Ricky 018 «Cinamono»

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Tan pronto llegaba al hall del Hotel «Camino Real», en Guatemala, caminaba lentamente desde la entrada principal a recepción y desde recepción hasta el restaurant. Recorría el trayecto muy despacio dos o tres veces, atardándose, mezclándose entre las gentes. Allí estaba ella. Llevaba un traje sastre, color marrón claro, tela gabardina, como la que corresponde al trópico. El pelo cortado y ese toque de coquetería que nunca le faltaba. Un pequeño sombrero con el ala ligeramente inclinada, no tanto que no se dejaran apreciar sus ojos, sombreados tanto natural como artificialmente. Tenía las piernas perfectas y estilizadas. La falda cuatro dedos por encima de la rodilla. Zapatos de Boxcalf, de tafilete, perfectamente a juego con el bolso y los guantes. Ella solía decir que la elegancia de una mujer se mide por los cabos, es decir, bolsos, zapatos y guantes. Los guantes, como es natural, del poco uso eran, casi inservibles, pero a ella le gustaba llevarlos, en su mano izquierda, moverlos. Siempre decía que sin guantes se encontraba desnuda. Así fue como realmente la conoció Ricky.
Fue en el Hotel «Camino Real» de Managua que está junto al aeropuerto. Una avería en el motor de su vuelo hizo que Ricky fuera llevado por la compañía a almorzar en el hotel. Ricky no quería almorzar, prefería darse un baño en la piscina. Era una piscina exótica, con palmeras, con buganvilias, llena de flores, con una pequeña brisa. Roy se asentó para seguir los juegos olímpicos mientras degustaba una inmensa hamburguesa y unos sandwiches, junto con una coca-cola muy helada, granizada. Cuando Ricky le dijo «voy a dar un volteo», Roy lo miró y sin saber por qué le dijo: «¡Buena caza!». Y lo pronunció en francés. Ricky reía mientras pensaba: «Este Roy tiene cosas…».

Bajó. Desabrochó su camisa. Se quitó el pantalón y, felizmente, llevaba unos calzoncillos de rayas rojas, azules, blancas, multicolores: de esos que uno se compra una vez en la vida. Y, no sabe por qué, en lugar de salir por la puerta derecha que sale a la piscina, salió por la izquierda y, sin saber por qué, subió unas escaleras y, sabiéndose confundido, avanzó y entreabrió una puerta. No sabía si estaba realmente confundido o si era una atracción. Allí estaba ella.
Ricky no sabía qué iba a decir, pero la mirada de ella, envuelta por una batita transparente, le dejaban adivinar al trasluz todas sus formas. Esto hizo que Ricky no cerrara la puerta tras haber pasado. Ricky dijo: «Creo que me he confundido». «Depende de lo que vaya usted buscando». respondió ella. Siempre era así de enigmática. «¿Está usted sola?», dijo Ricky. «¿Ve usted a alguien»?, contestó. «No hace falta ver para presentir», dijo Ricky. Empezaron a aletear las ventanillas de su nariz. Entonces, con voz dulce, ella, mirándole con sus ojos de gacela asustada, le dijo a Ricky:  «Pásele el cerrojo a la puerta, y la cadena también». Ricky comprendió que el famoso calzoncillo iba a ser de poco uso para la piscina del Hotel. Curiosamente, algo había de él que a ella le hechizaba, porque, cuando él consiguió quitárselos en un momento agitado del juego, ella no le permitió que se separase de su prenda. Ricky pensó, que… bueno. Pero que no tenía mucho tiempo.

Hacía tiempo que Ricky no recordaba un juego amoroso tan bonito. Tan lentamente apasionado. Era por una parte el morbo del avión que tenía que partir y, por otro lado, la firmeza y destreza de esas manos de mujer que olían a canela, (evidentemente usaba un perfume con esencia de cinamomo). Lo más curioso es que ella se empeñó en que hicieran el amor con calzoncillo puesto. Una experiencia inédita. Precisamente ella manipuló y jugó para que se abriese la vertical y toda, toda su virilidad estuviera fuera. Sonreía él por dentro, recordando como había leído en el Kama Sutra, que a veces incluían un cierto círculo o goma, o cinta, para mantener más tiempo la erección. En aquel momento que precedía al éxtasis todo eran bajas ideas, confusas ideas rosas, fucsias, con olor a canela. La tersura de su piel era como la de un melocotón. «¿Alguna vez has probado un melocotón espolvoreado con canela?», dijo Ricky. «Joer, Ricky, ¡qué cosas tienes! ¿Ha habido buena caza?» «¿En que lo notas?», preguntó Ricky con tono satisfecho. «¿En qué quieres que lo note? -dijo Roy-. «Nunca he visto una persona que venga a bañarse con un olor tan fuerte a cinamomo, y regresar con los calzoncillos en la mano».

Aquella tarde, Ricky la vio sentada en aquella zona rectangular que conduce a la piscina en el Hotel «Camino Real” de Guatemala. Ella no parpadeó, pero de nuevo aletearon las ventanillas de su perfecta nariz: como ejecutando la escena largamente preparada, pero con un toque de improvisación sacó de la pitillera un encendedor que, obviamente, había dejado caer al suelo. Ricky avanzó sin inmutarse, se inclinó a recoger el encendedor en el suelo y sintió el embriagador perfume a cinnamon que subía de sus caderas y le dijo mientras lo tendía en el cuenco de su mano: “¿Es esto lo que buscaba?”. Ella dijo: «Sí gracias. No me había dado cuenta». Ricky encendió su largo cigarrillo turco emboquillado con pétalo de rosa, y después de respirar hondamente, de retener el humo y antes de expulsarlo le dijo: «Calzoncillos de rayas, lamentablemente no estoy sola». Después expiró el humo con toda voluptuosidad. Mientras Ricky sentía acelerarse el pulso en sus ingles y en sus sienes y en su pecho, se retiró, siguió caminando y se dirigió hacia el bar. Pidió el consabido «Tom Collins«, bien cargado, y mientras veía a un negro jugar sobre la piel de un tambor con unos dedos expertos, en sus sienes latía el olor de aquella mujer, los pulsos de aquella mujer que tan ardientemente había besado.

Aquel cambio de aviones en Managua … quiso alejarla de su mente. Cuando bajó Roy quiso irse a cenar y cuando estaban en el segundo plato, sin levantar los ojos del plato Roy le dijo: «¿Crees que no me he dado cuenta?». Y Ricky, al que no le gustaba que jugasen con él al gato y al ratón le dijo: «Suéltalo ya: ¿Qué me quieres preguntar?» «Nada, -le contestó Roy-, que si en el helado quieres también cinnamon.» «Roy, me has estado espiando.» «Te aseguro que no». «Llevas todo el rato hablándome de canela y cinnamon». «¿Cuánto tiempo llevamos juntos viajando por toda América?» «Ni lo sé ni me importa, Roy». «Has pedido un Sirlon steak a la canela, en vez de a la pimienta. Ricky, ¿quién es ella? ¿Dónde la habías visto antes?» «¿Cómo sabes que la había visto antes?» «Tu vida Ricky, hace tiempo que es como un libro en dos volúmenes, y a mí me ha tocado vivir el segundo volumen. Pero tengo la sensación de que algunos capítulos se repiten de una u otra manera. Teniéndome a mí como testigo y, quizás, como sereno tranquilizador de tu conciencia». «Porque te empeñas en saberlo todo. Fue algo pasajero. Un reencuentro. Era otra mujer, otra persona, otra…». «¿No tendrá que ver con la mujer del cinamomo?». «Sí Roy, sí. ¿Cómo voy yo a ocultarte que aquella experiencia en el Hotel “¿Camino Real” de Managua, me marcó porque aquella mujer me recordó en cierta manera a Eliantú”?

«¿Te recordó a ella? ¡Cuidado Ricky, cuidado! «Tienes razón,” contestó Ricky.

Pasaron a tomar una copa escuchando música, y caminaron alrededor de la piscina. Ricky se sentía capaz de bañarse y de tumbarse en las tumbonas bajo las estrellas en el cálido clima de Managua, casualmente con un cielo estrellado. Sin saber por qué, Roy comenzó a desvestirse. Como se sabe, las piscinas de «Camino Real”, en Managua, están al aire libre y tienen agua caliente las veinticuatro horas del día. Roy en calzoncillos se metió en el agua y Ricky le observaba muy lentamente. Fue entonces cuando una mezcla de recuerdo lo tenía embelesado y sintió de repente que le caía en toda la cara el calzoncillo de Roy que era de rayas rojas, verdes y azules, y como compraban todo juntos, aquel día llevaba Roy aquel modelo.

Al cabo de un rato estaba Ricky nadando en el agua también desnudo, tendiéndose los dos boca arriba, chapoteando como delfines, zambulléndose como niños. Cuando en la noche miraban boca arriba en el agua caliente, Ricky le dio a Roy: «No te separes nunca. Para mí el olor de la compañía sigue siendo tan fascinante o más que el de las mujeres».

A la mañana siguiente Ricky y Roy salieron apresuradamente con su equipaje camino del aeropuerto. Tenía pensado Roy hacer unas tomas de Tikal y Ricky le acompañaba para pasear por el borde del lago, para caminar. Tenía ganas de perderse en la floresta.

Al subir al avión se encontraron con ella, que llevaba unas grandes gafas de concha. «Hola Roy». Un traje de seda, perfectamente ajustado al cuerpo, con todo el desenfado que ella era capaz, con un fular azul noche sujetaba sus cabellos. Él pasó como sin darse cuenta y la azafata le dijo «Señor, ¿no le importaría cambiar su asiento con el del acompañante de esta señora?». Él dudó, en un momento que le pareció eterno. Pero al final dijo: «No. Prefiero ir con mi compañero». Ella le miró torva, felinamente, sin decir nada. Cuando se cruzaba con Ricky y mojaba sus labios en la naranjada, Roy le decía: «Es pertinaz». «Sí, Roy, es pertinaz y, hace años, yo no lo hubiera podido resistir. Quizás por la atracción de aquella mujer, por la morbosidad del misterio, ¿por qué me sigue, si yo he roto con este tipo de personas, como ya sabes, y nuestra vida es viajar y escribir, y recuperar el tiempo?

Recuperar esa identidad perdida, en busca de ese rostro originario que a ti y a mí nos obsesiona. Recuerda Roy, cuando nos volvimos a encontrar que éramos como dos náufragos, que después de la tempestad, aparecimos agarrados del mismo madero en la inmensidad del mar. Hoy ya no somos náufragos, ni andamos a la deriva. Hemos sido lo suficientemente hábiles como para subirnos encima de nuestro madero y hacernos amos de nuestra vida y de nuestro destino: No pienses más en ello. Un buen periodista sabe disimular sus sentimientos, porque a ti se te nota rápidamente cuando estás triste, y digo triste por no decir algo más. Roy se rió, se arrellanó, y como era su costumbre, a los tres minutos estaba dormido.

Bajaron en Tikal. Apalabraron al guía para el día siguiente. Dieron un paseo largo por el invernadero. Cenaron espléndidamente con el vino preferido de Roy: un fino Chabliss del ochenta. Fue cuando iban a acostarse que Roy le dijo: «Estáte seguro de que ella está aquí. Y sé que nos está siguiendo. Esta es la mujer de Managua, ¿verdad?. «Sí». «Pero el primer encuentro fue casual, tú te equivocaste de puerta, no hubo mensaje, no hubo nada… fue incidental. No estaba prevista la parada, ni la comida en el Hotel «Camino Real». Podías haberte quedado como yo, comiendo hamburguesas y coca-cola, viendo los Juegos Olímpicos». «Cierto». «¿Por qué en el “Camino Real”? Fue sólo el recuerdo de una hermosa y placentera experiencia sexual. No se entiende, y a Ricky no le pasó desapercibido que Roy echó un doble candado a la puerta. A la mañana siguiente, cuando Roy, como solía, pidió por teléfono los zumos de frutas que tanto le gustaban a Ricky, y se entretenía especificando que a Ricky le gustaban la mezcla de guayaba, mango y una decena de frutas, que eran, como solía decir, su ”reservorio de minerales para todo el día” notaba que en la persona que le estaba tomando la comanda había una cierta agitación. Sin poder remediarlo le dijo: «Por favor, ¿le ocurre algo?». «No señor -contestó-. Me podría repetir la combinación». «No. No repito nada. Haga la mezcla de todas las frutas que quiera y no añada ni hielo ni agua. Súbalo después al 309.»

Ricky permanecía boca arriba, y curiosamente, antes de desayunar, tenía un pitillo en los labios, en silencio. Roy conocía los silencios de Ricky y sabía que a él le agradaba que se los respetasen. Al cabo de un rato, unos nudillos en la puerta. Roy se levantó, descorrió el cerrojo y entró un camarero: “Sus zumos señor”. Roy, al notar cierta agitación, preguntó: «¿Ocurre algo?»  «Pero, señor, ¿no se ha enterado? Una mujer ha aparecido flotando muerta en el agua».

«¿Una mujer muerta en el agua? ¿Hace mucho?».  «Esta mañana, señor».

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

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