Riesgos

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Cuando aún no contaba con los documentos para salir y entrar a los Estados Unidos, a veces yo tenía un sueño. En él, este hombre se había envalentonado y –asumiendo todos los riesgos – se había comprado un pasaje al Perú de ida, con la esperanza de que la embajada de los Estados Unidos en Lima le iba a dar el visto bueno para que regresara a terminar sus estudios. En el sueño, la embajada no le daba la visa y de pronto una voz le decía «¿Y ahora? ¿Para qué te arriesgaste? ¿Ves? No pudes volver ¿Y tus estudios? ¿Y tu vida?» Había un despertar brusco y entonces este hombre se daba cuenta de que seguía durmiendo en el mismo cuchitril donde se había mudado en Brooklyn o en el Bronx, en habitaciones de dos centímetros por dos centímetros, a un par de cuadras del tren subterráneo. Se daba cuenta de que la nieve seguía allí, y suspiraba aliviado.

 

¿En qué momento se convirtió en un riesgo quedarse afuera? Dice la leyenda, una que yo conozco bastante bien y tal vez ustedes no tanto, que este señor decía de muy joven que quería irse a vivir por lo menos un tiempo fuera de su país. A otro país, cualquier país. Pero este mismo individuo juraba y rejuraba –por Tutatis– que jamás. «Óyeme bien: jamás viviría en los Estados Unidos». Un amigo mío le llama a eso escupir al cielo y recibir de vuelta un gigantesco escupitajo.

 

Los riesgos de irse y de quedarse son un típico tema de conversación entre los inmigrantes de Newyópolis. En la escuela de inglés, en una tarde soñolienta de Manhattan dentro de un aula cuya ventana daba al Madison Square Garden, un profesor que me enseñaba a recitar poemas de Stephen Crane y de Langston Hughes, le dijo a la clase que los inmigrantes llegaban a Estados Unidos en busca de la libertad que no encontraban en sus países. Hubo carcajadas. Boubacar, un estudiante de medicina de Mali, pidió la palabra y dijo lo que todos queríamos decir: «Profe, nosotros no venimos en busca de la libertad, sino porque aquí está el dinero».

 

El profesor replicó algo acerca de los millones de africanos y europeos llegando a Nueva York huyendo de la persecusión religiosa o política. En el pasado tal vez aquéllo era cierto. Ahora, la gran mayoría de nuestros inmigrantes llega a los Estados Unidos en busca del dinero para vivir «libremente» holgados.

 

Algunas veces, sobre todo ciertas mañanas de frío en que manejaba desde el Bronx por la Saw Mill Parkway hacia mi trabajo de los fines de semana, siempre asombrándome de los virajes y retuercos que da la vida de uno, observando como los árboles a ambos lados de la autopista empezaban a pintarse de verde con la llegada de la primavera; me he preguntado «¿Qué hago acá? Durante ocho años estuve en la duda de si debía de arriesgarme a salir para ir a solicitar un permiso especial de estudiante en Lima. No lo hice. Fueron años de aprendizaje. Una vez en California, en un tren que iba de San Francisco a San José, conocí a un guatemalteco que no iba a ver a su familia en 13 años. Me pareció mucho más de lo que yo podría haber soportado. Hoy por hoy, conozco personas que ya pasaron de los 10 años sin animarse a dar el salto, el riesgo de irse para tal vez no volver. Claro que también conozco a un amigo que se vino con la primera oferta de trabajo,  jurando que nadie lo sacaba de Nueva York hasta que no sacara su pasaporte azul, y que dos años después se fue a recorrer Sudamérica, a ver los paisajes más libres de Bolivia, de Brasil, de los Andes del Perú porque no aguantó. Sentía que la oferta de este país era la de la libertad encarcelada.

 

Me gusta Nueva York. Y a pesar de ciertas aventuras y decisiones estúpidas que todos tomamos alguna vez en nuestras vidas, los riesgos nunca me han satisfecho demasiado. Será porque soy un pésimo apostador, porque siempre que he entrado a un casino lo he perdido todo, porque jamás he ganado un sol en un boleto de lotería, porque para mí el riesgo siempre ha sido saltar al vacío pero con un buen paracaídas.

 

De vez en cuando veo a estos compañeros de la escuela de inglés que se quedaron en Nueva York. Han prosperado. Creo que ya todos ellos pueden entrar y salir de los Estados Unidos con libertad, tienen negocios o familias, parejas que los quieren y los acompañan.

 

Mi mayor riesgo fue quedarme en un país del cual no conocía casi nada, para hacer lo que todos hacían: trabajar, mirar para abajo, mirar para arriba, sacar la cabeza por encima del agua, tratar de ser mejor todos los días, aprender lo que me gustaba, conocer lo que no conocía. Mis riesgos aún me deben de estar esperando. Así que un día de éstos me levantaré con otro tipo de deseo, con ganas de jugármela toda.

 

Porque la vida cómoda también cansa ¿a que no?