Robert Hugh Benson

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Portada de la edición inglesa de ‘Señor del Mundo’

Alameda de Cervera, 13 de febrero de 2024

Juan Manuel de Prada es un tipo que me cae un pelín mal a la vez que bien. Perdón por lo de tipo, no sea que yo vaya a caer en ciertas expresiones del novelista. Él cojea de un pie derechista; del otro, argumenta que no es de izquierdas ni de derechas y que aboga por un pensamiento tradicional, enemigo del comunismo y del liberalismo. Se declara católico, mas insiste que de ningún modo es un mea-pilas. Defiende que el catolicismo es más coherente -ya que, dice, en él existe un pedir perdón, emblema de un sustrato social- que un protestantismo en el que sus creyentes todo lo arreglan a solas con Dios, haciendo la vista gorda a ciertas injusticias y donde hacer dinero y practicar la usura no es pecado, ya que el protestantismo propugna que el hombre sólo se ha de salvar por su fe y no por sus obras. Este argumento, aun manteniendo su razón, no deja de ser algo reaccionario. Juan Manuel de Prada hace uso de ciertos términos en tono despectivo; así, dice progre, nunca progresista; dice laicista, nunca laico. Fuera de esto, su comportamiento estrictamente literario es impecable; su vocación literaria es fuerte y hay que considerarlo enteramente un escritor. Sus opiniones en torno a la literatura son muy correctas y sinceras, interpretando acertadamente todo el intrincado proceso de la escritura.

Robert Hugh Benson suponía para mí un autor completamente desconocido hasta que enteramente me lo descubrió Juan Manuel de Prada, quien en su libro Una biblioteca en el oasis compendia 60 artículos, donde el creador de Baracaldo comenta (los textos originales proceden de la revista Magnificat) un mismo número de libros que glosan el pensamiento católico. El subtítulo del volumen es precisamente Literatura para la fe. Muchos y grandes autores son tratados: Chesterton, C.S. Lewis, Cervantes, Calderón, Papini, Dickens, Maurois, Lagerkvist y muchos otros, no faltando el argentino Leonardo Castellani, predilecto de De Prada. De Robert Hugh Benson comenta cuatro libros. Nosotros vamos a tratar aquí El señor del Mundo, que se publicó en el Reino Unido en 1907. Benson era hijo del arzobispo de Canterbury, primado de la iglesia anglicana, y él mismo fue pastor anglicano. Al morir su padre (por respeto a él no lo quiso hacer antes) se convirtió al catolicismo, se ordenó sacerdote y hasta fue chambelán del Papa Pío X. Su conversión, se entiende, produjo mucha polémica. Fue un escritor prolífico, llegando a publicar hasta cuatro libros al año.

Señor del Mundo es una novela dispuesta en una distopía, es decir, una utopía con tintes negativos, a la vez una obra de ciencia ficción donde se retrata el final del mundo, un apocalipsis donde domina el Anticristo (no diabólico, sino de apariencia civilizada, de ademanes muy educados), que es un líder, jefe de una religión humanitarista, que prescinde de Dios y donde el hombre, por sí mismo, encarna la divinidad. En esa sociedad primaban, como anota el libro, “la velocidad, la prisa, el orden material, la pulcritud enfermiza, el rigor y la esclavitud del tiempo.” El idioma de ese mundo humanitarista es el esperanto, confrontándose al latín, que sigue siendo la lengua que rige en la Iglesia Católica. El planeta está dividido en tres imperios: el oriental, el europeo y el americano. Julian Felsenburgh, que iría ser el presidente de toda la Tierra, consigue implantar la paz en todo el astro, conseguir para sus moradores un satisfactorio nivel de vida, haciendo dirimir las contradicciones personales con la absoluta libertad para optar por la eutanasia, que se dispensa sin problemas. Felsenburgh recibe honores divinos y esa corriente humanitarista se conforma como una creencia religiosa (insistimos, sin Dios) con una obligatoria liturgia muy firmemente establecida.

A la vez, los pocos cristianos que aún creen en Dios son postergados, mal vistos, y su culto está dictaminado por las autoridades como ostensiblemente restringido. De todas las religiones conocidas, en este imperio humanitarista se consideraba al catolicismo “como la más grotesca y también la más envilecedora para el hombre.” Roma, eso sí, consigue, en 1972, que toda la ciudad esté al mando del Papa, obligándose a ceder al Estado todos los demás templos italianos. Así, “mientras el mundo se transformaba a su alrededor, Roma había permanecido intacta, preocupada por otros aspectos que no eran de índole material. Sentido de responsabilidad que aumentó en los últimos años, en los que todo el peso espiritual del mundo gravitaba sobre sus hombros.” A medida que corre el tiempo, surge una efectiva persecución contra los católicos, que, sospechosos, son asesinados. Se destruye Roma y, al cabo, el círculo del Papa, refugiado secretamente en Nazaret, encarnado por Silvestre III, que fue el antiguo sacerdote inglés Percy Franklin, es salvajemente bombardeado. El final del libro dejar ver, mejor dicho, atisba, la destrucción de la Iglesia y a la vez el surgimiento de la parusía, por la que la Iglesia cesa en su reinado temporal, dejando paso al advenimiento de Jesucristo, y se establece la Jerusalén celestial.

Robert Hugh Benson, de pie, vestido de sacerdote

Juan Manuel de Prada, en su reseña de Señor del Mundo, pone esta historia al lado de 1984 y Un mundo feliz. Pero escribe que “mientras las obras maestras de Aldous Huxley y George Orwell nos hablan de pesadillas ya cumplidas, la obra de Benson se está haciendo realidad ante nuestros ojos; de ahí que su valor profético sea todavía mayor.” De Prada sólo ve elementos negativos en esa establecida colectividad humanitarista, elogiando sin trabas la comunidad católica que abandera la creencia en Dios y la fe consiguiente. Pero lo que el comentarista no ve, quizá tampoco el Papa Francisco, que ha recomendado la lectura del libro en varias ocasiones (e incluso el propio Robert Hugh Benson, a pesar de instaurar el planteamiento, tampoco vio), es que este libro condena sobre todo el poder, omnímodo y cruento, al que llegan las religiones. La Iglesia tuvo su Inquisición, un procedimiento injustificable que no se puede negar que fue feroz.

En el libro se reconoce que, bajo este asentamiento humanitarista, las naciones habían logrado “un estado de paz y fraternidad sin precedentes en la historia. El hecho era tanto más alarmante cuanto que la situación presentaba aspectos positivos.” Se sigue hablando que la guerra había sido totalmente eliminada, pero se añade una objeción: “¡Y sin la menor intervención de los cristianos! Los hombres habían comprendido que era preferible la unión a la discordia, y llegaron a tal conclusión fuera de los consejos de la Iglesia católica.” Y luego hay un detalle muy significativo, y creo que para nada gratuito: Los dos protagonistas de este relato, Julian Felsenburgh, Señor del Mundo, y el Padre Percy Franklin, que morirá, como Santidad, con el nombre de Silvestre III, guardan un parecido físico asombroso. “En todo caso, el parecido entre los dos era extraordinario: el mismo rostro juvenil, bajo una cabellera prematuramente blanca.”