RICKY. 020 «CAMINO DE IGUAZU».

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Los antiguos, en todas las religiones y culturas, habían descubierto el camino como vía de libertad, como forma de salir de sí mismo, como vía para romper con lo monótono, con la rutina. En cierta manera, cuando uno quería conocerse a sí mismo “se ponía en camino”.

El Conde de Keyserling dice en su libro «Viaje alrededor de la tierra»: «El camino del corazón pasa por dar la vuelta a al mundo«. Ese camino del corazón es el mismo que en Popop Vohl, el libro santo de los Mayas se ubica en la intersección de la duda. Dice el libro santo de los Mayas: «Si alguna vez te encuentras ante dos caminos y no sabes cuál de ellos elegir, si uno de ellos tiene corazón elige siempre el del corazón».

El corazón, no en sentido sentimental, sino en el de la intuición, que es una de las capacidades humanas más augustas, donde reside el eros, el pathos, en oposición al logos que todo lo mide y todo lo controla. Por eso, cuando uno “se pone en camino” hace una peregrinación al interior de sí mismo, pero sale de sus gentes, sale de sus costumbres, sale de sus comidas y de sus tradiciones, sale de su familia y de sus amigos.

Las peregrinaciones, en todas las religiones, han sido siempre a lugares “santos”. Santos porque en ellos ha vivido un maestro, un marabú, un hombre santo. Todavía en el norte de África existen los famosos Marabú que señalan donde vivió y oró, o pasó en tránsito un hombre santo. De ahí, que esas peregrinaciones, cuando uno las busca en la historia, en Mircea Eliade, por ejemplo, hay alguien que se pone en camino. A veces era un hombre dotado de poderes que caminaba y caminaba hasta encontrar un lugar como «Tiwanacu», en Bolivia. O que caminaba y caminaba hasta encontrar un lugar como «Cochasqui», en Ecuador. O que caminaba y caminaba hasta encontrar un lugar como «Machu Pichu», al pie del «Waina Pichu», en Perú. El Waina es la verdadera montaña sagrada, la montaña joven. Y es a unos doscientos metros de este monte donde se descrestó «Machu Pichu».

En la Edad Media también los Abades, cuando tenían que fundar otro monasterio, mandaban a un monje experto en hierbas, experto en aguas. Dicen las crónicas que, uno de los aspectos más importantes a la hora de edificar un monasterio, era la calidad de las aguas. Nos sorprende ahora, con tanto adelanto científico, la variedad de aguas que en la antigüedad eran conocidas para los iniciados. No sólo desde el punto de vista medicinal, sino desde otros muchos puntos de vista, el empleo del agua era mucho más conocido por ellos que hoy en día por nosotros. Y esos monjes eran itinerantes, e iban caminando hasta encontrar unas aguas determinadas que obedecían a un entorno determinado en las diversas estaciones. Abrigado de los vientos del norte, abierto al medio día… era un lugar donde la comunidad que se trasladase allí pudiera autoabastecerse. Sembrar los campos, tener molino. Abasto de agua y de pan. La tienda de abastos viene de esta raíz, como también el verbo abastecer. Ese monje, después de haber visto el lugar, y consultados los astros, por las inclinaciones, como los incas, los caldeos, los asirios o los egipcios, el estudio de los astros era necesario, no para conocer el futuro o adivinar, sino conocer las fechas de las cosechas: cuándo sembrar y cuándo recolectar. El estudio de los Incas y los Mayas nos demuestran que de recoger el trigo o los cereales en tal o cual día, surgía el pulgón y las enfermedades, mientras que, en otros casos, si la recogida había sido eficaz, el grano podía aguantar hasta treinta años si la ventilación era buena.

Es impresionante, cerca de Cuzco, en una ciudad santa preciosa, hay, en el pico de un monte, unos edificios que le obligan a uno a preguntarse: ¿Cómo pudieron subir hasta allí? ¿Para qué? ¿Por qué allí? Eran silos donde mantenían los cereales y por las brisas y por el sol en invierno se podía mantener abasto de cereales y de grano en buen estado largas temporadas, incluso años. Por eso, los lugares santos han sido santos por muchas razones: a veces, porque en caso de sequía o de ruina eran la última esperanza para sobrevivir. También cultivaban plantas medicinales, como hemos visto en «Cochasqui», en el jardín que Fritz construyó imitando a los antiguos, donde se tenían plantadas cantidad de hierbas medicinales autóctonas y también aquellas que introdujeron los españoles. Plantas medicinales, aguas, orientación a los vientos, abrigo de los vientos y tierras apropiadas, para autoabastecerse y no necesitar de los demás.

Cuando ves la situación de los templos en el Himalaya. Cuando uno ve la situación de los templos en China o en India, cuando ves cómo los caldeos y los asirios construyeron sus mastabas y sus centros astronómicos, no es que vivieran allí. Las ruinas no nos dan pie para decir que vivieron así. Existen en muchos lugares, como en «Cochasqui», los restos de algunas chozas encima de las pirámides, donde los sacerdotes esporádicamente pudieron residir, los astrónomos, los chamanes, los reyes… los que estudiaban el curso de los astros para predecir las mejores fechas para la agricultura. En el fondo, todo este desarrollo arranca y es sistemático desde que el hombre deja de ser nómada y se hace sedentario. Es el paso del Paleolítico al Neolítico. Cuando el hombre se dedicaba a la caza era el instinto de los animales el que buscaba los pastos. El hombre no se equivocaba nunca en el Paleolítico siguiendo a la caza y siguiendo la maduración de los frutos y de las bayas, las que cogía con las manos porque no era un «homo Faber». El hombre no supo que podía hacer «cosas» para servirse de ellas hasta el Neolítico, y así hacía armas para limar, para hacer lanzas, cuchillos de cabeza de obsidiana. Es cuando el hombre se hace sedentario, cuando el hombre comienza sus peregrinaciones. En el Paleolítico, es nómada y no necesita hacer peregrinaciones. Aunque, desde luego, los nómadas posteriores tenían lugares de encuentro, lugares de reconciliación, de comercio y de casamiento. Todavía por el Sáhara se ven lugares donde se concentran en épocas propicias, las tribus y que han sido hechos lugares de paz, como en Grecia ocurría con las Olimpiadas, donde al competir deportivamente se hacía la paz. Al fin y al cabo, el mejor sustituto de la guerra es el deporte. Cuando los hombres en la Edad Media inventan las justas y los torneos, sirven para desfogar ahí todos sus instintos sexuales y de poder que se transforman, no en la conquista de la dama y el abandono de la fuerza, en la lírica, cuando surge toda la poesía Provenzal, las trovas, que coinciden con los juegos florales y los del Gay saber, y que coincide, sobre todo, con el cese de la guerra.

Así, a mí se me ocurrió esta noche que podíamos transformar este viaje… Después de que estos pueblos se hacen sedentarios es cuando surge la necesidad en ellos de volver a la cuna de la que partieron, lugares para ellos especiales. Por ejemplo, los judíos tenían lugares que señalaban el camino desde Abraham, en Ur, hasta la tierra prometida en Canaán. Ahí estaban Bersebá y Betel: lugares donde él tuvo experiencia de su “dios”, o de plenitud personal, y que le dieron confianza en sí mismo para acrecentar, en paz y en seguridad, a su pueblo. (Bueno, y con todas las artimañas, falacias, muertes etc que se les ocurrieron y que luego “transformaron” en “divinas” y hasta se inventaron el nombre impronunciable y al que sustituían por “Adonai” u otras semejantes para no ¡pronunciar! El nombre sagrado, para ellos, claro. Por eso, lugares como el Sinaí, como Ebrón, como Bersebá, como Betel, y luego Jerusalén, de modo paradigmático, van a ser lugares de encuentro. De ahí que los judíos suban dos veces al año a Jerusalén, y al menos una obligada, por la Pascua, para recordar el paso, cuando fueron liberados de Egipto. El hecho de volver significa restablecer el Pacto. Al fin y al cabo, sostienen que hubo una elección que siempre es libre, un pacto, que tiene contraprestaciones, y en el pacto siempre hay uno que falla. El que falla siempre es el hombre. Nunca es Dios. Por eso todo el mensaje de la Biblia viene a decir que el impronunciable «Yahvé» es El Señor. Yahvé es fiel. Nosotros somos sus hijos. Nosotros somos infieles: esto es todo el Antiguo Testamento. «Yahvé » me eligió. Hicimos un pacto de amor. El pueblo, yo, prevariqué. Él volvió. Me sedujo en el desierto. Restableció la paz. Me castigó, pero no me aniquiló. Toda la experiencia de Egipto es un camino, un Éxodo, (exire, salir de un lugar). Por eso, una peregrinación es volver a repetir los pasos de un encuentro. Los pasos de un Éxodo, es casi repristinarse. Al fin y al cabo, el paso del mar rojo es un bautismo, como después lo será el Jordán. Los padres de la Iglesia identificaron el mar Rojo con la sangre de Cristo. El hombre pasa por el Mar Rojo, se purifica y se pone en camino hacia la tierra prometida. El hombre pasa por el corazón de Cristo, «en sus llagas hemos sido curados», dice Isaías, y «él tomó sobre si nuestras culpas». Por eso, la vida del hombre es un caminar siempre. Ya lo decía a su manera Albert Camus: «El hombre está en el exilio«. Hay un reino. Esa dialéctica entre el exilio y el reino supone la tensión de la vida. ¿Qué distingue al hombre culto del que no lo es? ¿Qué diferencia al necio del sabio? El sabio está convencido de que está en camino. Sabe que aquí no tiene morada permanente y sabe que la vida del hombre es un caminar hacia el reino. De ahí la última colección de artículos de Camus «El exilio y el reino» El hombre toma conciencia de que está exiliado, no hace aquí morada permanente. Toma de las cosas, las usa, siembra, no se hace con la propiedad de la tierra, como los Germanos, que la araban, la cultivaban, pero no la poseían. Hasta que se hicieron sedentarios y entonces, vino una de las grandes causas de desgracia del hombre: la propiedad de la tierra, como dijo Rousseau. Una de las mayores causas de infelicidad del hombre es la propiedad. Aunque digan que es de derecho natural. Si fuera de derecho natural también los pobres tendrían derecho a la tierra, y sólo lo tienen los ricos. No, el que no tiene, ¿hasta qué punto está obligado a respetar al que tiene? Cuando son cosas de la madre naturaleza, las cuencas de los ríos, los montes o los valles… Tengo dudas sobre la legitimidad de la propiedad de la tierra.

Cuando los judíos habitaron la tierra prometida se la repartieron por tribus, según la capacidad de trabajarla que tuvieran, y nadie podía vender la tierra o comprar la tierra de otro. A los cincuenta, y a veces a los siete, años venía un año de «Jubileo» en que la tierra volvía a sus antiguos amos. Igual ocurría con el hombre esclavo. Volvía a la libertad con el Jubileo. La ley del jubileo era una de las instituciones sociales más impresionantes del antiguo Israel, pero, por el egoísmo de los fariseos y la interpretación de los escribas, se convirtió en papel mojado. Por ejemplo, en el antiguo Israel, no se le podían pedir intereses, por que todo es de «Yahvé»: «mío es el cielo, mía es la tierra, mío Manases y mío Galaad. Efraín la jofaina donde me lavo«.

¿Qué es tuyo, hombre? Tu tienes para usar de él, pero nunca en detrimento de tus hermanos. La interpretación judaica, farisaica, fue que yo te vendía una tierra en trescientos denarios, pero en el título aparecían trescientos cincuenta. Por eso, en la parábola del mayordomo infiel, que creemos que Jesús alaba a un mayordomo golfo, le dice: Tú, ¿cuánto le debes a mi amo? – mil. Pues pon 500. Y tú ¿cuánto le debes? – 500. Pues pon doscientos. A los que le debían dinero a su amo les perdona los intereses, por eso el amo no pudo protestar del criado infiel, porque no podía llevarlo a los tribunales. Es importante tener en cuenta las palabras del Rabí Jesús en el contexto judaico verdadero.

Todo lo que significa cambiar las leyes según les convenían a los arios, que eran menos numerosos que los Indostanos, se inventaron el tema de las «castas». Les decían: «luego tú, si tienes paciencia y aceptas tu condición humilde, en el Sansara, te purificarás y tal…». Así, muchas veces los hombres han hecho las leyes y las han llamado moral. En cada religión, lo que se hizo con el decálogo, fue consolidar situaciones de hecho. Todo es relativo, pero unas veces unas situaciones son más importantes que otras y, a veces, hay que defender a los ancianos, y a las doncellas, y a los niños, y a la viuda y, por ello, habrá que hacer leyes adecuadas, pero en el fondo es el mismo ser humano. El tema de la propiedad privada es muy importante y apasionante y de cara al futuro, con los planteamientos ecológicos: habrá que sacarlo a relucir. Si no lo hace la Iglesia lo sacarán otros: ¿por qué el Amazonas es del Brasil? ¿Quién es Brasil, y por qué puede este ente abstracto que no existe, deforestar unos terrenos que nos “pertenecen” a todos? ¿Quién le dio a Brasil la potestad sobre ésto, si Brasil es una entelequia? Todo esto hay que hablarlo. Igual ocurre con las fronteras. Que haya grandes masas desheredadas inactivas, en el margen del río Paraguay, ¿es de derecho natural que esos hombres se alcen y tomen el uso de las tierras? Pero, entonces, vendrá en ejército y los ametrallará.» (Que les pregunten a los palestinos, entre muchos otros pueblos) ¡Porque las cosas son del que las necesita, y no del que las tiene! “El uso de las cosas no daña a otro.»

Hoy se me ha ocurrido como cima de los dos meses, como parte del viaje en el que hemos ido tomando notas y mensajes, que todo esto es como una navegación. En las navegaciones sólo se puede navegar desde que sale el sol hasta que se pone. Eso se llama singladura. Entonces, un barco y una nave, símbolo del ser humano, tienen diversas singladuras. Una es a Machu Pichu. Otra es a Cuzco, otra es… entonces, uno no lo toma como partes individuales sino como un conjunto. Si nosotros vamos a hora a «Iguazú» como de excursión, en nada nos distinguimos de los americanos. Si nosotros nos vamos a Machu Pichu y manchamos con una botella de «coca-cola» el suelo estamos profanando, como se profanan un altar o a una doncella. Es decir, la naturaleza es la rencontre, el lugar de encuentro del hombre con Dios. Los antiguos subían al Himalaya. Subían al Tíbet o al monte Sinaí. Subían montañas y se postraban ante los fenómenos de la naturaleza: el rayo, el trueno, la catarata, el sol. Los antiguos no eran idiotas (de idiotés). Ellos sabían que la catarata o el sol no eran Dios. El gran Dios era «Wiracocha», pero esto sólo lo conocían los nobles y los iniciados. El pueblo siempre se ha arrodillado ante cualquier cosa, una santa Margarita, el Sol, los rayos… Esto está bien para el pueblo.

El hecho de un hombre que sube hasta la cima de Jerusalén, ¿en qué se diferencia con otro hombre que milenariamente subió a ofrecer cabritos, o leche, o dátiles, o fruta o semen? Era expresión de… cuando va Abraham a matar a Isaac y sube al monte Moria. Y lleva la leña y lleva la víctima. Es la idea de ofrecer agua, flores, aceite o sangre, que era lo que más se ofrecía. Sangre porque creían que la vida estaba en la sangre, ya que no asociaban hasta muy pasado el Neolítico la fecundidad y la fertilidad con la genitalidad: es algo disociado durante millones de años. No asociaban que, después de tantas relaciones sexuales como tenían, que no concibieran niños. No sabían que a veces sí, a veces no, y después de nueve meses. Tardaron millones de años en asociar el acto sexual con la procreación. Es un tema apasionante que estudia «Mircea Eliade». Hemos sido nosotros, los judeo-cristianos, los que hemos vuelto a estropear las cosas poniendo todo el énfasis en la genitalidad, cuando lo que importa es la sexualidad. El eros está en todo planteamiento religioso y vital. El problema es cuando se confunde la sexualidad con la genitalidad, y eso es de lo que hay que liberar de nuevo a las gentes. Es la cruzada que hay que emprender. La inició Freud, la continuó Adler, siguieron Jung, Erich Fromm y felizmente tantos otros. El problema es que, cuando se salen de padre… ¡Hala! ¡Ancha es Castilla! El problema es creer que todo sexo sería libertad y liberación de la neurosis. Sería la selva y la ley del más fuerte. La cultura desaparecería porque no es la represión, sino la ordenación de los instintos dirigidos por una inteligencia responsable, lo que hace al hombre creador. Los instintos no son malos, sino necesarios. Es el fin al que los orientes. Por eso, Leonardo Boff, en su libro sobre «Francisco de Asís», cuando aborda el tema de Eros y Tanatos, es impresionante: la libertad está en el Eros y el Amor, ordenados por la razón. Los sentimientos de culpa y la idea de pecado son los que han estropeado todo para imponer la ley de uno sobre otros por medio del miedo: la condena eterna, el infierno… es una verdadera monstruosidad. Cuando llega Jesús de Nazaret, que no dice ni una sola palabra sobre el tema de la sexualidad, pero ninguna ni cuándo equivocadamente se refieren a Onan y al onanismo que es “verter en tierra”, como mandaban sus leyes en ciertos casos… Jesús sólo habla en torno al tema del amor, de la caridad y de la comprensión. Fueron luego los escribas y las religiones clasistas las que dicen «esto es bueno y esto no es bueno». ¿Y por dónde agarran al hombre? Pues por los grandes temas fundamentales: la posesión, el sexo, la propiedad, … es impresionante. Quizás, en el fondo, como los Incas dicen, todo se pueda resumir a no matarás, no mentiras, no serás vago y no robarás. Les interesa, sobre todo, para mantener a la comunidad unida.

En este sentido, yo digo «Iguazú» como término de un viaje, como culmen. En Iguazú no hay templos, como en Kuala tampoco los hay. Allí están las fuerzas de la naturaleza. Vamos a Iguazú como una peregrinación, al encuentro de unas fuerzas de la naturaleza que resaltan a Dios: donde existen fenómenos naturales allí está Dios, en todas partes. Todos los gestos se trasforman en religiosos por la voluntad del poderoso de turno. Es por eso que este viaje lo vamos a transformar en peregrinación, y las peregrinaciones son festivas siempre, desde las bodas, los encuentros, los amigos… el folklore nace en las peregrinaciones, en los mercados de las diversas tribus, sipes, en los que el pueblo se reúne. No es ir rezando, sino adelantarse al camino con un corazón a la escucha, dispuestos a descubrir lo que llevamos dentro, que es, en el fondo, lo único que podemos descubrir. Sólo se encuentra aquello que se busca. Por eso, si uno se prepara asume mucho más, ve mucho más… y se sosiega en silencio.

Si nos preguntamos por qué estamos aquí. ¿Quién te trajo de Ocaña? Quién te trajo de Murcia, quién de Baena o quién me sacó a mí de mi casa, de mi familia: «ponte en camino hacia la tierra que yo te mostraré«. En todos los relatos bíblicos, los sufíes o budistas o de los Vedas, siempre son relatos arquetípicos, corresponden a un modelo, como algo que corresponde a muchos hombres y que puede identificarse con muchas generaciones. Los cuentos de los niños en el fondo encierran una sabiduría que no podía ser transmitida de otra manera, así lo demuestran los estudios de muchos psicoanalistas modernos. Por eso, muchas veces, si uno no se para y se pregunta ¿de dónde vengo y a dónde voy y dónde estoy ahora caminando, entonces… no tiene sentido el caminar. Cuando se tiene conciencia de que se está en camino, cuando tu lees un diario escrito ves que ese día, en ese momento, no tienen sentido muchas cosas que se están haciendo. Pero todo cobra después un sentido cuando el hombre reflexiona y se hace el silencio, y dice bueno, ahora me estoy aquí aburriendo mientras me llama el padre Equis, mientras que me tomo un café. No hay café, es para comer, luego me dice… el tema de conversación que se saca. Ahora uno con perspectiva dice, ¿por qué en tal encuentro habló de tales temas? ¿Por qué aquella persona venerable tuvo tales confidencias? Uno, con esta perspectiva, ve mucho y ve muy hondo. Una persona a la primera vez o la segunda, no tiene por qué enseñarle a la otra los armarios o los chándales a no ser que se quiera buscar otra cosa. Es impresionante cuando lee uno las notas de los temas exactos en la primera o la segunda entrevista: es muy curioso. El Padre X habla de la conversión, del matrimonio y de las mujeres. ¿Qué quiere usted saber? ¿Qué tema está indagando? De todos los temas infinitos que había fue derecho a tres temas… es increíble. Entonces, abre los armarios y muestra… son temas apasionantes. Todo tiene una profunda significación: son escenas de caza.

Es bonito tomar este camino a Iguazú como el término de este periplo, en el cual todo va tomando sentido, desde Cayo largo, cobra sentido el río San Juan en su plenaria dimensión Y cobra sentido Cochasqui, y hasta Mariño cobra sentido. Ves que hay como una… Así, antes de desayunar diriges, tu Juanito, los laudes al modo de la Tebaida, que eran unos locos que se creían que estábamos en el fin del mundo, y lo despreciaban. Para ir a Dios había que escapar de las mujeres. Los monjes lo explican como un «contempti mundi«, desprecio del mundo. Esto son influencias no cristianas. El desprecio del mundo, su huida, no es humano, porque Dios creó al hombre sociable, con una alteridad donde desarrolla todos los niveles de su personalidad. El hombre que huye es un egoísta en el fondo. Aquella frase de Tomás Kempis que tantos cristianos han rezado: «Cada vez que estuve con los seres humanos volví menos hombre. Mejor es hablar con las piedras que hablar con los hombres.» Estas frases están con Tomás Kempis, pero vienen de Séneca y del estoicismo, pero no está en los Evangelios. En ese sentido es importante tener libertad y discernimiento. Cuando uno ve que un hombre no se casa y luego ve su vida llena de pequeños egoísmos, la gula, los libros, acaban encerrados en sí mismos. Acaban siendo hombres irónicos e introvertidos: hay algo que les imposibilita para salir a los demás. Yo prefiero los planteamientos del antiguo testamento, y en todas las grandes religiones: que la fraternidad, los matrimonios, los hijos… eran bendición. La virginidad nunca se concibió como una gracia, al contrario, casi como una desgracia: “La estéril”, llamaban a Ana, escribía Samuel. No se concebía.

En la Tebaida, los monjes eran incultos, analfabestias, y solamente algunos sabían leer, y claro, como no trabajaban y andaban detrás de una estera y debajo de un cocotero y casi no comían y aquello creían que era perfección, de ahí salieron unas luchas terribles, luchas que cuentan Juan Crisóstomo, San Anastasio y todos estos Padres y que eran fatales… Así, uno que sabía leer leía los salmos, y el resto decían el gloria patri et filii, (eso sí que lo sabían, la doxología final), después de un poco de silencio, uno repetía una frase, y otro otra. Así surgieron las antífonas, que son un verso o una frase del salmo anterior. Así llegó a haber algunos que lo sabían de memoria. Como no tenían libros para todos y, aunque los tuvieran, no sabían leer surgieron las antífonas, que todavía ahora algunas comunidades religiosas hacen así el oficio, como los hermanitos de Foucault. Mari Carmen, en el desierto de Murcia suele inventarse las antífonas, según se las dicta su corazón. Este es el origen de los salmos, que de subida a Jerusalén se iban construyendo entre la comunidad. En el Cántico al hermano sol, san Francisco lo compone en una noche, sin embargo, poco a poco fue añadiéndole cosas conforme salieron. La estrofa de los que tienen la paz entre si y perdonan la escribió cuando él obtiene la paz entre el obispo de Guido y el Podestá, y mandó meter esa estrofa. Antes de morir le dice a Fray León «copia». Y éste copia «bienvenida la hermana muerte…». Los salmos originariamente no eran como lo imaginamos. No era Dios que les gritara y dictara a los gritos a un escriba.

 

(Llegamos a la iglesia de Caacupé, donde se inició la construcción hace ya mucho tiempo. El papa vino a inaugurar este monumento. El origen es la historia del indio Jose, que prometió a la virgen una talla de madera. Nos encontramos a 56 kilómetros de Asunción. Es una basílica de construcción muy moderna. Darío, nuestro chofer, nos recomendó que nos acercáramos a verla. Era impresionante ver la explanada de la plaza de la Iglesia llena de gente, y donde el obispo de Caacupé se dirigía en guaraní, tocado de mitra, mezclando con español su homilía. Era una verdadera enseñanza de cómo estar con el pueblo desde el pueblo. Como se le decía que juntaran las manos para orar. Como fustigó a los dueños de tierras de por allí. Habló del derecho de los campesinos a sus tierras. Nunca había yo escuchado en mi vida tan proféticamente una denuncia, estando como estaban rodeados de militares. Mientras estaban dando la comunión el obispo pidió a las monjitas que le ayudaran a repartir su eucaristía. Como un sacerdote les ayudó a dar desde el púlpito todo tipo de avisos. Era un verdadero telediario, un telediario hablado: cuando viajaba el obispo, cuando se reunían, como se reunían. Animaba a las gentes a que participaran en el censo. Como era necesario participar en el censo y no mentir. Que les ofrecieran a los censores un plato de mandioca o un tereré. Es un caso del que no veo en la historia del periodismo y que es como debieron, en tiempo pasados, pasarse las palabras y las noticias y es como sucedió cuando la Iglesia no sólo se aprovechaba para la celebración sino también para comunicarse, para dar noticias. Es un tema muy importante y lamento no haber bajado con un magnetófono. Seguro que a Timoteo Álvarez le hubiera servido como testimonio de lo que puede ser un diario hablado en una explanada durante la misa. Estoy realmente feliz de haber participado en esa celebración que nos reunió por otra parte con nuestros familiares y amigos y que nos hizo sentir que, en la marcha, uno nunca camina solo y que cuando se llena no se llena para uno, sino para los demás. Qué duda cabe que, de cómo se vivan hoy estas experiencias, dependerá en parte como las transmitiremos mañana a las clases de la universidad. Así sucedió hace un momento en el coche cuando oíamos el «Desiderata» en una radio. ¿Cuántas copias- decía Nacho- de las que me diste se hicieron? Yo le comentaba que muchas veces de un acto, de un gesto, de una obra buena, se multiplican y multiplican las consecuencias, y al fin y al cabo creo que es importante no amilanarse ni por los aspectos negativos ni por los aspectos menos buenos, la desolación invade por una falta de conciencia de la realidad, de una desolación, por eso es importante darse cuenta que mientras se camina, siempre se va sembrando, siempre se van produciendo cosas que tienen resonancia).

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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