Ruido y silencio

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Con cuidado, con mimo, limpia el retrato nuevo que ha colocado junto a ella en el salón. Se retira un poco para tomar perspectiva y, delicadamente, lo gira en dirección al televisor. Después se sienta en su butaca y adquiere su postura habitual. Ya ha hecho todo lo que tenía que hacer, y son las ocho de la mañana. Al suspirar, su marido la mira, y ella responde con una sonrisa cansada. Mientras tanto, el presentador de los informativos repasa los muertos provocados por el coronavirus.

Ya son más de cuarenta días encerrados en casa. Cuarenta días de aplausos a las ocho de la tarde y de caceroladas aleatorias. Cuarenta días de estadísticas y de curvas. Cuarenta días de contagiados, de curados, de muertos. Cuarenta días de calles vacías y de hogares ardiendo. Cuarenta días de miedo e incertidumbre. Cuarenta días durante los que ellos han guardado silencio.

Con casi un siglo de vida queda feo preocuparse por el futuro. Así que, sin prisa y con saludable resignación, han estado esperando el final de la pandemia. Televisión, radio y comer más por imposición que por ganas. Y también han mantenido contacto telefónico con sus hijos, aunque su falta de oído les obligara a lanzar un mensaje memorizado sin esperar respuesta. Tan pronto como percibían algo al otro lado, pronunciaban sus palabras y colgaban. Espero que estéis todos bien. Cuidaos. Un beso muy fuerte.

A pesar del ruido de las noticias, ellos estaban juntos y tranquilos en el salón de su casa. Con sus hijos en la cabeza, mantenían su rutina sin lamentos. Su vida les permitía respirar satisfechos al echar la vista atrás; hijos, nietos y mucho ajetreo: una vida plena. No esperaban grandes alegrías, pero tampoco penas. Una despedida suave y con la conciencia tranquila: eso era lo único que esperaban.

Pero la semana pasada llamaron a la puerta. Se miraron extrañados y bajaron el volumen de la televisión, dejando a medias al presentador de los informativos, que estaba anunciando la prórroga del estado de alarma. Los dos se dirigieron hacia la puerta y, al abrir, en el rellano, se encontraron con dos de sus seis hijos.

En el salón, apagaron la televisión y esperaron la noticia. Sus hijos daban rodeos, titubeaban, provocando que las palabras fueran cada vez menos necesarias. Fue ella la que tuvo que forzar la situación para que hablaran claro. «No está muy mal, está muerto: me estáis engañando». Las madres siempre tienen la razón.

Estos días, los informativos hacen hincapié en el descenso del número de muertos diarios. Como siempre, ella niega con la cabeza ante el televisor, pero ya no lo hace por estar atendiendo. Piensa en su ausencia en el peor entierro posible, piensa en sus nietos, piensa su hijo. De vez en cuando se gira para mirar el retrato nuevo que ha colocado junto a ella en el salón, y vuelve a negar con la cabeza. Al suspirar, su marido la mira, y los dos permanecen en silencio.

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