Rusia, sinónimo de tristeza

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El Tribunal Supremo ruso ha decidido reducir ligeramente las condenas a Mijaíl Jodorkovski y a su socio, Platón Lébedev, ex propietarios de la petrolera Yukos. Si no se producen más novedades judiciales, ambos saldrán en libertad en la segunda mitad de 2014. Las dudas sobre la limpieza  del proceso que condenó a ambos ex oligarcas nunca se han llegado a disipar del todo. Jodorkovski incumplió la orden dada por Putin a los principales oligarcas de la era Yeltsin: si colaboráis conmigo, podréis mantener vuestras fortunas; si os oponéis y, sobre todo, si os implicáis en política con alguno de los partidos opositores, pagaréis la cuenta, y no os saldrá barato. Los primeros en ver cumplidas las amenazas de Putin fueron Borís Berezovski y Vladimir Gusinski. Ambos magnates perdieron gran parte de su patrimonio en Rusia pero conservaron suficiente calderilla para proporcionarse exilios dorados. El caso de Jodorkovski fue excepcional: podría haber huido del país –le habían advertido de que estaba en el punto de mira- pero no lo hizo, y terminó en prisión. Desposeído de sus bienes y privado de libertad. El régimen de Putin no tuvo que esforzarse mucho en presentar la condena a los ex propiertarios de Yukos como una sentencia justa: los oligarcas construyeron sus imperios saqueando los activos del Estados Ruso. Que al menos uno de ellos cumpliera una pena de prisión ¿a quién podía parecerle mal?

 

El oligarca Roman Abramóvich entendió mejor el juego. Su entrada en política supuso sellar un pacto con el régimen que beneficiaba a ambas partes: Abramovich se encargó de una de las provincias orientales de Rusia, Chukotka, en Siberia, invirtiendo unas migajas de su patrimonio en su desarrollo –un gasto más rentable en todo caso que pagar impuestos-, y cambio disfrutaba de su patrimonio con toda comodidad. Incluso se le pudo vender con orgullo patrio cuando se hizo con una de las joyas de Londonistán: el equipo de fútbol londinense Chelsea. Hace unas semanas, Abramovich anunció que dejaría de ser Gobernador de la región siberiana. La nueva regulación del régimen impide a los altos cargos tener cuentas bancarias en el extranjero.

 

 

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El proceso contra el opositor Alexander Nalvany parece encuadrarse también en la categoría procesos judiciales politizados. Se acusa al abogado y bloguero de malversar unos 500 mil dólares de una empresa maderera estatal. Navalny se declara inocente y acusa al Kremlin de haber construido todo el proceso para desacreditar sus aspiraciones políticas.

 

El próximo 8 de septiembre se celebrarán las elecciones a la alcaldía rusa. Navalny ya anunciado que mantiene su decisión de presentarse. El régimen trata de vender que a Navalny, que ha recurrido la pena a 5 años de prisión que le han impuesto, se le ha facilitado la libertad provisional para que pueda concurrir a las elecciones.

 

Aun en el supuesto de que Navalny ganase las elecciones, el puesto de alcalde de Moscú depende de los designios caprichosos de la presidencia. En 2010, Yuri Luzhkov –esposo de una de las oligarcas más ricas de Rusia- fue destituido por el entonces presidente Dmitri Medvédev. El régimen controla los suficientes mecanismos burocráticos para hacer que la decisión de las urnas, incluso si las elecciones son limpias, se convierta en papel mojado. Basta que el Presidente –con mayúsculas- así lo quiera. La actitud crítica de Luzhkov resultaba intolerable. Meses después de ser despedido, ya en el exilio, el ex alcalde de Moscú fue acusado de haber dejado un agujero de 5 mil millones de euros en las cuentas públicas de la alcaldía. También se rumoreó que la esposa del Luzhkov podría estar implicada en un fraude de varios millones de euros. Ambas acusaciones, fabricadas o no, no resultaron desproporcionadas a casi nadie.

 

 

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Al tiempo que se producían estos y otros ajustes de cuentas entre las élites de la oligarquía mafiosa de Rusia, y de paso se anulaba la credibilidad de figuras opositores como Navalny, el régimen ruso ha ido construyendo con el paso del tiempo algo parecido a una ideología.

 

Hace unos meses leí que en Rusia se comentaba que era mucho más fácil encontrar a un pope en la Costa Brava española que en la iglesia a la que estaba adscrito. En la Costa Brava, en la templada costa del Mar Negro, etc. Ser pope hoy en día en Rusia respresenta una buena salida profesional: el negocio está en auge.

 

La Iglesia Ortodoxa rusa se ha ido convirtiendo en una fuerte aliada del régimen. A cambio: manejar numerosos negocios opacos –comenzando por el uso de lo recaudado en las iglesias invertido sin demasiados controles externos-, un poder que no tenía desde antes de la Revolución y una riqueza en aumento difícil de evaluar. Putin declaraba hace poco que su madre le había bautizado en secreto. Sea o no cierto, la nueva versión de la hagiografía del Presidente ruso se inscribe en el signo de los tiempos: el cetro ortodoxo combina muy bien con el águila bicéfala. ¿Razones para este cóctel? No hay muchos más ingredientes idelógicos disponibles: la economía, altamente dependiente de los hidrocarburos, no se ha modernizado lo suficiente; las libertades civiles retroceden en lugar de aumentar –legislaciones contra los homosexuales, contra las ONGs, racismo quasi institucionalizado-; sin olvidarnos del intercambio de puestos entre Putin y Medvédev con una total ausencia de pudor democrático.

 

No es extraño que Navalny alcanzase la popularidad gracias a un blog independiente. Los medios en Rusia –salvo excepciones como Novaya Gazeta– son una naturaleza muerta: parecen aún vivos porque se publican y emiten pero no dejan de ser una representación: un mezcla de Pradva y tabloide inglés, incluidos buena parte de los contenidos del emporio Rusia Today, financiado por el Kremlin.

 

¿Muchos males de la Rusia actual son simplemente desviaciones excesivas de los males que sufren algunas sociedades occidentales? Podría decirse así. Aunque existen –por suerte- algunas importante diferencias, resulta difícil no encuadrar en el mismo grupo un medio ruso manejado por un oligarca afín al Kremlin y un medio occidental endeudado con un banco nacional o con una gran cadena de centros comerciales con amplias cuentas de publicidad:  ambos carecen de la libertad de expresión deseable para un medio de comunicación.  En España, por ejemplo, se está investigando si el partido político en el gobierno pagó grandes sumas de dinero a diversos medios afines, sin olvidarnos de las deudas de muchos medios con bancos y cajas de ahorros politizadas o con fondos de inversión gestionados por personas de dudosa procedencia. Tal vez por eso Rusia Today se incluya en algunas publicaciones occidentales antes prestigiosas -¿todavía prestigiosas?- a cambio de dinero: si te vas a vender, mejor tener más de un comprador interesado, se termina ganando más dinero.

 

 

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La condena y la salvación de la literatura rusa en los últimos ciento cincuenta años es que apenas ha podido desentenderse del todo de la realidad social concreta del país para crear: Almas muertas, de Gogol; Oblómov, de Goncharov; El Maestro y Margarita, de Bulgakov; Caballería roja, de Babel; la obra de Serguei Dóvlatov; los relatos de Tatiana Tosltaya… Incluso el contemplativo Chéjov, cronista del pequeño mundo pequeñoburgués desarrollado tímidamente en los últimos años del siglo XIX ruso, cruzó el Imperio en incómodas diligencias de postas para elaborar un informe sobre la isla penitenciaria de Sajalín.

 

 

En 2001, el escritor ruso Viktor Pelevin publicó una de sus novelas más conocidas: Generación P, titulada en la traducción española Homo Zapiens. Su protagonista, un buscavidas metido a creativo de publicidad, deambula por la sociedad moscovita de comienzos de los años noventa, un período tumultuoso en el que los sangrientos ajustes de cuentas entre mafiosos se producían casi a diario. Fueron, por así decirlo, los años de formación wertherianos del régimen actual que controla Rusia.

 

El protagonista de Homo Zapiens escribe en uno de sus informes sobre las perspectivas de mercado rusas: “En primer lugar es necesario tener en cuenta –escribió en su concept– que la actual situación de Rusia no puede prolongarse por mucho tiempo. En un futuro cercano debemos esperar el colapso de la mayor parte de las ramas esenciales de la industria, unido al colapso del sistema financiero y a serias conmociones sociales, lo que inevitablemente culminará con la instauración de una dictadura militar. Cualquiera que sea su programa político y económico, la futura dictadura tratará de promover eslóganes nacionalistas, mientras que la estética estatal predominante será el estilo seudoeslavo. (Utilizamos este término no en un sentido de valoración negativa. A diferencia del estilo eslavo, inexistente en la realidad, el seudoeslavo es una paradigma cuidadosamente elaborado)”.

 

Aunque en el anterior párrafo cambiásemos dictadura militar por dictadura de los siloviki –antiguos miembros de los servicios de seguridad, Putin es un ellos- no dejaría de ser un fragmento literario de ficción. ¿Una ficción convertida en realidad?

 

 

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Rusia se sirve de la Iglesia Ortodoxa para ensalzar la ‘nación eslava’, titulaba recientemente Pilar Bonet uno de sus artículos sobre la nueva alianza entre el Kremlin y la Iglesia Ortodoxa. Una alianza con vocación expansionista: Ucrania y Bielorrusia como sus principales objetivos. El viejo debate entre eslavófilos y pro-occidentales, ¿otra vez de actualidad?

 

Suponiendo que les hayan dejado espacio suficiente, Belinski, Herzen, Turgueniev y Chéjov –por poner sólo cuatro ejemplos- se estarán revolviendo en sus tumbas. Dostoievski, por el contrario, estará reposando un poco más tranquilo.

 

¿Y si se tratase tan sólo de una cortina de humo retórica para encubrir la falta de legitimidad entre la ciudadanía rusa, al menos entre la intelligentsia urbana? Si no podemos hablar de libertad, hablemos de orgullo eslavo, de unidad espiritual, etc. No se puede descartar que una parte de la población se crea la representación del Rus de Kiev como el alfa y omega del alma rusa. Y más importante: Es posible que incluso algunos no lleguen a distinguir la realidad de la ficción y podamos convencerles de que todo lo que ven no lo habrán visto realmente hasta que nosotros les digamos cómo deben verlo.

 

En una de sus apreciaciones más geniales sobre la retórica soviética el escritor ruso Serguéi Dóvlatov escribió: “En la televisión de Leningrado pasan una pelea de boxeo, un pugilista negro se enfrenta con un polaco rubio, el locutor dice: “Al boxeador negro pueden reconocerlo por el pantalón azul”.