Rusia y Europa bajo la lluvia

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(Andrei Biely, Petersburgo)

Llovía sin parar en esa novela. El tipo pensaba en matar a su padre por las calles de San Petersburgo. Daba vuelta sin parar por las calles y los canales y le asustaba la idea. Se metía en las buhardillas y discutía con revolucionarios obstinados y oscuros.

Y la estatua de bronce se adivinaba en la lluvia. Pushkin escribió un poema famoso sobre el Jinete de Bronce que representaba a Pedro el Grande que iba a modernizar Rusia contra todo el que se opusiese. Que se inventó una Rusia europea junto al Báltico para estar más cerca de París y levantó San Petersburgo.

Biely escribía nervioso, alucinado, con cortes, como si tocara jazz. Aún no se había inventado el jazz, pero él ya lo usaba en literatura. Llevó el nerviosismo y la fiebre más allá de Dostoyevski. Convirtió la literatura en un montón de salpicaduras sobre la ciudad alucinada. Pero qué fácil es la comparación, yo también soy gilipollas. Qué coño de jazz, Biely escribía como si estuviera borracho de visiones y palabras, como si quisiera comprender sin comprender, como si todos los diablos lo mordieran.

Escribía chocante, entrecortado, irónico, desquiciado. Escribía saltándose los períodos y las coherencias. Escribía como si las pesadillas y los tormentos de la ciudad se volvieron locos.

Ya en La paloma de plata había inventado un grupo de tipos que vivían en un sueño, que buscaban el misterio espiritual en cada detalle. Y el protagonista se mete en esa atmósfera a través de la cara de una mujer. Es fácil ridiculizar eso, decir que un tipo se mete en un grupo de visionarios para acostarse con la chica. Pero toda la vida es ambigua, y todo resuena en todas partes. Ya su estilo era musical, las palabras bailaban y enseñaban el aura.

Biely estuvo en el simbolismo, como Blok, como el pintor Vrubel. Escribió Sinfonías en forma de poemas, supo que la literatura tenía mucho de música. Que como la música escapaba de algún modo y ahondaba.

Pero con Petersburgo cogió todas las sugerencias de la ciudad junto al Neva, de la Rusia de antes, de una Rusia anunciada que nunca sería, de Dostoyevski, de Turguénev, de los expresionistas, de los endemoniados, de los chorros en el Báltico.

Y a mi la novela me coge como el vodka, me emborracha, se me sube por los huesos, me humedece como la lluvia interminable. Volver a leerla fue como tomar otro vodka, como esconderse en Rusia, como anidar bajo la chaqueta de Pushkin. Como mirar todos los significados de Petersburgo, de las ciudades que arden y las que nunca serán, de las que están abrumadas por la lluvia. Porque no paraba de llover en toda la novela, y eso les daba toda una hondura a los sufrimientos, a las obsesiones, a las confusiones. Rusia quiere romper con el pasado, con las tradiciones que ahogan, con el zarismo, pero no sabe qué será.

Biely me mete en sus conversaciones interminables, en sus acusaciones, en sus confidencias. Acusa a los viejos dioses patriarcales y me hace charlar con hormiguitas endemoniadas en las buhardillas a las que nunca llegan los funcionarios. Me hace charlar con viejas amargadas y con esposas con samovares que desprecian en el fondo a sus maridos.

Los rusos hablan mucho, hablan desenfrenadamente como la lluvia. Porque en el frío toman mucho vodka y las palabras calientan en las tierras del norte. Y se confiesan tantas cosas, aunque esté vigilando Stalin o el zar. La literatura para ellos es como el vodka, como el caldo en invierno en Galicia.

De verdad, este tipo rompe todos los esquemas, rompe las frases, rompe los capítulos, rompe tu mirada. Llovía sin parar en san Petersburgo y este escritor quería saber lo que era Rusia, lo que significaba Rusia. Y no sabía si matar al padre, si el padre merecía vivir, si había vida real en alguna parte.

El Padre veía la vida desde su carroza y todos fuera de su carroza eran extraños y salvajes. Y todos fuera de la rutina y los palacios eran salvajes y extraños. Pero Biely iba bajo la lluvia y miraba al personaje desde el otro lado, desde fuera de la carroza, y preparaba esa intensidad de extremismos, de fracasos, de asesinatos. Y estuvimos vivos y no supimos hacerlo, dice de algún modo.

Y no paraba de llover y todos cogían gripe bajo la lluvia y se distorsionaban y te soltaban revoluciones o recuerdos de infancia. Creedme, esta novela es fascinante, expresa todas las nostalgias, todo lo que pudo ser y no fue, como cuando el hijo que no sabe si matar al padre mira la estatua de bronce bajo la lluvia. En toda Europa ardía el expresionismo y salían novelas sobre hijos que querían matar el mundo de sus padres, siguiendo el inconsciente de Freud.

El año pasado volví a leer Petersburgo. Y me importa un pimiento que a Biely le llamen el Joyce ruso, que Nabokov lo admirara tanto. Lo que me alucina en esas novecientas páginas de Akal es lo que ya me alucinó la primera vez hace tanto tiempo en aquella edición tan hermosa de Alfaguara de terciopelo malva.

Aquel olor que me dejó, aquella frase suelta del hombre que mira el jinete de bronce y ve en él todas las posibilidades de la vida, todo lo que se va siempre de Oriente o de Occidente, de Rusia y de Europa, de las noches abismales y de los días agobiantes, todo lo que pudo ser y no fue.

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