Robert Mitchum

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En mis momentos de indolencia, que son muchos, me voy a Youtube y me dedico a escuchar todo tipo de entrevistas sin mucho criterio, a lo que salga, desde actores a políticos, desde hombres de letras a gente de mal vivir: Madonna, Nixon, Pastora Imperio, Ingmar Bergman, George Steiner, Dámaso Alonso o Robert Mitchum, que es el último a quien he estado viendo y escuchando esta tarde.

     

 

En mis momentos de indolencia, que son muchos, me voy a Youtube y me dedico a escuchar todo tipo de entrevistas sin mucho criterio, a lo que salga, desde actores a políticos, desde hombres de letras a gente de mal vivir: Madonna, Nixon, Pastora Imperio, Ingmar Bergman, George Steiner, Dámaso Alonso o Robert Mitchum, que es el último a quien he estado viendo y escuchando esta tarde.

 

De niño no me perdía ninguna de sus películas cuando las daban en “Sesión de tarde”. Mitchum era mi actor favorito, con su andar chulesco, su mirada somnolienta y ese cigarrillo en la boca que parecía estar siempre en perfecta simetría con su asimétrico rostro. Vivió intensamente o eso parecía. Escapó de casa con catorce años y vagabundeó por el vasto continente americano en los años de la Depresión, aunque sin descarriarse nunca del todo ni caer en la delincuencia, sino más bien lo contrario, ya que con poco más de veinte años estaba casado, era padre de familia y se ganaba los cuartos trabajando de obrero en una fábrica de aviones.

 

El trabajo en la fábrica, sin embargo, terminó por causarle una crisis nerviosa y lo abandonó para dedicarse a partir de entonces al cine. Mitchum entró en Hollywood un poco por la puerta de a atrás, como quien no quiere la cosa, y al principio hizo películas de figurante y luego películas B, aunque el estrellato le llegó relativamente pronto. Con treinta años era ya famoso y lo fue aun más cuando le arrestaron por posesión de marihuana, lo cual acrecentó, si cabe, su imagen de chico malo y rebelde, sin que en el fondo lo fuera nunca. Tenía un talento natural que facilitaba mucho las cosas, además de poseer ese especial magnetismo que irradia toda gran estrella de Hollywood. Mitchum no necesitaba actuar, sino ser él mismo, con sus andares, su voz de barítono y su mirada entre sarcástica y amenazante.

 

Cuando uno lo escucha en una entrevista entiende de inmediato el por qué de su éxito y el por qué muchos, cuando éramos niños, queríamos ser Robert Mitchum. Algunas de sus frases resultan memorables. Preguntado por su técnica de actor soltó que tenía mayormente dos estilos: uno a caballo y otro sin él. Al hablarle de las dificultades de su profesión, recordaba al actor Rin Tin Tin, el perro estrella de los años cincuenta. Si le nombraban a Robert de Niro, Al Pacino o a Dustin Hoffman, actores salidos del Actor’s Studio, decía de ellos que eran actores pequeños, no se sabe si refiriéndose a su estatura física o a que eran artistas menores, aunque seguramente debía ser lo segundo, pues en otra ocasión afirmó que aprender el oficio de actor era como querer aprender a ser más alto. Decía que las películas le aburrían, especialmente las suyas; que la única diferencia entre él y el resto de actores en Hollywood era que él había pasado más tiempo en la cárcel; que el poco respeto que pudiera haber tenido por el oficio de actor lo había perdido del todo cuando vio que una famosa actriz de la época, Greer Garson, había necesitado veinticinco tomas para decir “no”.

 

No hay duda de que mucho de esto era una pose, en parte para epatar y en parte para ocultar la vergüenza que le producía ser actor, profesión que debía parecerle muy poco masculina. Sin embargo, ya en la madurez, protagonizó a un maestro de escuela irlandés, cornudo y medio impotente, con la misma credibilidad que el mejor actor del Método. Siempre autocrítico y burlón, en otra entrevista aclaró que había empezado en el cine como un depredador sexual, pero que no había pasado el examen físico. Hollywood ya no tiene actores así. Ni actores ni actrices. El último quizá haya sido Harrison Ford y el penúltimo Steve Macqueen, aunque en comparación queden los dos en la pantalla un tanto pequeños.

 

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.