Rufián en Malibú

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Tengo que reconocer que el otro día en el debate me quedé como alelado ante la aparición de Gabriel Rufián. Fue igual que en la época de 'Los vigilantes de la playa', cuando volvía del colegio y comenzaba el capítulo y salía Pamela Anderson del mar...

 

Tengo que reconocer que el otro día en el debate me quedé como alelado ante la aparición de Gabriel Rufián. Fue igual que en la época de ‘Los vigilantes de la playa’, cuando volvía del colegio y comenzaba el capítulo y salía Pamela Anderson del mar con su flotador bajo esa música hermosa y esa tarde hermosa y ese televisor hermoso, donde todo era hermoso durante aquellos segundos. A mí me gustaría estar más tiempo en ese estado de felicidad inconsciente: la mandíbula desmayada, descolgada como pie en una siesta de hamaca, con las funciones cerebrales, el oído y el habla desconectados. Rufián subió a la tribuna con un bañador rojo y una melena rubia ondeando en una playa de Malibú  y yo regresé a mi adolescencia. Confieso que tan impactante fue la escena que sentí rubor ajeno. Un rubor que no se marchaba sino que se acrecentaba conforme transcurría su intervención: Rufián inaugurando un nuevo estilo y Tardá tenso y expectante en el escaño, casi al borde de las lágrimas ante el gran momento del estreno, y a la vez orgulloso como un padre que sabe que está presentando algo nuevo al mundo, algo suyo, diferente, un talento que podría llevar a su partido a líricas desconocidas de paroxismo, que es para lo que está la Esquerra, nada de independencia (la independencia es el concepto central de una dinámica) sino el paroxismo como meta última y fin y sentido de su existencia. ¿Qué es Tardá si no un político paroxístico? Rufián es otro escalón. El charnego independentista, orgulloso hijo y nieto de andaluces, que aparece en el Parlamento español y explica entre versos y silencios su propia transición personal como si se tratara de un destino divino que trasciende a la patria. La mirada y el gesto de quien ha visto más allá que los otros y llega para anunciar el nuevo tiempo que ha germinado dentro de sí y está listo para ser anunciado al mundo como si pronto fuera a caer sobre él. Hay en Rufián una impostura violenta, tan violenta (inquietante incluso) como la emersión de Pamela de las aguas del Pacífico, donde el envoltorio es lo que importa porque el contenido, grabado en el imaginario popular, no existe. Así son las políticas de periferia (otra clase es la de Marian Beitialarrangoitia) que en Rufián adquieren un nuevo rumbo estético que entierra la ideología, la cual ya no importa. Así era en ‘Los vigilantes de la playa’ cuando yo me quedaba con la boca abierta, feliz e inconsciente, absorto en aquel bañador rojo importándome un bledo el argumento (¿qué argumento?) que lo ponía delante de mis ojos.