Ruido interior

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Yo era un despojo moral y un títere manirroto que salía bien entrada la noche a pasear al perro por las calles del casco antiguo, semiborracho casi siempre, y a veces, si alguien me pedía dinero o me pedía droga, o sólo se dirigía a mí para pedirme la hora, peleaba por placer. En los últimos meses he engordado al menos diez kilos y he ido cultivando en soledad una barba extraña y grande que crece sin rumbo: paso las horas acariciándola apoyado en la ventana mientras espero la primera tira de tanga del verano para despotricar abiertamente y gritar ‘guarrilla’.

 

Con el aspecto físico, que he modificado por aburrimiento, también he notado un cambio de actitud, y si estando delgado me pasaba de frenada o atendía alucinado las explicaciones de los otros, siempre borracho o a punto de estarlo, ahora soy todo condescendencia y magnanimidad; apenas bebo y me levanto temprano para escribir una novela a la que he titulado provisionalmente ‘Bofetadas en las tetas’. Después de comer, con una montaña de huesos limpios sobre el plato, separo la silla de la mesa, me abro de piernas y poso las manos en mi gran barriga bajando el mentón hacia el pecho para que se despliegue la barba como un pavo real y los pelos apunten torcidos a todas las esquinas. Es mi manera de decirle al mundo que paso un período de rutina feliz bebiendo vino en cunca, y que estoy dispuesto a perdonar, como si en algún momento se me hubiese pasado por la cabeza comérmelos a todos. Los amigos que me quieren y saben de mis vicios me envían por correo cuentas de Facebook de chonis de discoteca subidas a zapatos de plataforma con escotes masivos, y si estoy animado les envío algún mensaje sutilmente pornográfico en el que siempre incluyo la palabra ‘pechotes’ a modo de arenga y añado un malicioso xD para que vean que estoy en “la onda”.

 

Prefiero escribir a hablar, y en las últimas cenas me he descubierto escuchando con atención exagerada mientras me meso mis barbas de Fasltaff, enredándolas y desenredándolas con dedos de uñas largas, y cuando el discurso me agrada y he bebido en abundancia y silencio hago unos ruiditos interiores que he descubierto hace poco y que me tienen loco. Se acercan al ronroneo gatuno, pero la elaboración se produce de un modo más complejo, de tal modo que lo que llega al cerebro es el eco, y a veces, del gusto que me está produciendo esa sensación de bonanza espiritual, llega a escucharse ligeramente fuera. Con ese suave gruñido de autocomplacencia me permito contestar a veces a preguntas que me agradan o asiento interesado a alguna parte del debate regodeándome de placer, como un león a la sombra. Se da la casualidad de que un amigo mío lleva años riéndose con un ultrasonido que imita el gemido de un cervatillo y para el cual apenas mueve un músculo de la cara; cuando le conté el vicio al que yo estaba abandonándome contestó con esa risa suya invisible, y tan feliz me puso que se me escapó el carraspeo interior, así que durante unos buenos minutos estuvimos comunicándonos de esa manera hasta que la gente empezó a dejarnos monedas en la mesa creyéndonos retrasados.

 

Mi desgana (que es tan extrema que ando a un paso de dejar de estar bueno) la ejemplifico en la pelusa del ombligo, que dejo crecer hasta que rebosa, y cuando está a punto de precipitarse barriga abajo la recojo amorosamente y jugueteo con ella para dejarla luego en el cenicero de pelusas que tengo al lado del teclado, donde voy dejando la ceniza de los días. Acabo la noche contestando a los correos de los lectores, si los hay, dándome unos exagerados aires de grandeza municipal, y me voy a la cama pensando que si sigue en aumento el número de fans lo que voy a hacer es comprarme una casa en Waco y llevármelos allí a todos a explicarles cuatro cosas de la vida.