Rumbo a Terrabova (II)

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Era ya casi medianoche cuando salimos de la cabina del capitán. El inspector general, nada más enterarse de que yo, por haberme embarcado a última hora, viajaba en clase tercera, me ofreció una cama vacía que había en su camarote, lo cual acepté gustoso porque había empezado a lloviznar de nuevo y no me apetecía ni mojarme ni acostarme en medio de esos rudos labriegos de la Reunania que, tal como me habían informado, iban a ser utilizados cual ignaras cobayas para experimentar con el desconocimiento. Entrados en el camarote, el inspector, sin ningún sueño, encendió la bujía del escritorio y se apresuró a abrir el paquete, mientras yo me iba despojando de la casaca y los zapatos sentado encima de la cama que me habían reservado. De pronto oí un “ajá” y un “cáspita” acompañado por un breve tamborileo digital. El inspector tenía abierto encima del escritorio un cartapacio con un rimero de folios y los iba hojeando con sumo interés. Yo, entretanto, lo miraba en silencio, a la espera de que me dijera algo, sin atreverme a meter baza o a meterme en la cama. Durante unos cuantos minutos que se me hicieron interminables el afilado perfil del inspector fue pasando, entre los reflejos de la mezquina lámpara, del gesto hosco a la sonrisa burlona, de la indignación a la carcajada. Finalmente se volvió hacia mí.

 

-¡Ni se imagina lo que se recoge aquí! Hay mucha morralla desde luego, pero entre minutas, provisiones y los informes de las Sillas, tenemos pruebas más que suficientes para cerrar de una vez por todas esta infausta Academia o, cuando menos, inhabilitar de por vida a Martos y a su grupito de seguidores. Y luego está este precioso discurso…

 

El inspector lo blandió en la penumbra del camarote como si aquello fuera la Carta Magna.

 

-Se trata nada menos que del discurso de despedida que dio Martos al grupo de los veinte de Kuinsburra antes de partir para Terrabova. Aquí está todo su ideario pedagógico. Se lo daré a leer más tarde. Ahora, si quiere y no tiene sueño, eche un vistazo a estas provisiones de las que le hablé antes. Le advierto que es solo la punta del iceberg…

 

El inspector abrió el cajón y sacó un pliego amarillento, que me extendió con su alargado y flaquísimo brazo. En la penumbra del cuarto las letras picudas del escrito apenas me resultaban legibles. Hice un esfuerzo. De lo poco que saqué en claro es que en Kuinsburra los jefes de departamento debían obedecer ciegamente a Martos y que Galileo Galilei no era santo de la devoción de la Academia, no sé si por papista o por no serlo del todo. Confieso que al cabo del décimo renglón me quedé dormido como un infante, hasta las ocho de la mañana del siguiente día.

 

(Lemuel Gulliver no dice nada más en su relación sobre estas provisiones que aquella noche le dio a leer Sir Charles de MacDrul, Inspector General del Aprendizaje Exterior, pero mi amigo el historiador cree, con cierto fundamento, que debe tratarse de uno de los tres documentos que van anexos al final del manuscrito. Me tomo la libertad de incluirlo aquí y modernizar la caótica ortografía, pese a las protestas de mi amigo, quien piensa que mis modificaciones restan veracidad al escrito)

 

Provisiones hechas por el claustro de Kuinsburra el 1 de abril de 1721 en Idlewild (Isla Alongada, Nueva Yorika)

 

En la sala más noble de Kuinsburra KK, academia situada en el poblado de Idlewild de la Isla Alongada, el jueves primero de abril del año del Señor de mil setecientos y veintiuno, se juntaron en claustro el ilustrísimo señor Don Martos, presidente y fundador de esta insigne Academia, y las muy nobles señoras Doctora Lamona Phoney, Vicepresidenta, Doña Gargantúa de Acers, Diácona de Asuntos Insustanciales, y Doña Lizarda Osborne, Diácona de Asuntos Laborables, además de todo el claustro mayor de Kuinsburra, compuesto por las Dieciséis Magníficas Sillas que aquí ahorro de nombrar; y así juntos por ante mí, escribano de esta Academia de Kuinsburra, acordaron y proveyeron y mandaron lo siguiente:

 

Que el primer viernes de cada mes, desde el amanecer hasta la caída del sol, se honre la figura de nuestro fundador, Don Martos, con discursos laudatorios y otras actividades varias, como cursillos intensivos que fomenten la desmemoria, el tartamudeo, los anacolutos, las faltas de ortografía, las opiniones mostrencas, los juicios erróneos, las frases hechas, la repetición innecesaria y la innecesaria crueldad.

 

Que cualquier docente que en sus clases se vea obligado a mencionar nombres como, verbigracia, Isaac Newton, Galileo Galilei o René Descartes, se sirva de hacerlo con la mayor discreción y sin provocar jamás curiosidad o interés en el educando.

 

Que si por acaso algún educando hiciera preguntas impertinentes sobre, verbigracia, la ley de la gravedad o la batalla de las Termópilas, mándesele callar la primera vez, y si insistiere, llévesele a la oficina de Asuntos Insustanciales en donde se le abrirá expediente por malsana curiosidad.

 

Que en las clases de geografía no quede nunca clara la diferencia entre cimas y simas, entre cabos y golfos, entre puntos cardinales y puntos filipinos, y en las de astronomía, déjese a gusto del educando dilucidar si la tierra es redonda, plana o picuda.

 

Que en las clases de Numerología el educando jamás pase más allá de las sumas y restas, a no ser que se le prepare para llevar la contabilidad del reino, y en este caso necesitará un volante de validación.

 

Que en las clases de Artes Alquímicas y de Brujería se le dé al educando en el primer año algunas nociones sobre elixires, menjunjes y otros bebedizos muy conocidos en Kuinsburra, como el que se hace con micción de buey que emascula a los varones y ese otro hecho con leche de vaca machorra que convierte en viragos a las hembras, pero en ningún caso se le permita ensayar con ninguna fórmula o hechizo hasta su último año de noviciado y siempre que tenga un promedio de mediocridad de 5 sobre 10 en todas sus calificaciones.

 

Que cada martes de los meses pares y cada jueves de los meses impares todos los educandos tengan al menos una hora para espulgarse la cabeza de ideas creativas y pensamientos originales en las praderas del campus.

 

Que la biblioteca de Kuinsburra no vuelva a admitir la entrada de ningún libro impreso antes de 1650, y los que existieran anteriores a esa fecha pónganse en reserva para uso exclusivo de los educandos que todavía no saben leer.

 

Que la preparación de pruebas y exámenes para evaluar al educando lo lleven siempre aquellos docentes más inexpertos y con menos conocimiento, a fin de evitar usos rutinarios y preguntas de lucimiento personal.

 

Que los docentes de mayor antigüedad en Kuinsburra carezcan de cualquier privilegio o prebenda dentro de su Departamento respectivo, salvo si por votación hecha cada año bisiesto fueran elegidos Silla o Sillín.

 

Que las Sillas y Sillines de cada departamento juren fidelidad y obediencia ciega a Don Martos y a la pedagogía de Don Martos y a todos los Diáconos que nombró Don Martos o su Vicepresidenta, la Doctora Lamona Phoney.

 

Que todos los docentes de cada departamento sigan al pie de la letra y sin rechistar las órdenes de su Silla, pues las órdenes de una Silla son siempre órdenes de Don Martos.

 

Asimismo se acuerda por la presente que todo aquel educador o docente o dómine que incumpliera más de una vez cualquiera de estas provisiones (y otras muchas que se dijeron en la dicha reunión y que por ser totalmente secretas no se pusieron en papel), se le negará de manera vitalicia cualquier ascenso o remuneración o reconocimiento, a no ser que el susodicho educador, tras cantar la palinodia repetidas veces delante de todo el claustro mayor, se avenga a desempeñar durante diez años los quehaceres más humildes de la Academia, tales como limpiar las sillas con orinal que se hallan en la Sala Noble de Kuinsburra o servir de correveidile en alguno de los cincuenta y tres inservibles comités que existen en el campus. Si al cabo de los diez años el susodicho educador o dómine persistiera en sus errores o hubiera dejado algún día sin fregar bien el fondo de un orinal o se le olvidara de servir puntualmente en uno de los muchos inservibles comités en que ha de servir, déjesele como se estaba a cuenta de la generosidad y clemencia de Don Martos, ya que dada la gravedad de su ofensa lo normal y más justo sería que le pusieran una infamante coroza y, tras llevarlo en burro o burra a ajusticiar, fuera colgado, descuartizado y expuesta su carroña en una picota para alimento de cuervos, buitres y otras alimañas.

 

Y así presentadas las dichas provisiones, y leídas por mí, el presente escribano, sus Magníficas Sillas dijeron que las obedecerían como en ellas se contiene, y luego de leerlas otra vez para sí y darles el visto bueno con un amén, firmaron el escrito, con sus nombres y apellidos, a excepción de Don Martos, que prefirió hacerlo con el dedo pulgar de la mano derecha.

 

A uno de abril de 1721, por la gracia de Dios.

 

El señor bachiller Lewis Floran, escribano.

 

……

 

A la mañana siguiente, poco después del mediodía, atracamos en los muelles del puerto de Boston y por unas cuantas horas, mientras cargaban y descargaban mercancías y reparaban una vela del palo mayor, el inspector y yo descansamos placenteramente en una de las tabernas cercanas al puerto, la llamada taberna del Caballo Blanco, en la cual me comí el mejor estofado de cordero que nunca antes comiera y remojé mi paladar con dos buenas jarras de cerveza negra, que me dejaron de lo más relajado y en paz con el mundo. En todo ese tiempo el inspector no paró de hablar de esto, de aquello y del asunto que más le preocupaba, como era ese Don Martos, implacable y feroz adversario de la excelencia académica (continuará)

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.