el que el sol que quemaba no les abrasaba, en el que el sudor que corría siguiendo la curva de las cejas, por las mejillas hasta a la barbilla, no les agobiaba. Fue ese instante semejante al que el corredor de fondo alcanza cuando ya es todo armonía y el cuerpo se desliza casi sin hacer esfuerzo. Se diría que podría seguir corriendo eternamente.
Ricky se dio cuenta de que les estaba sucediendo a los dos. Era en cierta manera como ese instante preludio del orgasmo, como ese momento en el que se suspende todo y llega la divina epilepsia. Ricky sabía que tenían que virar. No podían seguir. Es el peligro de las grandes cabalgadas, con ese vértigo inefable del galope, cuando se produce el equilibrio de las patas del caballo, cuando uno siente la tracción trasera, cuando uno sabe que todo el cuerpo del caballo es uno con el del jinete, que no hay un solo bote del jinete sobre la silla, que es el cuerpo, que es ese limpiar la silla, sacarle brillo. Cuando uno se da cuenta que tiene que volver grupas, porque todo lo que el caballo galope en una dirección tiene que repetirlo en la opuesta y no se puede pedir a ese animal más que la mitad de su esfuerzo, para que pueda rehacer el camino.
En cambio, en la piragua, no era sobre un caballo sino sobre el esfuerzo de dos seres que no se habían atrevido, en los meses que llevaban conociéndose, a expresar sus sentimientos con la firmeza, la claridad, la transparencia, conque lo estaban haciendo en el silencio mágico de aquel remar en esa piragua.
No sabía Ricky por qué en aquel momento recordó una idea que le obsesionaba. Él creía que algunas muertes en accidente de carretera, se debían a un momento de éxtasis o de vértigo o vaciamiento interior a causa de la velocidad; por sentir que uno se fundía con el bólido, con la carretera, con el aire y con la muerte.
A la mañana siguiente, Ricky ya estaba esperándolo en la puerta de su hotel preguntándose cómo le encontraría Diego a él.
Mientras desayunaban, Diego le contó que su mujer trabajaba en una empresa explotadora de petróleo y que él trabajaba en un departamento ministerial, en la sección de encuestas. A Ricky le pareció un trabajo ajeno a la finura artística, al genio, a las calidades y a los estudios de Diego. Pero prosiguió «Ricky, ¿sabes cuándo supe que éramos amigos y lo seríamos para siempre?» Ricky contestó sin vacilar «En Fregene, cuando nos deslizábamos con aquella piragua”.
Ricky le dice: «He regresado porque sentí que me habías llamado».

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

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