Robarle a Clint Eastwood el Gran Torino

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Hay que ir al Madrid como a las novelas de Proust, sabiendo que todo está lleno de salones galantes donde una sola noticia puede marcar el devenir de la temporada.

 

Hay que ir al Madrid como a las novelas de Proust, sabiendo que todo está lleno de salones galantes donde una sola noticia puede marcar el devenir de la temporada. Pero el Madrid son mil salones de Proust cuyos sucesos saltan de inmediato a las portadas de las gacetas y a los labios de las damas y de los caballeros para terminar engullidos por su grandeza, igual que aquel monstruo de Star Wars que tenía una digestión de millones de años.

 

En la eterna absorción de Chamartín este año ya se ha introducido Diego López y a punto está de hacerlo Di María por el que, como Özil (aunque con la pasión superior que produce su juego eléctrico: Ángel es Nicanor Parra y el alemán era Rilke), después de la oferta rechazada de renovación y como dice Santa Teresa: se derraman más lágrimas por sus plegarias atendidas que por las no atendidas.

 

A esta reunión de los Guermantes ha venido hasta Simeone, que no forma parte del gratin madridista pero se ha presentado en sociedad como uno de esos personajes inhabituales admitidos por circunstancias tan concretas como pasajeras. El Cholo es un híbrido que se viste como Guardiola, imita en actitudes a Mourinho y se peina como los indios, que al final va a ser lo que importa y lo que queda.

 

Con todos estos aderezos, el entrenador atlético es el mismo Atlético aglutinando todas sus virtudes y todos sus defectos. En la ribera del Manzanares se le han encomendado y el argentino tira del carro como un coloso, Sísifo empujando la roca, ayudado por toda esa recolección de influencias que amenazan con hacerle estallar un día su traje estrecho igual que al agente de Matrix.

 

Quizá lo único que haya en él de natural y no aprehendido sea la leña que apilaba en su juventud, con la que hoy ha provocado un incendio como el de la ‘La Presa Desnuda’ para detener el avance en la sabana de sus perseguidores. El otro día en el Calderón lo logró, y así se le veía saltando y gritando en la grada por detrás de las llamas, tan nervioso, exhausto y eufórico como Cornel Wilde.

 

Simeone diciendo en rueda de prensa que el Fideo es el mejor del Madrid es el síntoma del que ya quiere entrar en las reuniones elegantes, empezando a abandonar aquel símbolo magnífico que era la alcantarilla de la que salía como una sílfide rockera, qué tiempos aquellos, el Mono Burgos. De entre todo el atrezo de míster moderno, al Cholo se le escapan las collejas que a nadie escandalizan, salvo a la RFEF, como las patadas de Raúl García o los navajazos de Siqueira.

 

Para lo que hay que hacer en este Atleti bien vale cualquiera que pase la prueba inicial, la misma de los aspirantes a bandido, como lo de robarle a Clint Eastwood su ‘Gran Torino’. Así con noventa y cinco millones se pueden fichar no a siete sino a setenta bien provistos de armas blancas al mando de un Cholo que no sólo por el nombre podría ser el líder de la Mara.

 

Di María, que también se da un aire (sólo un aire, pues es tímido y correcto) de pandillero novato, se va por ochenta millones y porque quiere, dicen ahora en los salones. Una querencia, pese a la pérdida, que invita a ponerle sobre el mostrador con un lazo; el previo a la deglución definitiva de ‘Celos’ que dará paso a ‘A la busca del tiempo perdido’, esas novelas tan universales como el Madrid. Al final ha triunfado el deseo, la angustia y el amor insatisfecho del veintidós, quien, después de haber vivido el París del fútbol, ha decidido retirarse a una isla.