Roque Dalton. Correspondencia clandestina o la impostura como sobrevivencia

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Los papeles recuperados de Roque Dalton cubren una pared de la habitación climatizada donde Jorge, el hijo menor del poeta, edita sus películas y documentales. En las gavetas de su mesa también se guardan numerosas grabaciones en audio, películas en formatos en desuso y documentos digitalizados relacionados con la trayectoria de su padre. Además de los recuerdos de la familia, este acervo documental reúne materiales provenientes del archivo personal de la escritora Elena Poniatowska, y copias de registros de Casa de las Américas, en La Habana, y del Museo de la Palabra y la Imagen, en San Salvador.

Horacio Castellanos Moya se zambulló allí a principios de 2014 buscando el manuscrito y los cuadernos de notas del último capítulo de Pobrecito poeta que era yo. En esa novela Dalton relata los interrogatorios a los que fue sometido once años atrás por Harold F. Swenson, el agente de la CIA que le propuso que se pasara a la inteligencia estadounidense. Dalton, que en ese entonces militaba en el Partido Comunista, se rehusó. De acuerdo con el relato, Swenson le habría dicho:

“Nosotros le haremos saber a tu Partido por medio de la gente que tenemos dentro y por otros medios a nuestro alcance, insospechables, (…) que antes de morir trataste de salvar el pellejo y hablaste, traicionaste, delataste a tus camaradas. No vas a quedar como un héroe para la historia sino como un traidor”.

El interés de Castellanos Moya en ese manuscrito no es fortuito. La ejecución de Dalton en 1975, acusado de traición por sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), consumó el pronóstico de Swenson. Ese pronóstico, sin embargo, no se conoció hasta la publicación, un año más tarde, de aquella novela que Dalton finalizó poco antes de regresar a El Salvador. La posibilidad de cotejar el manuscrito y las notas de Dalton con la versión publicada en libro y el paquete de cables desclasificados en 1992 por la Comisión Church de Estados Unidos, donde figura el expediente de las pesquisas de la CIA sobre el poeta, ofrece material suficiente para una novela.

En vez de encontrar el manuscrito, Castellanos descubrió “una carpeta muy delgada, sin ningún distintivo, título o marca”, con dieciséis cartas fechadas entre junio de 1973 y enero de 1975, que abarcan el periodo en que Dalton permaneció clandestino en El Salvador. Con ese puñado de papeles, Horacio Castellanos Moya reconstruye una serie de sucesos que se produjeron en la vida del poeta en los 18 meses que duró su militancia en la guerrilla urbana. Su texto está incluido en Roque Dalton. Correspondencia clandestina y otros ensayos (Literatura Random House, 2021), el libro más reciente de Castellanos Moya.

Aunque la correspondencia, las notas y las conferencias suelen ser consideradas géneros menores, con frecuencia ofrecen asuntos inexplorados en la vida y la obra de los autores. La correspondencia de Dalton en la clandestinidad, además de ofrecer una mirada inédita sobre sus preocupaciones en ese periodo crítico de su vida, echa nuevas luces sobre episodios de su trayectoria que han venido siendo falseados por algunos de sus estudiosos, y revela algunas de las fricciones personales que, unidas a las agrias pugnas que se produjeron al interior del grupo armado, terminaron costándole la vida.

El regreso

Aquellas cartas, redactadas en la tensa monotonía de la vida clandestina y llevadas de mano en mano a través de una secreta red de conspiradores que operaba entre San Salvador, Ciudad de México y La Habana, no estuvieron destinadas a alentar debates políticos, ni a difundir el anuncio de salvación que propagaba la causa guerrillera. Fueron escritas pensando que, de ser examinadas por sus perseguidores, no debían revelar información que pudiera comprometer la seguridad de los involucrados. Esta circunstancia, que le imprime al conjunto de cartas un carácter de impostura que despista a quienes no estén familiarizados con los sucesos que se abordan, hizo que Castellanos Moya hiciera el papel del intérprete que hila el relato con las pistas que va dejando en sus sucesivas cartas.

Cuando decide regresar a El Salvador, Dalton tenía cinco años de vivir en La Habana, y era muy popular en los círculos artísticos y literarios que se movían en derredor a Casa de las Américas, el buque insignia del proyecto cultural de la Revolución Cubana. Aunque la simpatía del poeta con la lucha armada era pública, su determinación de volver a El Salvador y unirse a ella debía mantenerse en secreto. Dalton echó a correr la especie de que se encontraba de gira por varios países del Campo Socialista, despachando a diestra y siniestra cartas ofreciendo detalles de travesías y circunstancias sacadas de su fértil imaginación.

Mientras aguardaba en algún lugar secreto de La Habana la señal para saltar a El Salvador, Dalton escribió una serie de cartas a su novia del momento, la actriz Miriam Lezcano (identificada como Mónica en la correspondencia clandestina). En una de ellas, fechada en Moscú el 25 de abril, Dalton le brinda a la joven detalles sobre el frío, los poderes benéficos del vodka y su asistencia, cómo no, a funciones de teatro.

“Llegué a Moscú vestido de verano occidental en medio de un frío que todavía es fuerte para nuestros huesos. No me resfrié porque tuve vodka a mano, por cierto el único vodka en esta temporada soviética. Luego todo fue mejor porque los amigos me abrigaron y llevaron a restaurantes y teatros. No vi nada bueno, más bien revistas de estilo europeo con bastante falta de imaginación, aunque no sin delicadeza”.

Miriam no fue la única “víctima” de aquel embuste. Julio Cortázar, en un conocido texto que escribió en memoria de Dalton, refiere: “la última carta que recibí de él, fechada en Hanoi el 15 de agosto de 1973”. En los papeles desclasificados dela CIA, que contienen un expediente de su rastreo sobre Dalton, tampoco aparece evidencia de que dicha agencia estuviera al tanto de su regreso a El Salvador, como lo ha advertido el periodista Charles Lane. Aquel viaje inexistente también consiguió colarse en su leyenda: hasta ahora, algunos de sus biógrafos y críticos siguen dándolo como cierto.

La madre de las batallas

Entre los personajes que desfilan en la correspondencia clandestina de Dalton destaca su madre, doña María García, enfermera graduada, a quien se refiere como “mi señora”. Las fotos de su juventud la muestran como una mujer menuda y de expresión melancólica. La cercanía entre madre e hijo fue muy estrecha. Dalton fue el único hijo de María García y Winnall Dalton, un gringo con cierta reputación de pistolero que le sirvió a Roque para promover una leyenda según la cual su padre descendía de una bandade asaltadores de bancos y trenes en el Lejano Oeste. Incluso escribió un relato que dejó inacabado, y que tituló Dalton y Cía. Pero como lo prueba una investigación de Roger Atwood, Winnall Dalton provino más bien de una familia mexicano-estadounidense adinerada y bastante convencional.

Como resultado de un altercado por un lío de faldas, Winnall recibió un balazo en una pierna y fue llevado al hospital donde se encontró con María. De esa relación circunstancial nació Roque Antonio García, el 14 de mayo 1935. Si bien Winnall le pagó sus estudios en los mejores colegios del país y le ayudó económicamente, solo lo reconoció como su hijo a los 17 años. El viejo Dalton también le costeó sus estudios de derecho en la Universidad de Chile, donde Roque tomó contacto con las ideas socialcristianas y marxistas.

En el Archivo Dalton se conservan numerosas cartas y tarjetas postales que le envió a su madre a lo largo de su vida errante, desde Chile, México y Rusia, y también breves recados escritos apresuradamente desde los escondites donde evadía el seguimiento de la policía salvadoreña. Esta práctica la mantuvo también en la clandestinidad. Uno de los episodios más inverosímiles de esa correspondencia tiene que ver con los arreglos para que María (identificada como mi señoraviaje a La Habana a ver a sus nietos. Arreglos a los que Dalton les dio un detallado seguimiento con el apoyo de Aída, su esposa.

Aída y Roque contrajeron nupcias en 1955 y se pasaron a vivir a la casa de María. La iban pasando con los ingresos que Roque obtenía como reportero y litigante, y por los aporte de su distante padre. Desde el principio llevaron una vida marcada por la persecución, los exilios y la cárcel. Dalton ingresó al Partido Comunista de El Salvador (PCS) e hizo de la bohemia, la poesía y el activismo político una sola cosa. En  1965 salió de El Salvador a Praga, con su mujer y sus tres hijos. Pero el tiempo que lo gobierna no es el de los relojes. Ocho años más tarde volvería a su país, con prisa desesperada, a encontrar la muerte.

La pareja se divorció de mutuo acuerdo en 1972, pero, como escribe Castellanos Moya, ella “continuó siendo la mujer esencial en la vida de Dalton: la corresponsal, la confidente, la amiga, la secretaria y gestora de su obra, la única que en verdad sabía (aparte de sus jefes en las estructuras clandestinas) dónde él se encontraba”.

En una carta fechada el 28 de diciembre de 1973, Roque (quien firma la correspondencia como Miguelapremia a Aída (Ana) para que lo ponga al corriente de las gestiones con sus enlaces cubanos (los patrones) para el viaje de su madre.

“Te ruego le pongas particular empeño al caso de mi señora, sobre todo para saber si eso camina a la mayor brevedad, para saber a qué atenerme y ver que si la decisión sale en el sentido en que te mando a decir, podamos poner de nuestra parte (…) No sé si se lo dejé claro a mi prima [una militante del ERP que ha viajado a La Habana] pero por supuesto que lo de mi señora deberás comunicárselo a los patrones [los cubanos] para que estén al tanto. Asimismo creo que quedó claro que los pasajes de buses [boletos de avión] a partir de la ciudad de México o sea lo que tenemos que pagar en dólares, nos lo proporcionarían ellos, como hicimos siempre. Si para el regreso hubiera dificultades hay que resolver frente a la realidad, si hay dinero o no, etc. Aunque en todo caso ya veremos cómo se resolvería si hay dificultades”.

Como sabemos a partir de la lectura del resto de las cartas, el proyectado viaje a Cuba de María García y Carmen Morales, la madre de Aída, culminó con éxito casi dos años más tarde.

Una empresa solvente

El 11 de diciembre de ese año, Dalton despachó su primera comunicación familiar desde El Salvador.

“Bueno, aquí te va mi primer saludo desde la nueva casa. Todos estamos bien y las cosas mejor de las que esperaba. Yo estoy trabajando a pesar de mi salud, creo que con atender al médico todo irá bien. He pensado mucho en Uds. y deseo estén de lo mejor”.

Los asuntos que le ocuparán a lo largo de la correspondencia están claros desde esa primera misiva: su madre y sus libros. Su madre, por las razones ya expuestas. Sus libros, porque, además de su natural interés en la proyección de su obra, ayudarían a fortalecer la fábula de que se encontraba en el extranjero.

El poeta tenía 38 años y era el mayor de aquel grupo armado integrado por jóvenes en edad universitaria. Sus primeras impresiones sobre el ERP aparecen en la carta del 28 de diciembre, citada líneas arriba. No deja de ser irónico que el grupo de conspiradores sea enmascarado como una empresa de seguros de vida:

“Me he dado cuenta de que la empresa, aunque no es millonaria, tiene solvencia moral y económica y vale la pena invertir en ella esfuerzo, dinero y confianza, ya que los trabajadores y ejecutivos que en ella trabajan no son irresponsables y engañadores, que no le andan ofreciendo empleo a cualquiera. Las ganancias vendrán luego y hay que ver el porvenir con esperanza. Los seguros de vida y los demás son ramas delicadas, pero con una casa de experiencia y sobre todo de principios morales vale la pena hacer el esfuerzo”.

Gracias a su correspondencia sabemos que la luna de miel con los ejecutivos comenzó a deteriorarse en el plano más personal. Un intercambio de cartas entre Roque y Aída revela que, muy pronto, en derredor a enero de 1974, se produjo una serie de eventos que involucraron a dos guerrilleras del ERP que se hospedaban en el apartamento que ocupaban Aída y sus hijos en el barrio El Vedado de La Habana.

El apartamento, el mismo que sigue ocupando Aída, funcionaba como base para los guerrilleros del ERP que llegaban a entrenarse a la isla. Las guerrilleras eran Angélica Meardi (Rita), la compañera de Alejandro Rivas Mira, el jefe del ERP que andando el tiempo ordenaría la ejecución de Dalton, y Ana Sonia Medina (Mireya), la compañera de Joaquín Villalobos, señalado por la familia del poeta como el autor material del crimen.

Horacio Castellanos retrata un cuadro dramático donde aparecen “las compañeras de los asesinos y la víctima (…) reunidas bajo el mismo techo: una mujer hecha y derecha de 39 años con tres hijos adolescentes; las otras dos, guerrilleras veinteañeras con veleidades de primeras damas. Aquello difícilmente podía funcionar. Y más temprano que tarde, reventó”.

Aída describe a la mujer de Rivas Mira como una niña acomodada y caprichosa que no entendía la situación por la que atravesaba Cuba por el embargo de Estados Unidos. “Renegó de todo, comida, médico, medicinas y qué se yo qué más cosas”. “Si tú tienes que vértelas con ella te compadezco”, escribe Aída en una carta. Los ecos de los problemas entre Angélica Meardi y Aída Cañas llegaron hasta El Salvador provocando discusiones acaloradas en el ERP. Para entonces, al interior de esa organización habían comenzado las tóxicas disputas ideológicas y “de línea política” que terminarían cobrando la vida de Dalton.

En manos de jurados

Como se dijo al inicio, Pobrecito poeta que era yo fue finalizada a contra reloj en los últimos meses que Dalton pasó oculto en La Habana. “Trabajó con la actitud del condenado a quien le conceden la gracia de terminar su obra”, dice Castellanos. El 24 de junio de 1973, en El Salvador, cuando solo tiene dos meses fuera de circulación, hace cuentas alegres con sus libros:

“Yo sigo bien, trabajando mucho. Ya casi terminé la novela [Pobrecito poeta que era yo]. Organicé asimismo las ediciones de Mármol [el libro testimonial sobre el líder obrero Miguel Mármol, publicado en 1972] para Italia, Francia y Estados Unidos, que si salen van a dar algunos pesos para ustedes. Te mandaré un detalle minucioso de cómo están las cuentas pendientes y las tramitaciones que se harán con nuevas posibles ediciones”.

Mientras permanecía clandestino se publicó en México su libro Historias prohibidas del Pulgarcito, un artefacto vanguardista irreverente frente a los moldes convencionales de los géneros literarios y frente a la historia oficial salvadoreña. Ese mismo año, Dalton desde México, adonde ha llegado en una misión de trabajo, le pide a Aída que le envíe una colección de ensayos y artículos que quedaron en La Habana para ordenarlos y pulirlos, y una copia de Pobrecito poeta que era yo para proponerlo a editores mexicanos. “Aída, pese a que tienen más de dos años de estar divorciados, funciona para Dalton como una especie de agente literaria para mantener en movimiento la difusión de su obra”, indica Castellanos.

La carta de respuesta de Aída es un balde de agua fría. Si bien en Costa Rica se ha publicado su libro Miguel Mármol, el editor, su compatriota Ítalo López Vallecillos, “no ha mandado un centavo más ni un ejemplar más del libro”. Tampoco hay noticias de dinero por parte de Arnaldo Orfila, el editor de Siglo XXI, donde se publicó Historias prohibidas. Le detalla que ha sometido a la consideración de Emmanuel Carballo, director de la editorial Diógenes, su poemario Un libro rojo para Lenin y la novela Pobrecito poeta que era yo, pero que las cosas no caminan. También le hace saber que, siguiendo sus instrucciones, ha enviado Pobrecito poeta a concursar en el Premio Casa de las Américas.

Carballo no publicó ni el poemario ni la novela, y el jurado de Casa de las Américas tampoco le otorgó el premio esperado. Un año antes, Dalton había presentado Historias prohibidas del Pulgarcito al entonces codiciado premio, pero la obra fue rechazada de manera concluyente por el jurado. Dalton se enteró de la decisión mientras aguardaba el momento de regresar a El Salvador. En la mencionada carta a Miriam Lezcano, Dalton no se ahorra groserías contra la institución cultural cubana:

“Leí las opiniones del jurado sobre el Pulgarcito. Sobre su esencial imbecilidad o más bien despiste, hay cosas muy interesantes. En primer lugar ninguno entendió la intención ni el contenido del libro (…) Cayeron en la trampa, pero no como personas creadoras sino como tontos (…) Las opiniones son simplemente la reafirmación de algo que ya todos sabemos desde hace años: la decadencia, por lo menos actual, del Concurso Casa, que se refleja en el bajo nivel de los jurados”.

Estas opiniones, que pueden sonar excesivas, tenían antecedentes. Comencemos por decir que la relación de Dalton con Casa fue mejor que buena por muchos años. No solo tenía un empleo en Casa de las Américas; también cuatro de los siete libros que publicó en Cuba llevaron su sello. En 1970, la dirección de esa respetada entidad cultural le encargó, aprovechando su condición de jurado en la rama de poesía, que vigilara a un grupo de jurados “potencialmente conflictivo” que tenía a la cabeza al poeta Ernesto Cardenal.

Dalton intentó mediar entre las órdenes de la nomenclatura y las posiciones de Cardenal –el cura expresaba su preocupación por la represión que sufrían los homosexuales en la isla–, pero recibió una reprimenda de parte de las autoridades culturales que no le dejó otra alternativa que renunciar. Las murmuraciones en su contra no se hicieron esperar. Algunos llegaron a decir que, si era tan revolucionario, porqué no se largaba a pelear a su país.

Un juego de espejos

Dalton es el muerto célebre de la carnicería que se produjo entre 1974 y 1976 en el interior del ERP. Aunque en 1977 el ERP reconoció públicamente que el asesinato del poeta fue un error, su dirigencia nunca ha dado a conocer los nombres de los hechores, ni el lugar donde arrojaron sus restos.

A 45 años de aquel crimen podemos decir que el intento de sus asesinos de manchar su nombre no tuvo el efecto esperado. La fecha de su muerte es rememorada, año con año, dentro y fuera de El Salvador. Hasta antes de la pandemia por el Covid19, numerosos jóvenes se congregaban frente a la casa de su madre María García, ya fallecida, para leer sus poemas y pintar grafitis con su imagen. Con todo, es necesario decir que su figura de mártir ha desdibujado la riqueza transgresora de su obra literaria. Entre algunos poetas, contagiados por el sentido de inmediatez que prima en nuestros días, su verso: “oh poesía de hoy: contigo es posible decirlo todo”, está sirviendo como una licencia para despacharse mamarrachos destinados a la fácil aprobación en las redes sociales.

Dalton también ha ingresado al mundo de la ficción literaria. En 2017, Horacio Castellanos Moya publicó Morongauna novela sobre migrantes centroamericanos en Estados Unidos que tiene lugar en la ficticia Merlow City. En ella, un periodista lenguaraz que enseña español, alter ego del propio autor, explora obsesivamente los archivos desclasificados de la CIA relacionados con Roque Dalton. Ese juego de espejos, que tiene al centro la figura del poeta, se completa con la publicación de esa brillante crónica sobre su correspondencia clandestina.

El asesinato de Dalton “no me sorprendió”. Entrevista con Aída Cañas

Esta mujer de 88 años no retrocede frente a los riesgos. Aída Cañas vive sola en un tercer piso, en La Habana, adonde llegó en 1968 con su marido, el poeta Roque Dalton, y sus tres hijos, huyendo de la persecución de los militares salvadoreños. A principios de los años 70 ella se separó del Partido Comunista de su país para abrazar la lucha armada. Por muchos años operó en Cuba como una suerte de embajadora sin cartera del movimiento revolucionario. A mediados del año pasado, en medio de la pandemia por covid 19, voló a El Salvador en un vuelo humanitario para reunirse con sus hijos y nietos.

¿Viajas con pasaporte salvadoreño?

Toda la vida.

Vives en Cuba desde hace más de cincuenta años. ¿No tienes la nacionalidad cubana?

No. Roque fue muy visionario. Una de las cosas que me recomendó antes de su regreso a El Salvador fue que mantuviera mi nacionalidad salvadoreña a toda costa. “Si te haces cubana, no vas a poder salir de la isla a la hora que quieras”, me dijo.

Cuando Roque y tú se conocieron en 1954, ¿te imaginaste que se convertiría en el ícono cultural que es hoy en día?

Yo sabía que Roque estaba dotado de un enorme talento para la literatura y siempre estuve segura de que su obra iba a trascender. Hay cosas que escribió que fueron adelantadas a su tiempo. Salir del país fue importante para él porque se relacionó con gente que influyó en su vida de manera decisiva.

La primera estación de su exilio juntos fue en Checoslovaquia. ¿Cómo la pasaron?

En general, muy bien, sobre todo porque en Checoslovaquia recuperamos la vida como familia. En lo que a mí respecta, recuperé el lazo matrimonial que teníamos con Roque. Los niños se sintieron cercanos a su padre, y eso fue muy importante para ellos. Recuerda que veníamos de la clandestinidad, Roque pasaba escondiéndose todo el tiempo. En Praga, él tomó bajo su responsabilidad la educación de los niños y así fue también en Cuba.

Cuando ustedes llegan a Cuba, la revolución tenía menos de diez años…

Sí, fue un momento emocionante. Pasamos un tiempo hospedados en el Hotel Nacional, y conocimos a muchas personas que llegaban a unirse a la causa cubana. Luego, nos pasamos a vivir a un apartamento y me incorporé en el Comité de Defensa de mi barrio. También me uní a la Federación de Mujeres Cubanas, y para la zafra de los diez millones fui a cortar caña con la Brigada Nuestra América. Mi casa estuvo siempre abierta para visitantes de todas partes. Allí estuvieron amigos muy queridos como Roberto Fernández Retamar, Heberto Padilla, Pablo Armando Fernández, Jesús Díaz, Mario Benedetti y su esposa Luz. Los muchachos de la Nueva Trova, Silvio Rodríguez y Noel Nicola, algunas veces se quedaban a dormir. En mi casa también fueron muy queridos Regis Debray y Julio Cortázar. Ellos le tuvieron un enorme aprecio a Roquito [el mayor de sus tres hijos, desaparecido en combate en la guerra civil salvadoreña].

El asesinato de Dalton, a manos de sus compañeros, ¿no te produjo desencanto?

Me pesó mucho pero no me sorprendió. Yo llegué a conocer a esa gente del ERP y les tuve miedo y desconfianza. En mi casa hospedé a dos militantes de esa organización y para mí fue un momento muy difícil personal y políticamente. Me preocupé muchísimo, porque me preguntaba cómo la estaría pasando Roque con ellos. Yo le escribí diciéndole que regresara para contarle lo que yo sentía. Pero, bueno, no se pudo. Quiero decirte que cuando nos dimos cuenta de lo que le había pasado a Roque, a mí, francamente, no me sorprendió. Los cubanos me dijeron: “mira, esto no puedes comentarlo con nadie, porque puede ser un rumor que ha tirado el gobierno [de El Salvador] para ubicar a Roque”, pero yo me esperaba que algo así podía suceder. Ellos, los del ERP, fueron los que me dijeron que si yo quería unirme a su organización debía divorciarme de Roque. Pero cuando nos separamos, la relación entre él y yo siguió siendo la misma, de plena confianza mutua.

¿Cómo ves en retrospectiva la tentativa de la revolución socialista que quedó atrás?

Valió la pena. Todos nos incorporamos creyendo que era necesario hacer lo que se estaba haciendo. Participamos como familia, pensando que era el momento de lograr lo que nunca se había logrado en El Salvador. Y lo hicimos de corazón.

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